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Entre cartones, en una plaza cualquiera


Salimos de España en busca de una cruel realidad de la que solo nos llegaban noticias a retazos. Es la azarosa vida de unos seres humanos que salieron persiguiendo un sueño y se encontraron con la pesadilla de la insolidaridad, del desamor, de la indiferencia. No era un sueño muy ambicioso. Tan solo, llegar a un lugar donde vivir no fuera una tarea tan pesada, una carga tan doliente, tan arriesgada.

Unos huían del hambre y la inseguridad; otros, buscando un futuro libre de amenazas y violencia; muchos, buscando un futuro, no ya para ellos mismos sino para sus hijos e hijas. Algunos escapaban de persecuciones y matanzas étnicas, de guerras con derrota para todos o hartos de que no les pagaran por su trabajo, de ser esclavos en un mundo pretendidamente libre.

Venían de Eritrea, del Congo, de Haití, de Siria, de Sierra Leona o Gaza. De Afganistán o Ghana, de Irak, de Somalia… Citar todos y cada uno de los lugares donde no existen los derechos, convertidos en privilegios y protección, de los que gozamos en esta parte del mundo que es Occidente, es una tarea ardua, tediosa...

Según datos de ACNUR, actualmente hay casi cien mil personas refugiadas en Atenas. El 85% proceden de zonas en guerra o en las que se vive violencia extrema política y social. Como es el caso de la R. D. del Congo, con una guerra no reconocida como tal desde hace años, Somalia o Eritrea y tantos otros. Y, contra la creencia popular, el 56% son mujeres y niñas o niños por debajo de los 12 años. De cada diez personas refugiadas, dos son menores no acompañados. La mayor parte de ellos, a pesar de las Declaraciones de protección a la infancia, entrarán, bajo la indiferencia de las instituciones, a formar parte de ese inframundo que late entre las calles de la ciudad.

No hay protección alguna para ellos. Tras cuatro meses de residencia en los campos, y a fin de abrir un hueco para los que continuamente llegan, deberán salir sin derecho alguno, ni sanitario ni alimenticio… abandonados a su suerte, sólo les quedará un rincón en una plaza, en un portal o en una calle cualquiera.

Salieron, en fin, persiguiendo un sueño. El de una tierra libre cuyas imágenes ocupan la pantalla de un televisor. Un sueño cuyas dificultades para alcanzarlo no ignoraban. Pero todo lo que vale la pena exige un sacrificio. Y alcanzar esa meta lo valía.

No fue fácil tomar la decisión. Hay que dejar atrás, con la incierta seguridad del regreso, raíces, familia, bienes, historia, cultura, idioma, amigos, costumbres… Hay que vender deprisa todo lo que se tiene. Hay, muchas veces, que pedir ayuda a la familia o ponerse en manos de un mafioso al que todo el mundo conoce y respeta. Lo difícil no fue encontrarle. Lo difícil fue tener que decidirse. Un proceso doloroso sin marcha atrás.

En unos casos vienen con hijos. Por las calles del campo corren y juguetean cientos de pequeños de todas las edades, inocentes seres marcados ya por la injusticia y la desprotección. En otros, llegan solos. De todas las edades y de ambos géneros. Chicos y chicas jóvenes en busca de un futuro que se les he negado en el lugar donde nacieron.

Hay quienes dejan atrás a sus hijos para evitarles el peligro de ese viaje tan lleno de amenazas, tan arriesgado y que tanto ha costado preparar. También llegan muchas familias enteras que decidieron no separarse.

Entre las mujeres que llegan solas hay alguna embarazada. También, aquéllas que fueron obligadas a casarse con nueve, diez, once años, mujeres torturadas que escapan cuando su cuerpo tantas veces ultrajado y violado se lo permite. Llegan con 18, 20 o 22 años… Otras, amenazadas por luchar por su libertad y negarse a doblegarse en un país donde enseñar el rostro está prohibido. O en el que se puede morir lapidada o terminar con el rostro deformado por aceite hirviendo.

A uno, huido de Siria, la misma bomba que se le llevó una pierna arrasó su casa. Hombres y mujeres mayores, ancianos casi, no faltan. Estamos, en definitiva, ante un enorme ejército de seres humanos perdedor de la batalla de la vida, que vive expulsado, ultrajado, olvidado en los modernos campos de concentración en los que cientos de miles de personas que vinieron buscando refugio solo encontraron un lugar de pesadilla. Vivir aquí no quieren. Volver al lugar del que huyeron no pueden. Cunde la desesperación. No hay esperanza para estos miles y miles de personas, a quienes nadie quiere mirar de frente, tratadas como despojos. Una ínfima parte conseguirá, tras un largo periplo, alcanzar su sueño europeo. A la inmensa mayoría le espera, después de varios años en este infierno, la deportación o la ilegalidad.

El siglo XXI pasará a la historia como el siglo de la expulsión de una buena parte de seres humanos víctimas, directas o indirectas, de la parte del mundo que habla de derechos, de Libertad, de Igualdad y de Justicia pero se olvida de decir que esos valores, lejos de ser universales, son privilegios solo asequibles para una pequeña parte del mundo. Pequeño mundo que hace casi setenta años decidió que no volvería a haber una guerra en su territorio. Mejor limitarse a vender armas a esa otra parte del mundo que desconoce lo que es la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y mejor que sea así. Porque es necesario extraer todo aquello que tienen en abundancia: petróleo, diamantes, coltán, gas, litio… también, mano de obra barata dispuesta a trabajar por unos pocos euros o dólares. A la que no es menester asegurar ni proteger, con la que no es menester cumplir ley laboral alguna. Basta con un permiso de trabajo durante el tiempo necesario y que luego vuelvan al hambre de la que salieron.

El siglo XXI pasará a la historia como el siglo de las grandes Declaraciones, de las firmas de Acuerdos Internacionales caracterizados por su incumplimiento, de la aprobación de Convenciones y Tratados de gran belleza sobre el papel y de intensa fealdad y vergüenza en su aplicación.

El siglo XXI pasará, en fin, a la historia como el siglo que permitió la existencia de campos de concentración, mal llamados de refugiados, en los que el hacinamiento, el hambre, la enfermedad, el frío, el miedo no son palabras sobre papel sino realidad cotidiana para cientos de miles de personas.

Por las calles de Atenas vagan sin rumbo o se acurrucan entre cartones tratando de huir de un frío que se metió dentro del cuerpo y se resiste a salir. Hasta hace poco había trece squads en los que podían vivir y escuelas abandonadas convertidas en refugios de conveniencia. Actualmente solo queda uno, amenazado de cierre.

El nuevo gobierno contemplaba el cierre y desalojo de los squads y procedió a ello, dejando a cientos de personas en la mayor indigencia, en el mayor de los abandonos. Para ellos no hay nada. Solo las pequeñas organizaciones que trabajan para hacer un poco menos miserable su existencia les lleva comida al caer el sol tres veces por semana. Generalmente, un bocadillo y un vaso de té.

El nuevo gobierno ha retirado la tarjeta sanitaria que aseguraba la vacunación de la infancia refugiada y sus madres. Sin ella, y bajo la excusa de la no vacunación, se les ha expulsado de la escuela. Las leyes y convenciones sobre la obligación de protección y derechos de la infancia queda así abolida en un país miembro de la Unión Europea.

Y, a pesar de todo, queda la esperanza. Frente a ese cúmulo de Tratados, Convenciones, Acuerdos, Cumbres, articulados legislativos… sistemáticamente incumplidos por los gobiernos firmantes, se levanta un ingente número de personas que anteponen la legitimidad de la justicia a la letra de las leyes. Open Arms, No Borders, Aita Mari. Juan, Eva, Goyo, Andrés, Mercedes, Eduardo, Julio, Ana, María, Inés, Pepe, Manolo, Patricia, Dori, Marga, Laura, Silvia, Xavier… cientos de personas anónimas, movidas por la solidaridad y el afán de justicia, que se niegan a formar parte de la decadencia de un mundo movido por la desigualdad y la ausencia de fraternidad y sororidad, que ofrecen lo que pueden, que arriman el hombro cuanto pueden y como pueden. Pero que un día, posiblemente lejano, podrán decir con la cabeza alta que ellas no, que ellas fueron personas que no se resignaron, que no fueron cómplices porque vencieron a la indiferencia. Personas que podrán decir -como hace poco oí a una buena amiga- “pase lo que pase, podré mirar a los ojos de mi hija y de mi hijo sin bajar la mirada”.

Foto de Luz Modroño

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.