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Del squad, a la calle. De la calle, al campo

“Hay un asunto en la Tierra más importante que Dios, y es que nadie escupa sangre pa’ que otro viva mejor” (Atahualpa Yupanqui).

Se estima en más de cien mil las personas refugiadas en Grecia a la espera de la resolución que les otorgue el asilo y les conceda la carta que les convertirá en personas libres, con capacidad de movimiento. Será el momento en el que deban abandonar Grecia y entrar en Europa. Esperan ese momento, que, debido a la lentitud de la burocracia europea, puede tardar años. Entre tanto deberán someterse a diversas entrevistas con el miedo incrustado en la mirada y la desesperanza mermando sus fuerzas. No es fácil vivir con noventa euros al mes y cincuenta más por cada miembro de la familia hasta un total de cinco. Si la familia supera ese número, deberán arreglarse.

Nadie sabe realmente cuántos son, “pero, con seguridad, muchos más”, afirma Carlos, coordinador de Elna, un proyecto destinado a la recogida de las más vulnerables de entre las personas refugiadas: mujeres con hijos pequeños, solas o embarazadas.

No hay listas oficiales. La opacidad envuelve a los refugiados en una tela de araña en la que se sienten atrapados. Cada día son registradas entre 400 y 500 personas que llegan a las playas de Lesbos, Cos, Samos o Chios, tan cercanas a Turquía que casi supondría la promesa cumplida si no fuera porque la llegada es el inicio de una pesadilla. La mayor parte, mujeres y niños.

El gobierno actual prometió “limpiar” las calles de Atenas de estos seres desposeídos de su cualidad de humanos. Comenzó desalojando los squads. Había en Atenas trece. Hoy sólo queda uno en el que sus habitantes se han atrincherado y miran con ojos de espanto a quien llega. No quieren hablar. Temen que cualquier palabra que digan se convierta en un dardo envenenado contra sí mismos. Cuando el miedo se mezcla con el aire que se respira, solo queda el silencio y esperar que éste no se rompa.

Pero el último de los squads tiene los días contados. Pavlópulos ha dado un plazo de 15 días, de los cuales ya han transcurrido más de la mitad, para su desalojo. A los hombres, mujeres y niños que aún viven en él les aguarda uno de los nuevos campos de concentración o la calle. “Pero la calle en Atenas tampoco es lugar seguro. Cuando les arrojaron de los squads, muchos prefirieron ir a la calle. Aquéllos eran lugares seguros, donde les podíamos llevar ropa, calzado, comida o medicinas regularmente. Podían lavarse y tenían las necesidades básicas cubiertas. Unos funcionaban mejor que otros pero, en general, todos funcionaban bien” -sostiene Patricia, coordinadora de SOS Refugiados-. “Casi no había mafias y la droga no se conocía, los refugiados no consumen drogas. Estaban calientes, protegidos, bajo un techo”. Hoy todo ha cambiado, los edificios han sido tapiados, la vida ha desaparecido de ellos y ya no se escuchan las risas de los niños ni se sienten sus gritos ni se escuchan sus carreras ni sus juegos. Se han vuelto edificios tristes, unos más de entre los cientos de edificios semiarruinados de una Atenas decadente, caótica y sucia. Edificios que permanecerán cerrados, tapiados, sin capacidad para continuar siendo el refugio que antes eran.

“El desalojo de la quinta escuela fue uno de los momentos más terribles y tristes que he pasado en mi vida. Los niños estaban preparados con sus mochilas al hombro para ir al colegio. Llegó la policía armada, gritando, insultando, dando golpes. Los niños comenzaron a llorar. El caos fue terrible pero no se podía hacer nada. Los metieron en las furgonetas y se los llevaron. Fue uno de los días más tristes de mi vida. No tenía ningún sentido. Las refugiadas vivían calientes, seguras, les llegaba la comida y tenían la asistencia sanitaria cubierta” -Evoca Patricia, testigo directo de aquella jornada sin sentido ni razón que nunca debió haber acontecido-.

Quienes se negaron a ir a un campo incrementaron el número de personas viviendo en la calle. Las plazas, como Victoria, Exarquia, etc., se llenaron de familias y cartones sobre los que dormir. También las calles. “Yo prefiero dormir en la calle, pegado a una pared y con mi muleta bien cerca por si intentan robarme” -afirma un griego de los miles que la intensa crisis económico social vivida por Grecia arrojó a la calle y que hoy forman parte, junto a las refugiadas, de las personas que han convertido plazas, jardines y calles en su hogar. Jóvenes y adultos de todas las edades. Niños y niñas de corta edad para los que no cuenta la Convención sobre los Derechos de los niños y niñas suscrita por Grecia.

Pero bajo esta implacable persecución desatada por el Gobierno contra las personas refugiadas, tampoco en la calle les permiten estar. “Antes, la plaza estaba llena de familias que acurrucadas unos con otras, padres y madres abrazando a sus hijos intentando darles calor, dormían en el suelo. Ahora ya no. Si les ven, les detienen y les internan. Solo quedan tres o cuatro, que llegan cuando ya la actividad turística de la plaza ha terminado y se van antes de que los coches-cisterna pasen arrojando agua para limpiar. Si se descuidan, les empapan. Nada les importa”. Quien habla es Carlos, coordinador de Elna.

Las mafias, la droga, la prostitución, la venta de órganos… pueblan hoy esos espacios de miseria y desventura. Son miles las mujeres refugiadas abocadas a la prostitución para poder comer. “La prostitución es legal en Atenas -sostiene Ana, una española allí afincada, trabajadora de la Asociación del Forum Griego del Refugiado-. Pero la realidad es que son las refugiadas las que se ven obligadas a ella. Aunque tengan ya permiso de trabajo nadie las va a contratar. Existen muchas casas de prostitución en Atenas. También chavales jóvenes, algunos convertidos en efebos de griegos que les da de comer”. Tampoco se les alquila casa. “Los griegos hace ya tiempo que se niegan a alquilar vivienda alguna a la personas refugiadas. Tenemos que ir nosotros. El rechazo hacia ellos no para de aumentar”.

El nuevo gobierno ha declarado la guerra a las personas refugiadas. En los squads tenían techo, calor, comida, agua… Su cierre condena a cientos de personas a habitar en campos distantes tres o cuatro horas de la capital. La mayoría acude engañada, porque estos campos, en mitad de la nada, son realmente campos de confiscación, detención e internamiento. La intención última es prohibirles salir de ellos. Inmensas cárceles al aire libre para gentes inocentes cuyo único delito es querer una vida mejor lejos de la guerra, el hambre y la persecución. De ser refugiados pasarán a ser presos.

Una honda preocupación anida hoy entre personas refugiadas y organizaciones: el presidente griego, Prokovi Pavlópulos, acaba de aprobar una ley, bajo el pretexto de aliviar los campos de las islas, por la que a partir de enero irá trasladando a pequeños campos del norte del país a miles de refugiados. Si eso llega a ocurrir, muchos de ellos se quedarán incluso sin la ayuda y el apoyo que hoy deparan las pequeñas organizaciones diseminadas por la ciudad. Las más primarias necesidades, como la alimentación, el vestido, la asistencia sanitaria o el agua dependen de dicha ayuda. La plaza del mercado central de Atenas, las tardes de domingos y miércoles, se convierte en una fiesta. Allí se hace comida, se corta el pelo, se lava la ropa en máquinas instaladas dentro de una pequeña furgoneta, se reparte té y se dan algunas medicinas de socorro.

Estos anunciados campos de aislamiento endurecen aún más sus condiciones de vida. Concebidos como centros de detención, de los que se les prohibirá salir porque “no puede ser que por las calles de Grecia deambulen refugiados” -ha declarado-. Detrás de la medida se esconde una nueva violación de la ley que lleva ya algún tiempo produciéndose: tras la primera denegación de asilo, la persona refugiada tiene derecho a otras dos alegaciones antes de proceder a su deportación. Ignorando el derecho que les asiste, Pavlópulos está procediendo a deportaciones masivas a Turquía desde que accedió al poder. Medidas coercitivas que sirvan de “ejemplo”.

En los campos de Atenas también se espera la llegada de las organizaciones. Corintos, Malacasa, Patras… se diferencian de los de las islas solo en apariencia. Son campos recientes en los que el hacinamiento aún no se ha producido. “Para mi hija me dan un vaso pequeño de leche por la mañana y otro por la noche” -dice Tina, una joven argelina que vino a parar al campo de Corintos, al norte de Grecia-. “Antes estuve en la escuela 2 de Atenas (uno de los tantos squads cerrados en los últimos meses por el actual gobierno). Allí tenía un techo y comida. Pero cuando lo cerraron me han traído aquí”. “La comida no se puede comer, sienta mal. A los mayores nos dan una botella de agua y un croissant para desayunar. Pero no se puede comer, está duro y muchas veces tiene moho”. Tina habla de su largo periplo de refugiada: “Yo quería estudiar pero mi padre no me dejaba. Me fui a Turquía, donde estuve cuatro años. Solo encontré trabajo en un bar. El dueño me dijo que no había problema porque yo fuera musulmana y llevará la cabeza cubierta. Pero a los pocos meses comenzó a exigirme que me dejara la espalda al descubierto y que me quitara el velo”. Éste fue el comienzo de su pesadilla personal. Embarazada, un buen día decidió cruzar el Mediterráneo. Llegó a Samos, donde nació su hija. Al poco tiempo, un buen día su marido se marchó para no volver. Hoy, su hija, que cuenta ya dos años y medio, tiene su pasaporte. Ella sigue a la espera. Hablamos mientras esperamos que el ejército se vaya. Soldados que impiden el paso a la furgoneta cargada de comida, mantas, ropa de abrigo, pañales, compresas. Mientras cientos de personas esperan el reparto, los soldados se apostan en la puerta de entrada al campo impidiendo el paso a la furgoneta que lleva Patricia así como a los demás vehículos que han llegado hasta aquí con la misma intención de aliviar su mísera existencia. Dentro, esperan impacientes. Será la única comida que hagan hoy.

Existen campos dentro de Atenas pero la mayoría están fuera, lejos de cualquier núcleo urbano. Éste de Corintos está recién estrenado. Se habilitó tras el desmantelamiento de los squads hace unos meses y fue concebido como campo de tránsito. Las horas pasan lentas, el tedio se apodera de sus habitantes. Los niños juegan, corren, se pelean. No hay escuela alguna. Tampoco asistencia sanitaria alguna. Solo las que, una vez más, proporcionan las organizaciones que hasta este apartado lugar llegan algún día entre semana. Pequeñas organizaciones a las que faltan recursos y sobra solidaridad.

Foto facilitada por Luz Modroño

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.