Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

El clima populista y la pandemia


"Al margen de los populismos doctrinariamente caracterizados, sorprende ante todo constatar que en el mundo actual existe una atmósfera de populismo. En términos más amplios, en las fragilidad democracias del siglo XXI, las diferentes pasiones populistas impregnan los espíritus". Pierre Rossanvallon.

Asistimos a unas gamberradas televisadas, convenientemente exageradas y teatralizadas como disturbios violentos, que no desafían al poder, sino que lo fortalecen. Es parte de la Infodemia y el clima populista que estamos viviendo a lo largo de toda la pandemia.

Para algunos el gobierno se ha pasado, pero para otros ha llegado, como siempre demasiado tarde, por eso será inevitable el confinamiento y no bastará con la actual alarma, será preciso incluso el estado de excepción. Da la impresión que la aproximación es imposible.

Poco importa que tanto los indicadores como las medidas del resto de los países europeos frente a la pandemia se nos parezcan bastante, porque en definitiva, todos estamos bajo la misma segunda ola y también bebemos de la misma fuente: de los mismos organismos y de los mismos expertos en salud pública de la OMS y el ECDC y de los de nuestra comisión de alertas en el ministerio y las CCAA, que también son expertos, es cierto que públicos, pero expertos.

Mientras tanto, al otro lado del tablero, se calienta la ira negacionista y el malestar social, convenientemente agitado en la calle por las redes sociales y los medios de información, convirtiendo así el gamberrismo negacionista de unos pocos en disturbios violentos generalizados, y se especula que nacerían de los sectores en ruina e incluso que anuncian una próxima ruptura social. Y todo esto ocurre o se representa así en tiempos del tardopopulismo.

El populismo, que en este siglo sucedió al neoliberalismo y sus fracasos, paradójicamente para salvarlo de sus propios demonios, de sus efectos en el estancamiento, la recesión, las crisis y la austeridad. Ambos aprovechan el malestar social y la desafección política, los dos coinciden en su rechazo de la democracia representativa y sus componendas, del estado de bienestar y su intervencionismo en la economía y asimismo a sus partidos y sindicados, organismos intermedios que ambos impugnan por impostados, frente al carácter poco menos que natural del individualismo, el personalismo, la polarización y de la democracia directa como mero objeto de consumo.

Ahora, con la crisis del populismo político y de sus hombres providenciales, ya casi en el postTrumpismo, resurge y se amplía por el contrario un clima populista que todo lo polariza, lo teatraliza, lo convierte en excepcional, histórico y exagerado, y con ello en objeto de consumo digital. Sobre todo en el ámbito de la política, pero que está presente también en las calles, las redes sociales y en los medios de comunicación. En este sentido, la pandemia de la covid19 es indisociable del tiempo populista y al tiempo seguramente va a suponer un antes y un después en su evolución.

Por eso también el relato de 'nos hemos pasado con el estado de alarma', con el plazo excesivo de los seis meses y con la delegación de poder en las CCAA. Ideal tanto para el discurso del retroceso autoritario iliberal, como para el del desgobierno del estado autonómico. Por eso además no llegamos con las medidas y caeremos directamente en un confinamiento sin ambigüedad ni medias tintas. Un confinamiento total para el que no bastarían ni siquiera los actuales instrumentos legales y sería necesario mucho más, para unos más leyes de salud pública y para otros incluso la declaración del estado de excepción.

Es cierto que hemos llegado tarde a las medidas que hace ya tiempo pronosticaba los denominados expertos. Entre otras razones porque la política consiste en adecuar las evidencias a las condiciones de la realidad para así hacerlas viables. Aunque ninguno de los expertos quiera explicar por qué esta segunda ola no entiende de países frugales o despilfarradores, de regiones como Asturias o como Madrid, del momento previo o posterior de los rebrotes y la transmisión comunitaria, y, aunque en menor medida, de la buena o la mala gestión sanitaria.

Porque aunque las medidas ya sean para muchos la expresión anticipada de un nuevo fracaso, en realidad no se saben sus causas. Antes se preguntaba continuamente cuál era nuestro hecho diferencial y se atribuía acertadamente a la desescalada, al incumplimiento con los rastreadores y con la primaria, a nuestras condiciones económicas y de movilidad o a nuestras particulares relaciones sociales. Eso explica en parte nuestra alta incidencia veraniega. Hoy, sin embargo, nadie lo hace, con respecto a toda Europa y al hemisferio occidental, sumidos bajo la segunda ola, quizá por una suerte de complejo noventayochista del que, al paso de un siglo, aún no hemos logrado desembarazarnos.

No se trata de diluir nuestros errores de anticipación o de gestión sanitaria en los de los países que, si bien controlaron la pandemia después de la primera ola, ahora la sufren con una intensidad superior a la nuestra. Se trata de ampliar el foco del análisis, más allá de nuestro cainismo y nacionalismo chatos, y también de hacerlo a lo largo del proceso de la pandemia, huyendo de la tentación de hacer balance cada día o a medio camino, corriendo el riesgo de equivocarnos.

Quizá porque la pandemia nos enseña de nuevo alguna de nuestras vergüenzas, que no pueden ocultar ni la autocomplacencia ni la soberbia sea política, científica o tecnológica. Lo que aún no conocemos de la pandemia, que es bastante más de lo que quieren reconocer los científicos, y lo que nos vuelve frágiles y vulnerables ante ella, que también trasciende la seguridad que aparentan nuestros gobernantes.

Hemos sido capaces de diagnosticar lo que fallamos en la primera ola y de hacerlo también en el periodo de transición, tanto en salud pública, en sanidad y en lo sociosanitarios, pero no somos capaces de ver por qué, incluso los que lo han hecho más o menos bien, no se han visto libres de ser arrastrados a final con esta intensidad. Primero porque aunque conocemos mucho sobre su origen y transmisión, desconocemos la cinética de la pandemia y el modelo al que responde.

Porque, además, la sindemia que supone la sinergia entre la pandemia de la covid19 y las pandemias de las patologías crónicas, junto a los determinantes sociales y culturales, es la que sigue siendo un misterio que hasta hoy no ha interesado mucho desvelar y mucho menos para actuar sobre ella. Son, en definitiva, los problemas de fondo de nuestro modelo social.

El mantra de nuevo es que estamos abocados a un confinamiento, pero tampoco se sabe en qué consiste, porque nadie se atreve a incluir de nuevo el trabajo ni la escuela. Un confinamiento light que se parece bastantes a un primera fase de desescalada, pero tan solo cuyo nombre ya provoca miedo y ansiedad. Y es que, de nuevo, se trata de polarizar y exagerar las diferencias, aunque sean menores, para agitar el 'todo por culpa de la política', que para unos menosprecia la evidencia científica o para otros la sigue demasiado al dictado, en ambos casos para abocarnos a la ruina.

Y a todo esto, también la exageración de unos gamberros y su pillaje, que se amplifica como expresión de la ruptura social que se avecina.Unos que toman las imágenes y las incorporan a sus cuentas en las redes sociales para luego hacerlas virales y otros medios que las amplifican como verdaderas pandemias. Unas gamberradas convenientemente exageradas y teatralizadas como disturbios violentos, que no desafían al poder, sino que lo fortalecen. Como antes, es parte de la misma Infodemia que ha enfrentado cada medida de restricción sanitaria con un sector económico como directamente agraviado, así como frente a todos los afectados y los ausentes como consecuencia de la pandemia.

En definitiva, una parte más del clima populista que sustituye la participación democrática y el civismo por el agravio y la sociofobia.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.