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La libertad como bandera de incrédulos


  • Escrito por Luis Méndez
  • Publicado en Opinión
(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)
Netanyahu en una caricatura de DonkeyHotey vía flickr. Netanyahu en una caricatura de DonkeyHotey vía flickr.

Hace poco, algunos medios recogían unas palabras de Netanyahu, primer ministro de Israel. La mayoría destacaba la siguiente frase: "La Biblia dice que 'hay un tiempo para la paz y un tiempo para la guerra'. Este es un momento de guerra", Otros daban un paso más y completaban la intervención: "Debéis recordar lo que Amalek os ha hecho, dice nuestra Santa Biblia. Nosotros lo recordamos y estamos luchando". Esta frase seguramente no es para muchos significativa. Algo fuerte debe haber cuando Stéphane Dujarric, portavoz de la ONU, cuestionó la retórica "peligrosa" del primer ministro israelí que "alimenta el conflicto".

¿Cuál es el contenido bíblico que no toda la prensa ha recogido? Según la Torah, Alamek se relaciona con un mandato hecho por Yaveh a Saúl, primer rey de Israel: “Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Yo castigaré lo que hizo Amalec a Israel al oponérsele en el camino cuando subía de Egipto. Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos”.

Seguramente hay cientos, quizás miles de millones de seres en esa u otras religiones o ideologías que ante textos semejantes no se cuestionan si vivimos realmente en un mundo civilizado. Quizás lo de la paja ajena, más que un acto de cinismo o de inequidad sea un medio de ceguera voluntaria para así ver sólo la mitad de la realidad.

Para muchos, cuando se entra en estos asuntos, lo importante son los hechos, lo demás son divagaciones. Pero sería un error infravalorar la fuerza de la palabra. Al principio siempre es el verbo, ya sea en forma de declaración (¿de Balfour?), oración, soflama, manifiesto, arenga o programa.

Respecto a Saúl, su pecado fue el de no obedecer: “Saúl desobedeció de nuevo a Jehová al no cumplir Su mandato de destruir a los amalecitas y todos sus animales, y Jehová rechazó a Saúl como rey de Israel”.

Y los escépticos repetirán: más palabras. Sin embargo, estas son importantes. Se corre el peligro de que vuelvan a envolvernos, con ellas, fingiendo detener las matanzas de Gaza sin resolver la causa, es decir, el incumplimiento de los acuerdos de la ONU, que mandatan la creación de un estado palestino. Han sido millones de palabras, en los círculos de decisión y fuera de ellos, las que han adormecido la solución.

Se habla de los acuerdos de Madrid, Oslo, Abraham, como si el problema fuera reciente (véase el procedimiento: el fraccionamiento del problema hasta que de hito en hito se olvide su origen). Pero no, el problema es más antiguo: desde que a los ingleses se les ocurrió emitir la Declaración Balfour (2 de noviembre de 1917) por la cual apoyaban la cesión de lo que no era suyo y, según los árabes, traicionando los acuerdos de crear un gran estado árabe y de anular los privilegios extranjeros. ¿El telón de fondo? derrotar al imperio otomano y debilitar al ruso. De nuevo las palabras, incluso las bíblicas, involucradas en la geoestrategia pasada y actual.

Pero Gaza no es el único conflicto que hay, hubo y habrá. La cultura que nos suministran cotidianamente (como un narcótico) goza de excesiva alegría y desenvuelta superficialidad frente a una realidad que nos dosifican convenientemente. Por lo tanto, cuidado con despreciar su valor etéreo y a sus medios: un profesor de instituto afirmaba públicamente que determinados minutos de televisión podían destruir horas de clase. Quien dice televisión dice cualquier medio de masas, incluidos los tebeos (ahora comics que son incluso para adultos). Es decir, hay que estar atentos a la concatenación de palabras y hechos. Siempre hay un mago que intentará sorprendernos.

Es evidente que toda esa cultura carece de una escala de principios coherentes entre sí. Exigirla significaría una constricción intolerable, No son pocas las veces que se utiliza la bandera de la libertad para ocultar la carencia de ideales, sobre todo humanitarios.

Pero incluso este supuesto afán libertario es inconsecuente consigo mismo: en realidad lo molesto son las reglas ajenas. Según las circunstancias se será o no legalista. Es una vieja historia que rebasa los ámbitos del derecho o de la política y se adentra en el aparentemente ingenuo mundo de las costumbres.

La cuestión es que esa cultura, inconscientemente interiorizada, condiciona poderosamente nuestro pensamiento. No se enfrenta de cara a nuestra razón, sabe que argumentativamente perdería. Y aunque es menor, pesa mucho más que las creencias que portamos con cierta consciencia: cristianismo, liberalismo, socialismo, islamismo, anarquismo, nacionalismo, nihilismo, lo que se quiera.

¿La finalidad?: evitar un bloque de principios coherentes, construidos mediante pesos y medidas tasados que permitan un juicio uniforme que obligue a todos. Seguramente nos adentraremos en un bosque de términos, tal como ha ocurrido en estos ciento y pico años en los que ha habido de todo, menos tres asuntos clave: estado palestino (resoluciones de la ONU incumplidas), gas de Gaza y canal Ben Gurion. Todo ello con o sin la Biblia, originarios o añadidas.

Por lo tanto, no pedimos juicios justos; nos conformamos por el momento con juicios uniformes y coherentes. Sería ya una limitación importante a su sinuosa arbitrariedad.

Coherentes porque no nos cuadra lo dicho a Saúl y lo que en otro lugar se proclama: “Yo soy Yahveh, tu Dios, … realiza el catálogo de los mandamientos, que son…[6º] No matarás”. No entramos en el lugar que ocupa este mandamiento ni en lo de amar al prójimo ya que es del Nuevo Testamento, aparte de que sonaría a habitante de Lililandia.

Es evidente que para un creyente –cosa que no somos-- dios puede combinar dos mandatos contradictorios, pero una humanidad educada en semejante mentalidad jamás sabrá que es realmente justo (es una forma de decir). Quizás estas contradicciones son las que desorientaban a Tomás de Aquino, quien se planteaba paradojas curiosas que como mínimo deberían despertar nuestra curiosidad como ejercicios de lógica: ¿Puede dios crear una piedra que no pueda levantar? No poder levantarla significaría una limitación a su poder. No poder crearla, lo mismo. ¿Con esto que se quiere decir? Simplemente que sería conveniente que atendiéramos a las palabras, a los hechos y, sin exagerar, a nuestro propio criterio. No todo lo que nos dicen es verdad. Ya Bertolt Brecht advertía sobre que “lo que no sabes por ti mismo, no lo sabes”. Esta reflexión al menos quita impulso a la tontería.