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Estrés postraumático en el colectivo LGTBIQ+: Las secuelas de la discriminación


En la sociedad actual, el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) es cada vez más conocido. Se empezó a observar en veteranos de guerra y poco a poco fue viéndose cómo tenía también repercusión en cualquier persona que pudiera haber vivido una experiencia traumática, aunque también puede aparecer si lo observamos sin ser protagonistas o si otra persona nos la narra. Dejó de ser algo simplemente asociados a las vivencias de una guerra y se fue descubriendo ante accidentes de tráfico, muertes de familiares, violaciones o situaciones de maltrato. Sin embargo, aún quedas muchas áreas y muchos colectivos afectados por este trastorno que pasan desapercibidos, por lo que la búsqueda de ayuda o el mero hecho de poder entender qué les ocurre queda muy lejos del alcance de sus manos. Uno de estos grupos es el colectivo LGTBIQ+, quienes, tras años de bullying, rechazo de sus familias o experiencias dramáticas relacionadas con su sexualidad tienen en la etapa adulta una sintomatología ansiosa y unas conductas asociadas a las que no encuentran explicación.

Síntomas generales

Cuando una persona sufre un accidente o vivencia una experiencia trágica, pueden aparecer a los pocos meses una serie de síntomas que, lejos de desaparecer con los años, pueden perpetuarse y dificultar la cotidianidad de la persona. No se centra únicamente en hechos exactamente iguales a los que crearon el trauma, sino que el cerebro empieza a asociar otros elementos que, a priori, nos parecen inconexos. Por ejemplo, si el TEPT ha aparecido por un accidente de coche, ¿cómo es posible que acabe sin poder coger un avión? Determinados elementos son asociados y acaban produciendo el mismo efecto en la persona.

La ansiedad es el eje central sobre el que gira el TEPT, asociado tanto a los lugares como a las circunstancias, pero también a las personas relacionadas. Pero, ni los lugares ni las circunstancias ni las personas tienen que ser exactamente las mismas. El cerebro puede identificar ciertos rasgos y generalizar esa ansiedad. Este miedo, que puede alcanzar el nivel de fóbico, hace que quien lo sufre evite tener contacto con todo lo que le produce ansiedad.

Si volvemos al colectivo LGTBIQ+, ¿sería factible que aparezca la ansiedad y el miedo?

La condición sexual de una persona no se limita a las situaciones donde hay encuentros sexuales, sino que engloba todas las áreas de esa persona, especialmente cuando a nivel social no se ha alcanzado la igualdad y se siguen tachando rasgos asociados como negativos o, al menos, diferentes. Si buscamos hechos traumáticos, tendríamos numerosos momentos de la vida de esa persona que le han podido generar el sufrimiento que años después sigue arrastrando. Episodios repetidos de bullying en el colegio o en el instituto, vejaciones por la calle, abusos de poder, comentarios despectivos en su círculo cercano, la necesidad de esconder lo que se es o se siente o el hecho de que unos padres te repudien por algo que nunca has elegido. No son situaciones aisladas, se han repetido durante siglos y, a día de hoy, seguimos en esa espiral de rechazo y miedo. Y el problema no solo es vivirlo, sino temer que algo así pueda ocurrirnos, ya que, incluso lo que solo ocurre en nuestra cabeza, puede tener consecuencias duraderas en nosotros.

El problema de lo común

Nuestro cerebro está diseñado para observar la realidad, encontrar patrones y normalizar las experiencias que tienden a repetirse. Una vez que nos hemos acostumbrados a ver algo que aparece con cierta frecuencia, dejamos de prestar atención, pudiendo creer que ha desaparecido. La realidad dramática del colectivo LGTBIQ+ no es una excepción a esto, ya que si la condición sexual no fuera señalada como algo que marca la línea entre lo normal y lo que no lo es, no existirían secuelas de dicha discriminación. El miedo a que te echen del trabajo por contar que te acuestas con otros hombres, el miedo a las reuniones familiares donde tus padres te prohíben hablar de tus novias, los insultos centrados en la ropa que dicen que no es la correspondiente a tu género o cómo recuerdas que la adolescencia fue un infierno lleno de vejaciones. No se reducen a un grupo pequeño de personas ni a culturas específicas. Es una realidad extendida por todo el mundo y que solo trata de señalar diferencias, con secuelas en todas las etapas de la persona y en todas las áreas de su vida. Algo que, de tanto repetirse, se entiende como cotidiano y deja de observarse, sin que haya, ni mucho menos, desaparecido.

La vergüenza y la culpa

Uno de los rasgos que comparten las personas que viven con TEPT es el de la culpa. Se sienten plenamente responsables de aquello que les pasó y lo que ahora viven es un castigo que deben cumplir. El colectivo LGTBIQ+ puede vivir con culpa su propia sexualidad, ya que sin ella tal vez no habría existido el acoso o el rechazo. La sensación de vergüenza por la propia identidad no se borrará de la noche a la mañana y se necesitará el apoyo de un grupo, un respaldo social y un proceso por el cual se puedan superar, al menos en parte, las secuelas del trauma.

Tanto la vergüenza, como la culpa o la ansiedad elevada son finalmente interiorizadas por quienes lo sufren como algo normal e inherente a su persona. Se "acostumbran" a estar así, normalizan lo vivido y acaban, por tanto, sin buscar mecanismos de afrontamiento o algún tipo de ayuda. Pero las secuelas también llevan a la sobrecompensación. Si encuentro que el ser afeminado es peligroso para mi integridad, trato de ser muy masculino y acabo rechazando a cualquier persona que sí sea afeminada. Acabo justificando lo que me ocurrió, rechazo ahora todo lo relacionado con el colectivo LGTBIQ+ y hablo de la necesidad de una vida sin ambiente, ya que todo eso supone una amenaza para mí. El peligro es que me acabo convirtiendo yo también en parte del sistema castigador sin darme cuenta, en un intento de paliar mis síntomas de TEPT y sentir que tengo control sobre lo que me pasa en mi vida.

Ansiedad, culpa, vergüenza o rechazo de la propia identidad son varios de los elementos que acompañan a diferentes personas a lo largo de su día a día. No ocurre un sábado por la tarde estando en sus casas, sino que se dispara al buscar trabajo, hablar con sus compañeros de universidad, pasar ante un grupo de adolescentes por la calle o relacionarse con su familia. Se extiende a la totalidad de su vida, con el peligro de que, a base de años de repetirse, se acaba viviendo como algo normal, pero con numerosas secuelas dolorosas por el mero hecho de que a nivel social se hace entender que la condición sexual marca la línea divisoria entre lo que es normal y lo que debe perseguirse.