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Amnistía, historia, naftalina


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La actual situación política está atravesada por tal nivel de niebla que se hace necesaria una clarificación. El mantenimiento del statu quo Madrid-Catalunya habría de significar que el espacio Waterloo, con los restos del ex president Puigdemon sin relación alguna de amistad o relajación de enemistad con el Psoe necesitado de ayuda para la investidura de Pedro Sánchez, caminaría por los aledaños de la marginalidad, sin intervención alguna con las conexiones de Madrid y su tic tac político. Ello supondría que Sánchez no podría ser investido a falta de los siete votos obligatorios para su residencia en Moncloa. Habría repetición electoral en fecha 14 de enero, sin elección de la fecha del propio Sánchez para desmentido de manía con la prospección del clima en la intencionalidad del candidato socialista. Llegado el caso, Ferraz no sería asediada como lo está siendo todas las noches frescas y alguna lluviosa de este otoño madrileño.

Valentín Ferraz, militar isabelino y a las órdenes de Espartero, en el siglo XIX, incluso fue alcalde de Madrid. En el número 70 de la calle moriría en 1925 Pablo Iglesias, fundador de la marca psoe, lugar donde se alojan las siglas de predicamento en este momento histórico. La protesta en número máximo de 8000 manifestantes, exponente de los 3 millones de Vox, un suponer, y los 5000 de Falange Española de las JONS, otro suponer, extraído de las cifras de la consulta de 23 de julio pasado, más algunas adherencias propias de la suma nacional, no dejaría de ser una operación matemática incapaz de competir en certámenes de verdadera fuerza de cálculo, con poder de intimidación pitagórica.

La continuidad de las manifestaciones y el crecimiento/decrecimiento de sus participantes dará cuenta del futuro éxito de la oposición a un acuerdo que, de llevarse a cabo, debería anular o dejar sin efecto las diferencias del 1 de octubre de 2017 y sus derivadas. Un de las cuales fue la huida a velocidad nunca cuantificada del coche de estimable cilindrada que condujo fuera da la frontera catalana y al mismo tiempo española al ex president Puigdemont. El resto de encarcelados, luego indultados, gozan del respeto de todos y cuantos acuden a Ferraz puntual y minuciosamente.

Muy al contrario, Puigdemont merece prisión y aún no se descarta el paredón, como en su tiempo concitó el cardenal Tarancón, a quien hay que reconocer la facilidad que otorgaba la rima fácil. Pues bien, todo ello no sería objeto de litigio y adoración nocturna en el santuario de Ferraz si la amnistía hubiese sido una iniciativa del Feijóo triunfante en julio, tal y como pronosticaban los militantes de la encuesta, de cuyo silencio desde aquel entonces apenas se habla, sabedores como son que tanto ellos como Tezanos siguen oficiando la misma profesión y todo el mundo tiene que comer. En 1996, el hombre de la tristeza vitalicia, Aznar, pisó el hotel Majestic, en Barcelona, no para dormir sino para firmar un acuerdo con Jordi Pujol a cambio de grandes calidades y grandes cantidades en la negociación entre ambos.

En aquel entonces las calles Ferraz y Génova eran muy transitables, sin alteraciones ni menoscabos. Ahora, la audacia de Sánchez, bien es cierto que coincidente con la necesidad y la virtud de la investidura, puede que consiga que la asignatura de Puigdemont se apruebe en el grado de Convivencia, que convalidaría para pasar de curso en España, en Catalunya y en Europa. Los votos de Junts tendrían el ok a partir de ahora para beneficio de los partidos que quieran y deseen la convergencia, la unión, la concordia, y la suma de voluntades. Claro que el “a por ellos” habría de ser desterrado como imperativo de mal uso y vulgaridad rampante.

Al propósito actual , el Psoe saldría beneficiado, Junts y el habitante de Waterloo saldrían beneficiados. El PP, a la larga, saldría beneficiado con reedición del “español del año” (como Pujol, en 1984, cena incluida del honorable y Fraga, superviviente de todo y hacedor de amistad con el premiado). Y la calle Ferraz volvería la normalidad de sus terrazas y calmas sin los cánticos esos de los amaneceres recurrentes y las camisas bordadas en rojo. Las mismas camisas puestas a prueba del tiempo y la naftalina, alquitrán blanco que en forma de bolas de mismo color ahuyenta las polillas de la historia pero no las de la memoria.

 

Periodista (Ciencias de la Información, Univ. Complutense de Madrid), colaborador en distintas cabeceras (Diario 16, El País, Época, El Independiente, Diario de Alcalá), miembro del Patronato de la Fundación Diario Madrid.