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EL PERIÓDICO
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Un reto que Europa no sabe afrontar


Las islas griegas del Egeo continúan siendo inmensos desembarcaderos para muchas personas que huyen en busca de un lugar donde el hambre, la miseria o la guerra no sean una continua amenaza para sus vidas.

En la más peligrosas de las travesías, siguen llegando frágiles embarcaciones conducidas por ellos mismos, por lo general uno de los adolescentes o jóvenes que comparte con los demás poco más que el objetivo de llegar a alguna de las islas egeas. Distan pocos kilómetros -entre ocho y doce según el punto al que arriben- de la costa turca. Llegan en mitad de la noche, en silencio. Tratando de no ser descubiertos. Si lo son, saben que serán devueltos a Turquía. Y volverán una y otra vez a emprender el mismo camino, la meta de un mundo soñado.

Viaje, a pesar de la escasa distancia, que reúne todos los requisitos para ser una travesía extremadamente peligrosa. El viaje a Itaca tiene aquí su reencarnación. No habrá cíclopes ni sirenas mitológicas pero no serán menores los peligros que les aguardan.

Esos escasos kilómetros suponen la última etapa de un camino duro que muchas mujeres se vieron obligadas a emprender. Atrás dejaron familia, raíces. Huyen de un mundo que les niega el futuro. Huyen de bombas que les dejaron sin casa, de sequías que les dejaron sin pan. De hombres que las maltrataban o las violaban, con los que a muy temprana edad las obligaron a casar.

En mitad de la noche unen su destino a otros tantos con los que compartirán su miedo y la soledad. Es negra la noche aunque sea noche de luna llena.

No hay piedad para ellas.

Llevan kilómetros recorridos. A cuestas, sólo la esperanza de llegar. Ante ellas un mar, antaño amable, se abre como una amenaza. Pero hay que seguir sin mirar atrás. Hay que seguir porque esa costa que apenas se vislumbra es la promesa esperada.

No saben que podrán quedarse parados en mitad de su travesía porque la barca en la que se hacinan temblando de miedo y frío no tiene combustible suficiente.

No saben que los chalecos salvavidas que les han puesto pueden convertirse en una trampa mortal si caen al agua. No saben nadar. El pésimo material con que están hechos los arrastrará a un fondo en el que yacen ya millares de otros como ellos. Sueños rotos que descansan en paz.

Y, a pesar de todo, siguen llegando. Un auténtico éxodo humano entra en Europa cruzando un mar cuna de civilizaciones. En lo que va de mes han entrado ya 429 barcos llevando 14.711 personas. Lo que supone una media de 980 personas y 28 embarcaciones diarias en los últimos quince días.

Y son muchas más las que después de su particular odisea, y bajo el aún vigente acuerdo europeo con Turquía, continúan llegando. 10.056 personas llegadas en doscientos noventa y cuatro barcos han sido detenidas en lo que va de mes, es decir en poco más de quince días. La guerra que Endorgan ha desatado contra kurdos y sirios hará que este éxodo se incremente exponencialmente. Trump, Putin y Erdogan, con el silencio cómplice de Europa, son los únicos responsables.

Una guerra, cualquier guerra, tiene como consecuencia inmediatas la muerte o la huida. Los responsables políticos de las instituciones europeas declaran “que vengan pero que lo hagan legalmente”. Olvidando que el hambre, la guerra, el sufrimiento no entienden de legalidades.

Llegados a las costas, el procedimiento para legalizar su acogimiento no sólo no está garantizado sino que, una vez iniciado y tras el primer registro, pueden transcurrir años hasta su término con la concesión del pasaporte que, definitivamente, garantizará su libertad y el reconocimiento de plenos derechos como ciudadanas o ciudadanos. Es difícil conseguirlo. Muchos no lo alcanzarán.

La pesadilla no termina ahí. Con el pasaporte, deberán salir de Grecia y decidir a qué país europeo quieren dirigirse. Tendrán un tiempo limitado.

Salir de aquí no es barato. Tendrán que conseguir el dinero para el transporte. Si el refugiado está solo, tal vez pueda lograrlo en tan escaso plazo. Las dificultades irán aumentando en proporción al número de miembros que compongan la familia. Otra traba surrealista más.

La lentitud burocrática choca con esa llegada masiva de personas persiguiendo un sueño. La guerra desatada por Turquía contra el Kurdistán y Siria puede hacer que el choque sea brutal. Las cifras ya lo son: en lo que va de año, casi ciento veinte mil personas han intentado llegar a Grecia; de ellas, más de cuarenta mil lo han logrado mientras que, por el acuerdo de 2016 con Turquía, más de setenta mil fueron arrestadas por la guardia costera. Sólo en Lesbos se ha pasado de unas cuatro mil refugiadas en febrero a más de quince mil actualmente. Y cada noche llegan más y más. Un carrusel loco al que las deshumanizadas y suicidas políticas europeas no parecen querer poner fin.

Europa tiembla. Y su temblor llega al paroxismo con la última amenaza de Erdogan de abrir las fronteras a más de millón y medio de refugiados que retiene tras el Acuerdo con Europa. Cuando apenas han pasado dos años, parece que los 66.000 millones de euros entregados saben a poco. Y él pone sus condiciones: nuevo pago de 30.000 millones más y guardar silencio ante la guerra desatada. Y Europa calla.

De seguir así las cosas, podría desatarse una nueva crisis humanitaria cuando apenas han pasado dos años de la última.

Europa no puede seguir pagando para que terceros países se ocupen de las fronteras intentando a toda costa parar un éxodo incontrolable. La política occidental, en general, y la europea en particular han de cambiar objetivos y estrategias de manera radical. La experiencia evidencia que derivar presupuestos a países dictatoriales, violadores sistemáticos de los derechos humanos, no es la mejor de las opciones.

Mientras sigamos alentando guerras, vendiendo armas, esquilmando materias primas y recursos, invirtiendo en vallas y muros, nada parará la marcha de millones de seres humanos persiguiendo una esperanza y un futuro.

Luz Modroño es doctora en psicóloga y profesora de Historia en Secundaria. Pero es, sobre todo, feminista y activista social. Desde la presidencia del Centro Unesco Madrid y antes miembro de diversas organizaciones feministas, de Derechos Humanos y ecologistas (Amigos de la Tierras, Greenpeace) se ha posicionado siempre al lado de los y las que sufren, son perseguidos o víctimas de un mundo tremendamente injusto que no logra universalizar los derechos humanos. Y considera que mientras esto no sea así, no dejarán de ser privilegios. Es ésta una máxima que, tanto desde su actividad profesional como vital, ha marcado su manera de estar en el mundo.

Actualmente en Grecia, recorre los campos de refugiados de este país, llevando ayuda humanitaria y conviviendo con los y las desheredadas de la tierra, con los huidos de la guerra, del hambre o la enfermedad. Con las perseguidas. En definitiva, con las víctimas de esta pequeña parte de la humanidad que conformamos el mundo occidental y que sobrevive a base de machacar al resto. Grecia es hoy un polvorín que puede estallar en cualquier momento. Las tensiones provocadas por la exclusión de los que se comprometió a acoger y las medidas puestas en marcha para ello están incrementando las tensiones derivadas de la ocupación tres o cuatro veces más de unos campos en los que el hacinamiento y todos los problemas derivados de ello están provocando.