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El nuevo escenario político catalán tras el 23-J


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Las elecciones generales del 23 de julio han arrojado en Catalunya un doble resultado muy claro, a priori sorprendente y en apariencia desconectado de lo ocurrido en el resto de España: el PSC gana de forma arrasadora, y los partidos independentistas se hunden.

A priori, los números son brutales. El PSC pasa de tener ochocientos mil votos en noviembre de 2019 a un millón doscientos mil ahora. Cuatrocientos mil votos más en una sola elección, un tercio más en relación a los que tuvo en 2019.

En el lado independentista, ERC tuvo ochocientos setenta mil votos en 2019, y ahora ha obtenido cuatrocientos sesenta mil; ha perdido pues casi la mitad de votos en una sola elección.

Junts por su parte, ha pasado de quinientos mil a cuatrocientos mil votos, perdiendo por tanto uno de cada cinco votos de 2019.

La CUP simplemente ha desaparecido: pasa de doscientos cincuenta mil votos a algo menos de cien mil, perdiendo los dos escaños en el Congreso de los Diputados que tenía.

Un dato extremadamente gráfico: el PSC ha obtenido doscientos mil votos más que la suma conjunta de todos los partidos independentistas (ERC, Junts y la CUP).

Visto lo visto, la gran mayoría de politólogos y tertulianos no catalanes se han lanzado a tumba abierta -desde el desconocimiento absoluto de la realidad catalana que les caracteriza-, a sostener impertérritos que estos resultados se explican por un trasvase masivo de voto independentista al PSC, y que esta sería una señal estupenda de que el "procés", los pseudoreferéndums, Puigdemont y toda la mandanga secesionista, ya son Historia: el electorado independentista habría bajado los brazos definitivamente, y ante el temor de un muy posible Gobierno PP-Vox, habrían corrido a votar a los socialistas para que lo evitaran.

Nada más lejos de la realidad.

El electorado independentista catalán no ha votado al PSC ni a Sumar: simplemente no ha votado, se ha abstenido masivamente. Y ello por dos razones primordiales: la primera, porque las elecciones generales "españolas" han tenido siempre escaso interés para ellos, lo que resulta lógico si realmente son independentistas y solo les interesa su país. Y la segunda y principal, y esto si es nuevo, porque están hartos de los partidos que dicen representarles y a los cuales venían votando hasta el domingo pasado.

En Catalunya, entre el electorado independentista, esos tan famosos como supuestos dos millones de ciudadanos que se manifestaban en la calle una Diada tras otra en la década anterior -en realidad, en las manifestaciones independentistas de Barcelona nunca hubo más de cien mil personas juntas-, el fracaso del procés y la paralización de la vida política catalana posterior han dejado en esa parte de la ciudadanía, una vez convencida de haber sido engañada y manipulada por sus líderes, una sensación mezcla de amargura, vacío y rechazo de la política en general y en especial de los políticos; aunque siga siendo independentista, la mayoría de ese electorado ya no confía en los partidos que dicen representarles, y a los que tozudamente venía votando en el pasado. Y para castigar a sus políticos ha dejado de votar en la ocasión más propicia, en las elecciones en las que supuestamente "su" Catalunya se juega menos: unas generales españolas.

Por el contrario, el electorado no independentista ha ido a votar en mayor proporción que en ocasiones anteriores. En primer lugar, porque las generales son "sus" elecciones, pero, sobre todo, mayoritariamente, para parar un más que posible triunfo de PP y Vox que diera paso a un Gobierno de ambos. No todos han votado a la izquierda. Una parte de ese electorado no independentista, el segmento españolista de derechas, es responsable del buen resultado del PP en Catalunya en esta ocasión (por primera vez en muchos años), que ha superado en voto popular y porcentaje de voto a ERC y a Junts, algo realmente novedoso. El PP ha superado los cuatrocientos mil votos en esta Comunidad.

En 2024 habrá elecciones autonómicas en Catalunya. Veremos qué sucede, si realmente el independentismo rechaza participar políticamente y vuelve a quedarse en casa (lo cual sería una muy mala noticia para todos), o retoma las papeletas de sus partidos aunque sea poniéndose una pinza en la nariz.

Hay una tercera y nueva posibilidad: que ante el declive de los partidos independentistas que conocemos, en las autonómicas crezca de modo exponencial esa extrema derecha independentista y abiertamente fascista que se está configurando alrededor de grupos como Aliança per Catalunya, formación de carácter más nazi que fascista, que en las pasadas municipales se hizo con la alcaldía de Ripoll y aspira a infectar toda Catalunya.

 

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla. Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).

En 2022 ha publicado “Una quimera burguesa. De la nación fabulada al Estado imposible” (una aproximación crítica al independentismo catalán).