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Willy Brandt (1913/1992): su legado internacionalista, europeísta y pacifista


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Hemos estado

demasiado combatidos por la muerte,

demasiado fatigados por tu sola

continua voz aciaga en los espejos.

Para no agradecer

la simple rama de la luz

que en tiempo de dolor florece.

José Ángel Valente. ‘Interior con figuras’

-I-

Hace treinta años (octubre 1992) que murió Willy Brandt. Han pasado muchas cosas y no todas buenas, ni mucho menos desde entonces. Conviene recordar algunos momentos, especialmente significativos, de su dilatada y fecunda biografía que contribuyeron a ‘romper el hielo del enfrentamiento de bloques’ y a propiciar un periodo de paz, presidido por la idea central de que el Estado del Bienestar era posible y de que el futuro más que una amenaza, si sabíamos jugar bien ‘las cartas que teníamos en la mano’, podía constituir la realización de un proyecto hermoso y solidario.

En sentido contrario, podían acabar imponiéndose tesis centrífugas que resucitaran fantasmas del pasado y que sumieran a Europa en la inestabilidad que hoy corremos el peligro de padecer.

El precio de no actuar con inteligencia es jugarnos el futuro a la ruleta, con el riesgo de que ‘la nueva política’ tire por la borda intentos meritorios y acarre una frustración generalizada, porque en ese juego enloquecido nadie gana y todos pierden.

Willy Brandt, cuyo verdadero nombre era Herbert Ernst Karl Frahm, fue un político y un estadista admirable por muchos conceptos. En este breve ensayo pretendo desgranar sus logros. De hecho, es una de las figuras más representativas y más influyente del siglo XX europeo. Por otro lado, creo que es de justicia ofrecer los rasgos sobresalientes de su carácter enérgico y configurar una breve semblanza. Quizás, porque la memoria es frágil y olvidadiza y parece que ya no nos acordamos de los errores del pasado.

Destacan entre sus logros, el hecho de que alcanzara, por sus méritos y su tesón puestos claves como el de Alcalde de Berlín, Canciller de la República Federal de Alemania o Presidente de la Internacional Socialista, entre otros cargos relevantes.

Decidido y tenaz antifascista en cuantas ocasiones tuvo, dio pasos firmes hacia una paz duradera y una Europa unida. Combatió en la Guerra Civil española apoyando a la República y para finalizar estos datos apresurados, me parece de justicia destacar que en 1971 le fue concedido el premio Nobel de la Paz.

El ‘modus operandi’ que seguiremos es el de combinar su vida política y pública con los rasgos de su carácter que lo ayudaron a convertirse en una figura de obligada referencia.

Comenzaré por señalar que nunca fue superficial. Por el contrario, era serio, reconcentrado y un tanto melancólico. Acostumbraba a sopesar largo tiempo, los pros y los contras antes de tomar la decisión que creía más ajustada. Sagaz e intuitivo comprendió –y obro en consecuencia- que hay que saber aprovechar los ciclos políticos favorables.

Creía con firmeza que en los periodos, que algunos califican de equívocos e inestables, es cuando hay que promover e impulsar los proyectos reformistas y transformadores de mayor calado. Tenía interiorizado, por experiencia propia, que de los sinsabores y de los reveses se aprende y que ante los riegos no hay que mostrar pusilanimidad, ni mucho menos, cobardía.

Como buen pensador entendía la importancia de los símbolos para concentrar en torno a ellos la acción política ajustándola, en la medida de lo posible, a los deseos. Radical en su juventud, se fue moderando sin abandonar nunca sus convicciones socialistas.

Su figura es notablemente poliédrica y supo desplegar conjuntamente inteligencia, valor y experiencia. En ocasiones señaladas sabia adoptar apuestas arriesgadas, no dudando embarcarse en proyectos minoritarios que los que lo rodeaban juzgaban peligrosos, prematuros y, quizás inalcanzables.

Despreciaba el travestismo político, la doblez y el oportunismo. Se atrevió a modernizar algunos de los viejos clichés de la socialdemocracia, intuyendo por dónde discurrirían los hechos debido al influjo de nuevas tendencias renovadoras y, hasta cierto punto, iconoclastas. Procuró adaptar su pensamiento a las inquietudes y expectativas, de lo que podríamos calificar como ‘nueva cultura democrática’. Fue marxista, mas de un marxismo heterodoxo y no dogmático. Puede decirse que en la mayoría de los casos acertó en los pronósticos. Cuando creía que era el momento de actuar, lo hacía con determinación.

Como político los tiempos que le correspondieron fueron difíciles –aunque es posible que ninguno sea fácil- Cuando ocupó, por ejemplo la alcaldía de Berlín, las relaciones entre los bloques eran particularmente tensas y conflictivas. Se vió obligado a vivir un momento significativamente amargo: la construcción del Muro de Berlín.

Por convicción democrática estuvo claramente en contra de cualquier tipo de totalitarismo, así en 1956 no dudó en expresar su oposición a la dura represión de la denominada ‘Revolución Húngara’, que llevó a cabo la Unión Soviética.

Otro aspecto, que no puedo dejar de comentar, es que ocupó la presidencia del SPD (partido socialdemócrata alemán), durante un dilatado periodo de tiempo y que durante esa presidencia, apoyó los esfuerzos de la oposición al franquismo por democratizar nuestro país.

Puede decirse que ‘apadrinó‘, en cierto modo, a Felipe González. Junto con Olaf Palme, fue uno de los políticos europeos que no dudó en condenar la represión franquista y en mostrar su solidaridad con quienes se movilizaban para modernizar y democratizar España. Algunas de estas acciones las llevaría a cabo cuando ya era canciller de Alemania Federal.

Un rasgo que no debe pasar inadvertido es que desde una época muy temprana se mostró partidario de la reunificación de Alemania. De hecho con su Neue Ostpolitik, entre otros aspectos de calado, trabajó incansablemente en tender puentes con Alemania Oriental y, a un tiempo en mejorar en la medida de lo posible, las relaciones con otros países vecinos del bloque del Este como Checoslovaquia y Polonia, tanteando así las posibilidades de un diálogo con la Unión Soviética y explorando los caminos que podrían ‘romper el hielo de la guerra fría’ y conducir a una paz duradera.

En política los gestos tienen importancia. A veces mucha. El suyo, en 1970, de la denominada ‘Genuflexión de Varsovia’ causó una cierta conmoción. Unos lo entendieron y aplaudieron en tanto que otros, lo interpretaron como una cesión. ¿Qué ocurrió? Willy Brandt se arrodilló ante el monumento a las víctimas del Gueto de Varsovia. Como se recordará ocurrió durante la ocupación de Polonia por las tropas hitlerianas. En el gueto judío se desencadenó una represión feroz, implacable y despiadada de la que hubo, muy pocos supervivientes. Unos murieron y otros fueron conducidos a campos de exterminio.

En la misma línea, hay que considerar los Tratados de Paz con la RDA, Polonia y Checoslovaquia. Algunos historiadores califican estos acuerdos como el final simbólico de la Segunda Guerra Mundial.

Hay que tener siempre presente su lema inteligente, ponderado y precursor de una nueva política para el continente, es decir, el denominado cambio a través del acercamiento. Frente a los duros e inmovilistas fue partidario de explorar vías diplomáticas, comerciales y económicas favorecedoras del cese de hostilidades de la ‘guerra fría’.

En lo estrictamente cultural, cabe señalar el nacimiento y el auge del antibelicismo, especialmente entre los jóvenes, que en los Campus Universitarios organizaron numerosas revueltas. En tanto que el prestigio de los EEUU se resquebrajaba, especialmente por la política agresiva, neoimperialista e invasiva que llevaban a cabo en Vietnam. Los jóvenes exigían reformas sociales y políticas que a esas alturas eran incompatibles con el sostenimiento de un estado de cosas propio de la ‘guerra fría’.

Willy Brandt que era capaz de mirar más allá y de sacar las consecuencias apropiadas de los vientos que soplaban, fue lanzando una serie de reformas sociales y políticas que le granjearon un notable apoyo entre los sectores progresistas de la República Federal.

Pensaba –y la reflexión es igualmente válida para hoy- que era el momento de aventurar más democracia. Este audaz proceder también le acarreó, como no podía ser menos, reticencias entre sectores que con anterioridad le habían venido apoyando.

Me parece significativo que las denominadas fuerzas de la cultura: intelectuales, escritores, actores y cualificados representantes del mundo universitario, no vacilaron –incluso en los momentos más complicados- en prestarle su apoyo. Señalemos tan solo a Günter Grass, Walter Jens, que tenía el convencimiento moral de que los intelectuales debían comprometerse en los acontecimientos políticos de su tiempo, así como otros filósofos y relevantes pensadores. No obstante, en quienes calaron más hondo sus medidas reformistas e igualitarias, fue entre los más jóvenes.

Hechos como estos, motivaron reacciones de los sectores más conservadores y del CDU/CSU. Los momentos brillantes tras un tiempo fueron declinando, especialmente a causa de la guerra del petróleo.

Willy Brandt derrochó energía, optimismo y confianza en el futuro. Sólo pudo cumplir parcialmente su proyecto político, mas mereció la pena. Marcó un camino y unas pautas que, pertenecen más al futuro que al presente y, que en buena medida, sería deseable seguir explorando y restableciendo los vínculos rotos.

Los miedos e inseguridades son generadores de incertidumbre. Por eso, quienes se sienten con fuerzas para diseñar un futuro sostenible buscan ante todo, estabilidad.

Afirmar que las crisis no son coyunturales sino estructurales y que no se puede hacer nada al respecto, es tanto como arrojar la toalla. Los efectos más negativos de cómo se ha llevado, hasta la fecha, la globalización ocasiona que ‘los poderes sin rostro’ sean los que dominan la nueva geopolítica por encima de los gobiernos elegidos democráticamente. Paralelamente cientos de miles, millones de personas se ven privadas de influir con su voto en la marcha de los acontecimientos. Llegados a este punto quizás convenga recordar que los excluidos y marginados de toda condición –que por otra parte no hacen más que crecer- no son libres de tomar ni siquiera aquellas decisiones que afectan a sus precarias condiciones de existencia.

Willy Brandt en varios momentos de su vida política articuló una respuesta convincente a preguntas que se hacía insistentemente ¿contra qué hay que rebelarse? Siempre tuvo confianza en el proyecto que fue modulando pero que respondía a unos mismos ejes y a unas mismas coordenadas. Un proyecto genuinamente socialdemócrata, que mediante una fiscalidad progresiva, aspiraba a conjugar adecuadamente libertad con igualdad.

Tenía, entre ceja y ceja, contribuir a sentar las bases para un equilibrio europeo. En modo alguno era temerario, mas estaba convencido de que los momentos de crisis son los más adecuados para hacer virar el rumbo de los acontecimientos, tomando decisiones que algunos consideran necesarias pero que no se atreven a adoptar. Con actitudes valientes se ha logrado, en no pocas ocasiones, convertir lo inestable en transitable. Estas y otras razones nos hacen mirar, con detenimiento y admiración no solo la trayectoria política de Willy Brandt, sino especialmente su legado.

Sus enemigos –internos y externos- fueron muchos y poderosos. Sufrió ataques despiadados, descalificaciones y obscuras maquinaciones como el denominado ‘asunto Guillaume’. Este caso de espionaje, protagonizado por un espía de la Alemania del Este, infiltrado en el círculo de confianza de Brandt, precipitó su caída como Canciller que algunos llevaban años intentando lograr. Una pregunta como muchas veces en la historia, queda flotando en el ambiente ¿a quién favoreció su caída? Es perfectamente posible que esté en relación directa con quienes urdieron la trama. Una persona de una sobriedad contrastada y dotada de un espíritu estoico no fue inmune a la ‘cacería’ que se organizó contra él y, que momentáneamente, le sumió en más de una depresión.

Hay políticos que cuando abandonan la jefatura del gobierno o la cancillería, como fue su caso, pasan a la reserva o como se ha comentado, en diversas ocasiones, son considerados poco más que un ‘jarrón chino’. No fue en modo alguno su caso. Conservó su condición de diputado del Bundestag, así como la presidencia del SPD. Es más, en consonancia con su incuestionable europeísmo, fue parlamentario europeo en un momento en el que hubieron de tomarse algunas decisiones transcendentes.

En una próxima entrega, nos centraremos en su dimensión internacionalista que llevó a cabo, fundamentalmente, cuando ostentó la presidencia de la Internacional Socialista.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid.

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