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Los refugiados como moneda de cambio

Partieron esperanzados con llegar algún día a Europa. La travesía fue dura, más por todo lo que tuvieron que lidiar hasta llegar a tocar tierra griega que por los kilómetros que les separaban de Turquía. La Convección de Ginebra reconoce el derecho a asilo recogido en el artículo 14 de la Declaración Universal de los DDHH, pero Grecia lo suspende ante el silencio de la UE. A partir de ahora, cualquier persona que llegue a las islas podrá ser deportada.

Ausentes de protección en sus países de origen, buscan la solidaridad de otros en los que sobrevivir no dependa de la suerte de estar lejos del alcance de una bomba o de no ser perseguidos, amenazados arbitrariamente por otros grupos de distinto pensamiento o creencia. Muchas son mujeres procedentes de países donde el mero hecho de existir se convierte en una continua amenaza. Buscan la protección de otros países porque en su tierra la vida o la libertad están en peligro, sea por causa del propio Estado o de personas u organizaciones –como en el caso de Afganistán, donde los grupos talibanes siguen extorsionando y marcando la vida de la ciudadanía-.

Los acontecimientos se suceden con rapidez. A finales de enero tiene lugar en Samos la primera protesta contra el emplazamiento y construcción de nuevos campos de internamiento cerrados, anunciado a primeros de noviembre de 2019 por el gobierno. A principios de febrero, las municipalidades de Lesvos y Chios se suman a la protesta. Samos abandona pero no así Chios y Lesvos.

La protesta, iniciada por fuerzas ultranacionalistas, es secundada por la ciudadanía, organizaciones de voluntarios y fuerzas antifascistas. El gobierno envía fuerzas antidisturbios para sofocar el levantamiento. El puerto es bloqueado para impedir que entren a la ciudad. Es el comienzo de dos días de enfrentamientos directos que estarán marcados por una dura represión.

En Carava, lugar destinado a uno de estos nuevos campos, el alcalde trae barcas y chalecos desde el cementerio de chalecos de Metimna (más conocida como Mólivos) lugar en el que desde 2016 se han ido acumulando chalecos de los rescatados y los ahogados y embarcaciones utilizadas para el transporte de Turquía a Grecia. Y anima a los habitantes a hacer lo mismo. La huelga iniciada en Mitilini es trasladada a Carava. La protesta continúa en allí.

Tras dos días de enfrentamiento con las fuerzas antidisturbios, el gobierno las retira y decide sentarse a negociar. Esto es capitalizado como un éxito por las fuerzas ultranacionalistas, que vuelven su mirada contra las personas refugiadas y las organizaciones de voluntarios, a quienes atacan violentamente.

Entretanto, el 28 de febrero, Turquía, incumpliendo el acuerdo firmado con la UE en 2016, por el que recibe 6.000 millones de euros, y como medida de presión, decide abrir sus fronteras a fin de conseguir el reconocimiento de Europa en la guerra contra Siria. Grecia arremete contra las personas refugiadas y decide unilateralmente suspender la Convención de Ginebra, negando el reconocimiento del derecho a asilo. Ante la previsión de una llegada masiva de refugiados, las fuerzas ultranacionalistas cortan la carretera que conduce a Moria, bajo la consigna de que no entre en la isla ni un refugiado más. La respuesta del gobierno es confinar a los recién llegados en el puerto de Mitilini, capital de Lesvos.

El 3 de marzo arriba a la isla un barco militar para transportar a las personas que acaban de llegar procedentes de Turquía y, al albur de la suspensión de la Convención de Ginebra, se les niega el registro en Moria. La policía confina en el puerto a más de 500 personas, entre ellas muchas mujeres y niños de corta edad.

Antes de entrar en dicho barco esperan fuera, en las inmediaciones del mismo, a ser registrados. El proceso es lento. Hay pocos autobuses para los cientos de personas que están llegando. Los lavabos del puerto se convierten en el único punto de higiene. El suelo, en cama. Como techo, el cielo descubierto. Las vallas del puerto será el tendedero improvisado para tender la ropa de bebés y niños de corta edad. Dentro del barco, hacinados, duermen sobre el suelo metálico. La policía impide que se les lleve comida, ropa o mantas. El 14 de marzo, fecha en la que se cumplen cuatro años del Tratado de Turquía y, al parecer, con menos de cuatrocientas personas, el barco parte hacia un destino desconocido. Algunas fuentes aseguran que fueron llevados a Malakasa, campo de refugiados cerca de Atenas.

Las actuaciones del gobierno griego suponen la violación de un conjunto de medidas, recogidas en la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, que garantizan el respeto a los Derechos Humanos (artículo 1 del Convenio Europeo de DDHH); el derecho a la vida y a tener un recurso efectivo (artículo 13); la prohibición de trato denigrante (artículo 3); las expulsiones colectivas de extranjeros (Protocolo 4); las devoluciones en caliente…

La suspensión por parte de Grecia de la Convención de Ginebra supone, en definitiva, una violación más de los derechos humanos universalmente reconocidos y refrendados por la UE, que establecen que ninguna persona puede ser deportada o expulsada a terceros países en los que su vida corre peligro. En vez de obligar a su cumplimiento, la UE aplaude y felicita a Grecia por convertirse en el escudo que impide la entrada de seres humanos que huyen de la muerte, del hambre o de la persecución, dejándolos en la más absoluta indefensión y convirtiéndolos en moneda de cambio en un macabro juego de intereses políticos, sociales o económicos.

© Foto de Luz Modroño

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.