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Ecuador: un símbolo de todos los problemas de Latinoamérica


(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

El presidente de Ecuador, Guillermo, Lasso acorralado por una serie de infortunios en su gestión que afectaron sensiblemente la gobernanza, el más reciente la apertura de juicio político (“impeachment”) por parte del Parlamento, decidió su disolución luego de testificar en una primera sesión legislativa bajo una acusación de peculado.

Ese fue el único día de su defensa y de duración del proceso, ya que a la mañana siguiente del 18 de mayo decidió la disolución del Congreso, que significó el cese inmediato del mandato de los diputados y el llamado a elecciones generales (presidente y legisladores) en el plazo de 90 días, procedimiento constitucional previsto para situaciones de inestabilidad general, que vulgarmente se denomina “doble matanza”, porque a la clausura parlamentaria le sigue la salida del primer mandatario.

Lasso se va así antes de que lo echen, como puso de relieve la prensa internacional una vez que él advirtió que el cálculo de mayoría calificada para el voto final en la Legislatura iba a ser en su contra, por razones meramente políticas, puesto que aquel único día de juicio le bastó para demostrar con economía de palabras que el supuesto peculado por firma de un contrato de transporte de combustibles -de existir-, correspondía al gobierno de la anterior administración de Lenín Moreno, ya que tuvo lugar en 2018, dos años antes de iniciar su período de gobierno.

Lasso, un banquero conservador, logró constituir un frente con otras fuerzas de derecha moderadas -en particular el populista Social Cristiano (PSC)-, e incluso de los grupos indigenistas, para ganar la Presidencia ecuatoriana en 2021, en segunda vuelta, y derrotar al Partido Revolución Ciudadana liderado en el exilio por el ex Presidente Rafel Correa.

La suerte del correísmo parecía perdida luego de sus dieciséis años en el gobierno, incluyendo su sucesión por su ex camarada Lenín Moreno, quien luego una vez en el gobierno tomó distancia de su antiguo líder, que por supuesto hizo todo lo posible para debilitarlo.

No pareció extraño entonces en aquella elección que el péndulo consagrara a un gobierno de derechas, que poco pudo hacer para estabilizar la economía, y menos todavía para avanzar en las contrarreformas conservadoras, al no contar con mayoría propia en el Parlamento, mucho menos luego de perder el apoyo de su aliado, el PSC, disconforme con el rumbo económico tripulado por el Fondo Monetario Internacional.

Pues bien, casi todos los gobiernos en ejercicio mantienen en el sur del continente latinoamericano muy bajos índices de popularidad, perdiendo ya no en cuentagotas sino en caudal desbocado el apoyo de los votantes, incluso de los que en algún momento fueran sus partidarios. Lasso contaba con un apoyo popular menor al 20% antes del “impeachment”, e inferior al 15% en los días previos al desenlace de la “doble matanza”. Y como secuela de esa pérdida de popularidad, surgió la visión de una oportunidad para sus opositores, notablemente Correa, el líder indígena Yaku Pérez y sus antiguos aliados del PSC.

A ese estado de cosas se sumó cierto descontrol de la vida ciudadana: pobreza, violencia en las calles y un avance sin interrupción del narcotráfico, que de aquel pasado de mero tránsito ha hecho ahora del Ecuador otro centro operativo a escala internacional.

La rebelión indígena en protesta por la no atención de sus reclamos (tierras y autonomía a la manera de sus similares chilenos) en un marco de violencia y sangre, precipitó los acontecimientos, es decir, el aislamiento de Lasso y su extrema debilidad.

Todo este conjunto de fenómenos retrotrae en su transcurso a los distintos acontecimientos regionales, donde aparecieron impeachment (Brasil); cese de la legislatura y llamado a elecciones (Perú en reiteradas oportunidades); protestas indígenas (Chile principalmente pero en casi todo el hemisferio sur); avance del narcotráfico como poder autónomo dentro del estado (originalmente Colombia, luego Venezuela, Perú y ya como amenaza Argentina, Chile, Brasil y Bolivia); casos de corrupción y confrontación de los ejecutivos con el poder judicial y alegatos de “lawfare” (persecución judicial orientada) por parte de los acusados (Argentina, Brasil, también en Ecuador) y sin agotar los temas, presidentes digitados por líderes partidarios aunque con rebeldías, enfrentamientos y resultados contradictorios según los casos, sea el ya citado de Ecuador con Lenín Moreno puesto por Correa, o bien Luis Arce con Evo Morales en Bolivia; Alberto y Cristina Fernández en Argentina; Luis Santos y Álvaro Uribe en Colombia; Luis Lula de Silva y Dilma Rousseff en Brasil, y el más reciente presidente electo, Santiago Peña, nominado por Horacio Cartés en Paraguay.

Pero, seguramente, el denominador común que no está ausente en casi ninguno de los casos individuales de la región, hecho ratificado por datos recientes de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), organismo dependiente de Naciones Unidas, es la pobreza creciente, un bajo ritmo de crecimiento y -lo agregamos nosotros- la sensación de frustración económica, que es la base del efecto pendular en las elecciones generales. Para ponerlo en una frase ya famosa, tomada de un asesor del ex presidente norteamericano Bill Clinton: “Es la economía, estúpido”.

UN NUEVO ESCENARIO

La Corte de Justicia de Ecuador no hizo lugar a los reclamos opositores, que consideraban que la cláusula constitucional de “doble matanza” no cabía en estas circunstancias por no existir ninguna situación de crisis, solo un problema personal del presidente, y ratificó la disolución del Parlamento y el llamado a elecciones generales.

Ahora por 90 días Lasso gobernará en soledad, aunque con el control judicial de sus decisiones, y bien poco es lo que podrá hacer en este lapso breve, mucho menos aspirar a una ratificación de su mandato en las elecciones generales, donde se elegirá primer mandatario y representantes en la legislatura por el período faltante del mandato interrumpido, menos de dos años.

Su previsible salida tras las elecciones generales, dada su baja popularidad, parece que será acompañada por el también pronosticado regreso del correísmo, es decir, del Parido Revolución Ciudadana, con algún candidato “títere” del todavía exilado Rafael Correa bajo el repetido alegato de lawfare.

Es por ello que la “doble matanza” ratificada por la justicia ecuatoriana parece dejar a todos contentos, a unos por tener una salida honorable, decidida por el voto popular sin tener que renunciar ni ser castigado en un impeachment, a otros por llegar nuevamente al poder tras un corto interregno, algo que de suceder también encontrará similitudes con otros casos de la región (Argentina, por ejemplo).

Esta vez, y para evitar sorpresas, la Revolución Ciudadana deberá acordar con el tercero en discordia, el movimiento indigenista que lidera Yaku Pérez y su partido Pachakutik, que en la elección de Lasso quedó fuera de la segunda vuelta por menos de un 1% de votos, más todavía cuando es previsible un nuevo reagrupamiento de los grupos de derecha moderada y también, posiblemente, con los de la derecha más extrema en cuanto la evaluación de Lasso sobre su candidatura lo lleve a abstenerse de su presentación. De hacerlo, habrá que recordar que los renunciamientos “históricos” a candidaturas cuando las encuestas no son favorables también tienen antecedentes en la región.

El primer problema a resolver por el correísmo, además de la cuestión de los pueblos originarios y su representación, es el candidato a presentar por la Revolución Ciudadana mientras rige la situación de condena judicial incumplida para el ex presidente y líder en el exilio, Rafael Correa. Esta vez no será un período de cuatro años como con Lenín Moreno, sino menos de la mitad, por lo que el dedo elector puede descansar con mayor tranquilidad que en el caso precedente.

Pero donde no habrá descanso es en el problema estructural regional, la necesidad del desarrollo para satisfacer las carencias y sacar a grandes grupos sociales de la pobreza y la indigencia. Las economías latinoamericanas, y muy en particular la de Ecuador, mantienen su fuerte dependencia de la exportación de materias primas, en este caso petróleo y bananas como símbolos de la escasez de procesos de valor agregado intra regionales. Y así como los gobiernos conservadores no pueden encontrar la llave de salida para resolver la contradicción entre los ajustes económicos para estabilizar y atraer capitales que inviertan en el desarrollo integral, los de tendencia progresista, también a veces confundidos con el populismo, no han sabido conjugar la mejora del bienestar con el progreso económico.

Solo los interregnos de precios altos para los productos primarios o de bajo grado de elaboración que constituyen la base de las exportaciones han dado a la región una apariencia de progreso, como sucedió en la primera década de este siglo, con mejoras transitorias que no llegaron a consolidarse. En algunos casos, es claro que ha habido despilfarro populista repartiendo sin pedir nada a cambio, y también filtración de recursos hacia la corrupción. Pero en otros se hizo más evidente que no ha habido una estrategia para una salida ordenada del modelo extractivista para aprovechar esas oportunidades de mejores precios, casualmente algo que ya se está volviendo a presentar en el horizonte, lamentablemente al influjo del drama de la guerra en Europa.

Poco importará quién gane y gobierne de no encontrarse esa salida al desarrollo con mejora del bienestar que compatibilice las urgencias del corto plazo con la estrategia de crecimiento a largo plazo, en un mundo capitalista pero exigente de un estado de bienestar.

Y a esta necesaria orientación del esfuerzo general se agrega el dilema de la confrontación entre potencias. China ha tenido una política clara de acercamiento a América Latina, notoriamente en materia comercial y con primeros atisbos en lo que hace a inversiones de largo plazo, mientras que los antiguos aliados de Europa y Estados Unidos solo han concedido préstamos y buenas palabras. Este concierto internacional también irresuelto será parte del destino de Ecuador y de la región.

 

Abogado, analista de Política Internacional y colaborador de la Fundación Alternativas.