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No tomar la parte, por el todo


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Desde 2012, la política catalana ha tenido un desarrollo cada vez más penoso, debido a la entrada de personas sin un mínimo de formación y preparación. Nada peor para un país que encumbrar a mediocres. Lo fue Artur Mas, intentando emular la figura de Jordi Pujol, con una huida hacia delante, que le llevó a ninguna parte. Bueno, sí, a la irrelevancia y al prematuro retiro.

No fueron mejores ni Carles Puigdemont, huido a Bélgica, ni Joaquim Torra, inhabilitado por “plantar cara” a la Junta Electoral, por un tema de pancartas, en período electoral. Tanto el uno como el otro, en un país normalizado, nunca deberían haber asumido la presidencia. Sus acciones y actuaciones producen sonrojo, por no poner palabras más gruesas.

Y el actual, Pere Aragonés, tampoco tiene fuste presidencial. Es un segundón, ascendido a primero, por las locuras del proceso independentista. Era uno de los altos cargos que se mantuvieron en su puesto, a pesar de la aplicación del 155. Muchos independentistas creían que los 114 altos cargos de la Generalitat, harían imposible el funcionamiento de la administración catalana, y ni uno solo dimitió, en solidaridad con el gobierno, destituido.

Nadie piense que los representantes de los partidos independentistas catalanes, tengan especial prestigio en el conjunto del país. En absoluto. Es más, sentimos vergüenza ajena, ante determinados discursos y comportamientos de Gabriel Rufián, portavoz de ERC, o de Miriam Nogueras, de Junts. Solo representan una pequeña, muy pequeña parte de catalanes. En concreto a menos de un 20%. El resto, estamos en otros modelos de acción y actuación, dentro y fuera de Cataluña.

La progresiva reducción de efectivos de los partidos independentistas ha conllevado aupar a puestos de responsabilidad a personajes que en otros tiempos habrían llegado a concejales o alcaldes de pequeños municipios, pero no a diputados o senadores. Y menos a ocupar puestos de portavoz en el Pleno o en Comisiones.

Y nada peor que tener a mediocres en puestos de responsabilidad porque se crecen en sus comportamientos. Quieren dar pruebas de seguridad y firmeza y no se dan cuenta de que caen en el peor de los ridículos. Dar ampulosidad a las palabras no las hace variar, y hay discursos llenos de petulancia y cierta chulería, muy propios de los nacionalismos, que siempre se creen superiores a los que no lo son.

Repito, pues, que nadie tome la parte por el todo, porque por fortuna Cataluña se compone de 8 millones de ciudadanos, con procedencias muy diversas y con aspiraciones a superar el profundo bache provocado por el proceso.

Están emergiendo otras generaciones que ya nada quieren saber del proceso, y buscan otros destinos y objetivos, sin pretender romper con España ni buscar independencias hacia ninguna parte. La gran esperanza la tenemos depositada en las próximas elecciones al Parlamento Europeo, previstas para junio del año próximo y en las del Parlamento, que deberían ser para otoño o finales de año.

Si todo va como indican los últimos resultados electorales, y todas las encuestas, el PSC, gana puntos para incrementar sus resultados, y afianzar sus aspiraciones a presidir la Generalitat.

Quiero recordar que ha ganado ya tres elecciones consecutivas, y su líder, Salvador Illa tiene la mejor valoración, entre todos los políticos catalanes.

Este es el objetivo a culminar. Un cambio presidencial, acompañado de una nueva mayoría en el Parlamento de Cataluña, permitiría modificar el peso de los independentistas en todas las instituciones. Y nada deseamos más que otras caras, otros comportamientos, y otras actuaciones, del conjunto de presentantes de Cataluña, en el Congreso y Senado.

 

Presidente del Consejo de la Federación XI del PSC-PSOE. Ex alcalde de Borredà ( Barcelona) y ex diputado del Parlament de Cataluña.