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¿A qué ciudad aspiramos?


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El concepto “modelo de ciudad” ya se utiliza poco en la política actual. Como ahora se trata de hacer espectáculo y apelar al voto emocional, se huye de cualquier discusión de cierto calado sobre cuál es el proyecto de futuro que se quiere para la ciudad que se imagina. A las puertas de unas elecciones municipales, parecería lógico hacerlo. Hay algo muy importante que no es espontáneo y no se improvisa, que es el del planeamiento urbanístico, del que dependerá no sólo ni especialmente el trazado de las calles y las densidades, sino la conformación del tejido urbano, sus usos, la mezcla o no de funciones y grupos sociales, el grado de amabilidad o dureza del espacio público, la movilidad o la disponibilidad de servicios.

Es diferente entender la ciudad como un ecosistema complejo al servicio de la gente y sus necesidades o bien un lugar con multitud de solares con los que especular. Cómo se orienta y el papel que se da al comercio resulta muy indicativo. Apostar por las grandes superficies perimetrales en las ciudades, facilitar la proliferación de polígonos comerciales poco tiene que ver con hacer ciudad, más bien es vaciarlas de contenido y actividad destruyendo de paso el tejido urbano central sobre lo que el comercio de proximidad pivotaba. Significa decidir para una economía de grandes marcas de distribución, que operan en el low cost o lo aparentan y que actúan contra los productos de proximidad y del territorio, además de menospreciar la calidad y reventar las ciudades. Es apostar por una economía con empleo de baja calidad, con salarios misérrimos y por destruir el aspecto ocupacional y vivencial del comercio y los servicios cercanos, lo que solía contribuir a generar importantes espacios de sociabilidad. Los ayuntamientos, sin pensar demasiado en los efectos, dan licencias de apertura de los nuevos establecimientos porque viven de las tasas que cobran, del Impuesto de Actividades Económicas o, sencillamente, porque les gusta hacer la genuflexión frente a los poderosos. El resultado, ciudades despejadas de actividad, sin la sobreposición de usos que las dinamizaban, que tan rica y variada han hecho la vida en las ciudades mediterráneas.

Ciertamente, que también la proliferación del comercio online ha hecho mucho por destruir las redes comerciales de nuestras poblaciones, pero aún más una política urbanística de la que lo mejor que se puede decir es que se hace sin pensar. Cuando cierra el comercio de nuestras calles, así como los servicios o cines, no sólo proliferan los bajos en alquiler, venta o traspaso. Se impone la dejadez, se muere la vida y se convierten en más inseguras las calles. Como en el modelo anglosajón, se nos hace mudar hacia la cultura del automóvil con el que nos desplazamos a los multicines periféricos, a los supers, hípers, comercios de todo a 100 que convierten a nuestros entornos urbanos en cada vez más idénticos, intercambiables y, sobre todo, más ostentosamente feos. En las ciudades que hacían de capitalidad de un entorno amplio, los compradores y visitantes habituales ya no entran, quedándose en las numerosas cafeterías y lugares de comida basura que proliferan en estos polígonos postindustriales y dedicados básicamente al comercio y actividades de entretenimiento.

Los centros urbanos, históricos, van quedando en el mejor de los casos como un belén arquitectónico y urbanístico para disfrute de turistas y con unos pocos negocios de baja calidad destinados a los pasavolantes. Los centros de las ciudades, sobre todo si tienen vestigios del pasado de cierta categoría, se les ha convertido en parques temáticos o de atracciones para visitantes no muy exigentes, pero dejan de conformar una ciudad real, vital. Sabe mal cuando en torno a unas elecciones se nos habla de manera abstracta y bastante cínica que se protegerá el comercio de proximidad como si fuera una prioridad cuando, con la política urbanística se está haciendo, de facto, todo lo contrario. Nos toman por gente muy simple. Existen honrosas excepciones de ciudades y proyectos políticos concretos, pero son una minoría. Política municipal, es sobre todo y fundamentalmente urbanismo, entendido éste en sentido amplio y completo. Y si hay algo rigurosamente político -e ideológico-, éste es el urbanismo.

Josep Burgaya es doctor en Historia Contemporánea por la UAB y profesor titular de la Universidad de Vic (Uvic-UCC), donde es decano de la Facultad de Empresa y Comunicación. En este momento imparte docencia en el grado de Periodismo. Ha participado en numerosos congresos internacionales y habitualmente realiza estancias en universidades de América Latina. Articulista de prensa, participa en tertulias de radio y televisión, conferenciante y ensayista, sus últimos libros publicados han sido El Estado de bienestar y sus detractores. A propósito de los orígenes y el cruce del modelo social europeo en tiempos de crisis (Octaedro, 2013) y La Economía del Absurdo. Cuando comprar más barato contribuye a perder el trabajo (Deusto, 2015), galardonado este último con el Premio Joan Fuster de Ensayo. También ha publicado Adiós a la soberanía política. Los Tratados de nueva generación (TTP, TTIP, CETA, TISA...) y qué significan para nosotros (Ediciones Invisibles, 2017), y La política, malgrat tot. De consumidors a ciutadans (Eumo, 2019). Acaba de publicar, Populismo y relato independentista en Cataluña. ¿Un peronismo de clases medias? (El Viejo Topo, 2020). Colabora con Economistas Frente a la Crisis y con Federalistas de Izquierda.

Blog: jburgaya.es

Twitter: @JosepBurgayaR