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Defender a Ucrania (2)


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

¿No a la guerra? Dado el curso de los acontecimientos en Ucrania, que empeoran día a día, como si Putin, desmintiendo su excusa de presentarse como un libertador, deseara quedar como el verdugo de un país arrasado, lo más urgente, como deber solidario y como táctica política, es ayudar a los ucranianos a detener el avance de las tropas rusas, combinando presiones de todo tipo desde el exterior y aportando recursos humanitarios y militares para reforzar la resistencia en el interior. Sin embargo, esa posición, no es la de las izquierdas, digamos postmodernas, que discrepan de la decisión del Gobierno de enviar armas a Ucrania y lo fían todo a la diplomacia, al diálogo con Putin, que fracasa una y otra vez, y a los llamamientos a favor de restablecer la paz, pero una paz cuyas condiciones no se precisan: ¿Una Ucrania que recupera las fronteras de 2014? ¿Una Ucrania invadida? ¿Una Ucrania partida? ¿Una Ucrania privada de establecer alianzas económicas y militares a su conveniencia? ¿O qué?

Leyendo comunicados, viendo los circunloquios de sus representantes en el Congreso y sus opiniones en los medios de información, parece que están confusos sobre el origen y los principales actores de esta agresión, o que, por medio de una nebulosa argumentación soslayan condenar la guerra desatada por Putin y se sitúan en el plano de un enfrentamiento global entre Estados Unidos y Rusia, que hay que evitar a toda costa por sus consecuencias.

Otro argumento es advertir que el envío de armas acentúa la violencia y multiplica el número de muertos y heridos. Que puede que se cumpla, pero serán muertos de los dos bandos y no sólo del bando agredido. Dicho sea, sin inicial animadversión hacía las tropas rusas -tantas veces usadas como carne de cañón-, que probablemente han sido engañadas por la propaganda sobre los verdaderos propósitos del Kremlin y sobre la pasividad o incluso la buena acogida que iban a hallar por parte de los ucranianos, a tenor de la escasa resistencia encontrada en la ocupación de Crimea y el Donbas.

Por otra parte, la resignada aceptación de la invasión con el pacifismo como bandera no garantiza la ausencia de violencia del ocupante sobre los reductos que ofrezcan algún tipo de resistencia, ni la ausencia de represalias sobre los vencidos después de la contienda.

Hace días, cuando Pablo Iglesias aludía a la desproporción de las fuerzas en pugna y hablaba de ancianos armados con escopetas intentando hacer frente a los tanques rusos, daba la impresión de que, animado por la misericordia, recomendaba la rendición de Ucrania al invasor y la formación de un gobierno como el de Vichy en Francia o el de cualquier república bananera en América. En otro programa, acusaba de cobardes a quienes aprueban el envío de armas a Ucrania, pero no van allí a combatir. Claro que también es fácil ser pacifista lejos de las bombas.

Otros portavoces de la izquierda posmoderna recomiendan el diálogo a toda costa, refugiándose en un pacifismo franciscano que es contrario a la voluntad del gobierno de Kiev y de las tropas y milicias ucranianas de resistir como sea la invasión, por lo cual demandan a la comunidad internacional el envío de todo tipo de ayuda, incluida la militar. Es decir, la izquierda postmoderna practica un abstracto pacifismo a ultranza que es contrario a la voluntad de los agredidos, mientras oculta malamente una posición previa favorable a Rusia y critica a Estados Unidos, convertido ahora -y siempre- en el principal agresor.

Esta izquierda conserva el dictamen de la guerra fría, con un escoramiento antinorteamericano cuando conviene, pero ese esquema no sirve para siempre. Y las consignas, tampoco.

El grito “No a la guerra”, que movilizó a miles de personas en España, cuando el trío de las Azores decidió invadir Iraq, buscando unas armas de destrucción masiva que nunca existieron, fue correcto porque se emitía desde uno de los países que apoyaron la invasión. Que es lo mismo que hoy dicen los rusos contrarios a Putin. Pero esa consigna no responde realmente a la situación actual ni ayuda al país agredido, cuyo gobierno solicita ayuda urgente para defenderse del invasor, que, con una estudiada estrategia, no se va a detener -y ahí están los hechos- sólo con las propuestas de paz y diálogo, sino ante los costes financieros, económicos, comerciales, culturales, deportivos y también militares, que le pueda reportar su intento de hacer de Ucrania un estado títere o, de no ser posible, conquistar una parte del territorio mayor de la que ahora domina y hacer del resto un estado más pequeño y desmilitarizado. Si es que su imperial aventura se detiene ahí.

La imagen difundida por televisión de un miliciano ucraniano levantando el puño mientras dice en español “No pasarán”, es más adecuada al momento presente, que recuerda el ejemplo de la II República española, abandonada a su suerte por las democracias occidentales, en un inútil intento de aplacar a un insaciable Hitler, que probó sobre nuestro suelo tácticas militares que utilizó después sobre otros países, entre ellos los que no advirtieron que, ayudando a la República, se ayudaban a sí mismos. Al negar su apoyo al legal gobierno republicano, con el pretexto de mantener la neutralidad y reducir la mortandad, fortalecieron a Hitler con otra victoria y facilitaron la existencia de una dictadura en el sur de Europa durante cuarenta años. Y no evitaron los miles de muertos provocados por la represión posterior a la contienda.

Tampoco es ahora pertinente la consigna “OTAN no”, que se añade como los dos huevos duros que pedía Groucho Marx con cada modificación del menú, porque la OTAN no ha intervenido en este conflicto, aunque Putin, en su propaganda, la exhibe como origen de su decisión. La Alianza, que Trump dio por muerta, parece recuperar su utilidad ante el agresivo comportamiento del Kremlin.

Mejor sería que no hubiera ejércitos ni alianzas militares, claro está, pero así es el mundo -violento, injusto; imperfecto- y es de temer que siga así por mucho tiempo. En vista de ello y percibiendo la necesidad de escapar de la presión sobre Europa ejercida desde Estados Unidos y Rusia, en la Unión Europea empieza a calar la idea de contar con una fuerza militar acorde con su poder económico.

Como apoyo argumental a la testimonial posición de defender ante todo la paz -pero una paz sin precio, sin condiciones- frente a los llamados abusivamente “partidos de la guerra”, circulan en los foros de la izquierda listas de agresiones de Estados Unidos a otros países, desde Cuba, Panamá o Vietnam a Iraq y Afganistán, mientras se omite la trayectoria de Rusia en ese aspecto, que no es corta, y, en concreto, en su compleja relación con Ucrania.

Profesor jubilado de la Universidad Complutense.

Último libro publicado: 1968 Spain is different (Madrid, La linterna sorda, 2021).

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