LA ZURDA

"Qué bello es vivir"

© Fito Vázquez © Fito Vázquez

"Qué bello es vivir" (1946) es la película navideña por antonomasia, un emblema, parte de la educación emocional de muchos chavales que nochebuena a nochebuena, entre sus doce y treinta y pico años, se han tomado su visionado como un acto de fe, o bien se han dejado llevar por el tintineo de la famosa campanita en el árbol; ese que te indica que, por haberte tragado la peli una vez más, un ángel ha ganado sus alas. Pero "Qué bello es vivir" es también el gran fracaso de Capra, el principio del fin de un cineasta crucial en la cultura yanqui (y por extensión, occidental), aún cuando gracias a la televisión su influjo no haya hecho más que crecer, y siga en perpetua rehabilitación, como corresponde a un auténtico clásico.

Y desde luego que "Qué bello es vivir" se ha convertido en un referente capaz de unir generaciones en la pura ilusión, algo que estuvo muy lejos de lograr en la fecha de su estreno, un significativo 1946. Por mi parte, llegadas estas fechas, durante mucho tiempo tuve la costumbre de gritar, "¡Feliz Navidad a usted también señor Potter!", al pasar por delante de cualquier banco. Lo hacía poseído de verdadero entusiasmo, porque la película de Capra, como no podía ser de otro modo en el autor, va más allá de una simple fábula buenista. De hecho podría haber sido la película rodada sobre el guión de un Dickens del siglo XX, con toda su carga social, envuelta aquí en el caramelo del Hollywood, y con la deferencia entusiasta hacia las instituciones propia de un inmigrante como Frank, el siciliano, tan integrado en Norteamérica como agradecido a la patria de las oportunidades. Entregado a la causa de su país de adopción, Capra se hizo arte y parte de una narrativa que abarca desde la épica del individuo de Withman al pulso librepensador de Mark Twain. De este escritor, por cierto, también se confiesa devoto el ángel que abre los ojos al personaje de James Stewart tras su impulso suicida.

No es casualidad que el custodio alado de “Qué bello es vivir” lleve en el bolsillo un ejemplar de "Las aventuras de Tom Sawyer". Algo comparte Frank Capra de la acracia humanista de Twain, un rasgo que supo adaptar a las películas con las que arranca su relato de la sociedad americana a partir de la 'Gran Depresión'. El cronista cinematográfico del 'New Deal', movimiento político que surge como reacción a aquella crisis, asume la labor de insuflar optimismo al ciudadano medio, sin salirse del respeto a las instituciones. Lo hace estimulando su autoestima, apelando a la fe en la iniciativa del individuo, pero ligándola al valor de la comunidad, la solidaridad, en una suerte de cooperativismo ideal.

La del italiano es la misma ideología que aparece, de manera mucho más descarnada -aunque preñada finalmente de la misma esperanza-, en ese bellísimo y terrible poema visual que constituye la adaptación al cine de "Las uvas de la ira" (1940), del maestro Ford. En cuanto a Capra, a partir de "La locura del dólar" (1932) -ambientada en el 'Crack' acaecido apenas tres años antes- se vuelca en crear una arcadia cinematográfica de fábulas éticas bañadas del optimismo más desaforado. Después de inventarse la comedia romántica en la deliciosa "Sucedió una noche" (1934) y en "El Secreto de vivir" (1936), donde el amor se impone al interés económico, aplica su peculiar sentido de la anarquía festiva en la muy iconoclasta "Vive como quieras" (1938) Pero será en el campo de la parábola política donde el trazo quijotesco del director adquiera su máxima dimensión al ofrecer dos obras capitales (y ‘capitolinas’), redondas en el uso de sus recursos narrativos y en su valor icónico, como son "Caballero sin espada" (1939) y "Juan Nadie" (1941) Después, Estados Unidos entrará en guerra. Fin de una era, y como se verá enseguida, de unas necesidades emocionales muy concretas en los espectadores.

A los personajes de "Qué bello es vivir" también les sorprende, sucesivamente, el 'Crack' y la guerra, hasta llegar al momento en que se desarrolla la acción principal de la película. Pero en la vida real el conflicto mundial ha sido la trama principal, ha dejado su huella y no se puede obviar a mitad de metraje. En esos años, el Jimmy Stewart real -"nuestro vecino de al lado"- ha servido como piloto en la Fuerza Aérea, donde se ha visto involucrado en veinte acciones de combate, y afirman que pudo haber sido llamado a la misión de lanzar la bomba sobre Hiroshima. Frank Capra, por su parte, ha colaborado en el esfuerzo bélico con el mismo empeño y eficacia que en su cine del 'New Deal', a través de los documentales pertenecientes a la serie "Por qué luchamos", donde crea la mítica imagen de la "V" de la victoria sobre la Campana de la Libertad. Es otro icono servido por el maestro, que ha trascendido hasta el punto de identificar, décadas después, el concepto de "resistencia" en ficciones tan dispares como una invasión de lagartos extraterrestres o la organización enmascarada y justiciera de "V de Vendetta". Entre medias, en plena conflagración, Capra también ha encontrado tiempo de rodar la negrísima y atípica comedia, "Arsénico por compasión" (1944), estridente y esquizoide, a caballo entre el dolor y la euforia desquiciada. Se hubiera dicho que la película marcaba un camino sin retorno para el otrora optimista y más equilibrado Capra. Pero aquel punto de inflexión tenía más que ver con el que estaba viviendo ya la sociedad americana.

Terminado el conflicto mundial y el ‘patrioterismo’ inherente a este tipo de sucesos, el cine refleja la resaca, su cara más dramática, en obras como la extraordinaria "Los mejores años de nuestra vida", de Wyler, estrenada el mismo año de "Qué bello es vivir". El relato de los que han regresado del frente es brutal, pero por otra parte no se pueden dejar de notar los beneficios que ha traído la guerra a ese lado del Atlántico. USA es ahora un líder indiscutible que representa la mitad del PIB mundial y posee el setenta por cien de las reservas de oro del planeta. Mientras Europa intenta ponerse de pie sangrando aún por sus heridas, Norteamérica se desliza cómodamente hacia los cincuenta, inaugurando una era mullida a todo color, donde la comunidad no necesita unirse para luchar contra el señor Potter, porque el país entero viene a representar un gran señor Potter que defiende sus intereses de cara al exterior, al tiempo que protege a los ciudadanos bien engranados en un sistema donde la identidad viene dictada por el consumo. Y en este nuevo contexto, "Qué bello es vivir" constituye casi una reliquia moralista. El sueño americano glosado y apuntalado por Capra es ahora una siesta con anecdóticas pesadillas de bichos muy creciditos por la radiactividad (¿complejo de culpa?), y peligros exteriores más o menos intangibles que más que asustar confortan la conciencia uniformada de vivir en un mundo tan libre, o al menos tan seguro.

Nuevos tiempos para nuestro protagonista, y no los mejores. A los dos años de la defenestrada "Qué bello es vivir", Capra todavía rueda una película de cierta relevancia, "El Estado de la Unión" (1948), a mayor gloria de la mítica pareja Tracy-Hepburn. Aquí el director retoma su discurso de la lucha del individuo por mantener la coherencia y el compromiso ético dentro de la política, con el componente romántico animando la función. Ser trata de una fórmula ensayada, y sin embargo la película resulta decepcionante por acomodaticia. Carece del 'ángel' que a día de hoy reconocemos en "Qué bello es vivir". Da la impresión de que Capra ya no cree en lo que cuenta, lo que significa que en realidad no cree ya en sus durmientes conciudadanos.

Pasarán quince años hasta el despertar, brusco como un tiro en la cabeza de la nación. Son también quince años, contados desde la gloriosa “Qué bello es vivir”, en los que el director, devaluado y tal vez hasta incómodo, no hará nada significativo en su carrera hasta su canto de cisne, ese amable alegato contra el clasismo titulado "Un gángster para un milagro" (1961) El popular cuento de 'Annie Manzanas' tiene en los albores de los sesenta el rostro recién rescatado del olvido de una de las antiguas reinas del Hollywood clásico, a punto ya de desaparecer: la gran Bette Davis. La película es una versión de la que el propio director había rodado casi tres décadas atrás, "Dama por un día" (1933), y funciona aún mejor que aquella. Se puede pensar que la clave de su éxito está en la doble fábula que supone la caracterización del personaje principal, de vagabunda a señora de la alta sociedad, al tiempo que su intérprete recupera con este título el estatus de gran dama de la interpretación.

(...) En todo caso, la primera y última vez que Capra se copió a sí mismo supo hacerlo superando al original, y en ese instante el mundo volvió a creerle. "V" de victoria para Frank. 

Humorista multidisciplinar: Guionista de televisión y viñetista desde los tiempos de “Diario 16”. La realidad no sólo supera a la caricatura sino también al dibujante.