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COVID-19 y personas refugiadas

Hay silencio y temor en Lesvos. Las calles que hasta hace un par de meses bullían de vida y actividad hoy están casi vacías. Se ve poca gente por ellas. Mucha, como ya es habitual, con mascarillas que sirven de poco. Los saludos, a distancia. Las miradas, recelosas, sobre todo si quien está próximo tiene rasgos no europeos. Si el rechazo hacia ellos se estaba convirtiendo en habitual, hoy el temor a ser portadores del virus de moda hace que, por donde pasan, la gente se aparte y, si pueden, desinfecten con rapidez. Un acto más de exclusión que se suma a los habituales. Desde que el gobierno actual tomó el poder, cada día ha dado un paso más en la configuración de un sentimiento xenófobo que criminaliza a quien solo tiene sobre sus hombros la culpa de huir del horror de una bomba. El temor no es infundado. Las extremas condiciones de insalubridad en las que vive una población de más de veinte mil personas, compartiendo una letrina entre doscientas, viviendo dos o tres familias dentro de pequeñas tiendas de campaña con una superficie de menos de diez metros cuadrados, sin jabón… hace presagiar que, con un primer contagio, la velocidad y la gravedad de su extensión convertiría la isla en un polvorín apocalíptico.

Hace tiempo que venimos alertando de un posible desastre de estas características. Puede ser el COVID-19 o cualquier otro virus que se propagara con la velocidad de un dios profundamente irritado. Hoy toca este virus nuevo que, en realidad, la mayor parte de los contagiados en el mundo occidental pasan en sus viviendas como si de una gripe de cepa desconocida se tratara. Se producen muertes. Hay miedo en las miradas, miedo en las calles. Las ciudades europeas se aíslan, las calles quedan desiertas, el confinamiento dentro de las casas se generaliza. Se activan con rapidez medidas cuyo objetivo principal es evitar la propagación del contagio. A la par, se preparan espacios donde atender a los más afectados. Se compran rápidamente mascarillas y respiradores, se habilitan espacios como hospitales de urgencia.

Pero más de cincuenta mil personas repartidas entre los diferentes campos de refugiados sembrados entre las islas y el norte de Grecia tienen un contenedor o una tienda de campaña como vivienda permanente. Muchas de ellas, rotas y remendadas con otros tantos plásticos recogidos en cualquier basurero. Porque las basuras constituyen el paisaje más habitual de estos espacios de miseria. En cada una, dos o tres familias, que pueden suponer doce o trece personas. Hace calor dentro. Fuera, sobre el suelo de la entrada, un trozo de cartón hace las veces de alfombra. A un lado, una lata cortada a la mitad más unos hierros entrecruzados o unas ramas cortadas del olivar que rodea las tiendas -depende de la suerte que haya deparado el azar a quien busca algo donde apoyar la cazuela- hacen de cocina. Si el viento sopla fuerte puede ocurrir un accidente, como cuando el pasado 16 de marzo una ráfaga maldita hizo que en décimas de segundo un incendio quemara varias tiendas. Entre las cenizas apareció el cuerpo de una niña de seis años que jugaba distraída.

El agua caliente o el jabón son un lujo inalcanzable. Agua corriente, solo la que mana de un par de rústicas fuentes ante las que se agolpan y hacen cola para lavar o recoger en botellas de plástico que muchos acumulan junto a sus tiendas. Porque agua para beber solo les corresponde una botella al día.

Las cuerdas de las tiendas se entrecruzan porque el espacio entre una y otra es tan exiguo que no es posible extenderlas. Muchas se sujetan con piedras a fin de que el viento no las eche a volar cual esperpénticas cometas. Otras –las de los más afortunados- se apoyan en palets de madera que conseguirán que el agua de lluvia no penetre cuando llueve. No es rara la pelea o o la protesta de los que serán vecinos cuando una nueva tienda quiere instalarse. No caben más, apenas queda espacio libre alguno. Más de veinte mil personas en Moria, más de siete mil en Samos, más de diez mil en Vial, Chios… cada una de esas cifras multiplica por cuatro o cinco la capacidad máxima de acogida. Mientras se recomienda no tener contacto físico a menos de un metro o metro y medio para evitar el posible contagio, las tiendas en los campos se superponen unas sobre otras.

La tragedia está servida en estos campos de desolación y abandono, imagen telúrica de una pesadilla. Careciendo de la mínima atención médica u hospital que les acoja en situaciones normales, no es previsible que en ésta de excepcionalidad las cosas cambien. Los campos de refugiados se convierten hoy más que nunca en una ratonera en la que están atrapados a merced de la piedad que pueda tener el virus para con ellos.

Desde hace años, voces salidas desde cualquier rincón del planeta alertan sobre la tragedia que puede producirse en estos lugares de desolación y no paran de exigir condiciones dignas y justas para estos miles y miles de personas. Pero las instituciones tienen los oídos encallecidos. Los pasados acontecimientos en Turquía, que produjeron una nueva avalancha de personas en busca de refugio, junto a las medidas impuestas por el gobierno griego para paliar los efectos de la llegada del coronavirus, no hacen sino empeorar la situación hasta el paroxismo.

Camino al Pireo, el puerto de Atenas, el barco atraca en Chios. Es de noche. Desde cubierta se ve un grupo de personas rodeadas de bultos y fardos de todas formas y tamaños. Hay escasa luz y apenas la de la Luna permite adivinar lo que está ocurriendo en el muelle. Algunos niños corretean y saltan, juegos infantiles ajenos al más serio de los adultos, mientras agentes uniformados les rodean impidiendo que se dispersen. Son familias de refugiados. De nacionalidades diversas, unos de origen africano comprenden y hablan bien inglés o francés, que para eso la dominación europea en sus tierras fue larga e intensa; otros, afganos, no comprenden bien lo que pasa, es difícil comunicar con ellos si no es con el lenguaje universal de los gestos y el aprecio, esa ráfaga de solidaridad y compasión –del latín “sufrir con”- que une a los seres humanos.

Suben a cubierta arrastrando sus pesadas bolsas en las que guardan todo lo que poseen, alguna ropa, algún cacharro en el que cocinar… pero no pueden usar la escalera mecánica. Ésa no está reservada para ellos. Sonríen. No saben dónde les llevan. Vienen de Vial, el campo de refugiados de Chios. Y, como peor no puede ser –piensan- van contentos. No saben que sí, que puede ser peor. Simplemente porque a, principios de marzo, el gobierno suspendió la Convención de Ginebra. No saben que significa que ya no van a tener derecho a asilo. Solo saben -y con esa esperanza salieron de las tierras en las que nacieron- que tenían que huir de la guerra, de las persecuciones, del hambre, y pensaron que Europa, si conseguían llegar, les acogería. Huyeron con la esperanza de dejar el sufrimiento atrás y con el alma llena de ilusión. En el camino irían perdiéndola. Al llegar, casi no quedaba nada. El hacinamiento, el hambre de los campos, el frío, el calor, la ausencia de derechos elementales terminará definitivamente con ella. A muchos, agotada la esperanza, sólo les queda el suicidio. Las cifras se ocultan.

Estos que ahora suben al barco, posiblemente serán conducidos a los campos del Norte. No lo saben porque nadie les informa de nada. Muchos serán deportados como consecuencia de la suspensión del derecho a asilo. Libres las autoridades de tener que respetar los principios que emanan de la Convención de Ginebra, los procesos de deportación se aceleran. Ellos no lo saben. Los que vienen en el grupo no se conocen entre sí. Han sido sacados de otros tantos campos y solo tienen en común hoy el compartir barco y traslado. Dentro, se les confina en un mismo espacio. Que no se muevan parece ser la consigna. Y un gesto tan trivial como es el de cargar un móvil necesita el acompañamiento de una europea que se convierte en protectora y vigilante del trato que se les dispensa. No son delincuentes, son seres humanos con miedo en la mirada y una amplia sonrisa iluminando el rostro lleno de agradecimiento hacia quien les trata tales. Tampoco saben que su inmediato futuro es ser encerrados en un campo de aislamiento de donde no podrán salir. Allí, las expectativas de salvarse frente a la pandemia que asola el mundo serán prácticamente nulas. Parece que la UE, en los últimos días, toma conciencia de ello y pide la evacuación inmediata. Pero ya es tarde. Evacuar a más de 50.000 personas se torna misión imposible. Lo que se debería haber hecho durante estos años atrás no puede hacerse en unas horas. Esas buenas intenciones de ahora no la exonerarán de responsabilidad y algún día habrá de dar cuenta de ellas.

© Luz Modroño

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.