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Está en nuestras manos

Estas elecciones son diferentes a todas las demás. Decir esto es de perogrullo, y casi sería posible intentar encajar esta afirmación en todos los comicios. Al menos, últimamente las elecciones generales han venido siendo una montaña rusa: desde aquellas en las que el 11M hizo cambiar el rumbo de manera estrepitosa y que dieron la victoria al por entonces “bambi” de Zapatero, pasando por las que tuvo que adelantar el Psoe convocándonos a todos aquel 20N, para después ver cómo la derecha se instalaba cómodamente y se ponía a recortar sin piedad con la excusa de lo que llamaron “crisis” y en realidad era el desmantelamiento encubierto del Estado de Bienestar.

Los socialistas

Los socialistas parten de un principio fundamental que tiene que ver con la importancia de la vocación política. Los socialistas pertenecen al universo de la izquierda donde se cree que la política es el instrumento de transformación más importante de la realidad. Por eso, lucharon en el pasado por el sufragio universal, y la democratización del sistema político y, por eso, cuando accedieron al poder, en sus distintos niveles, emprendieron ambiciosas políticas reformistas, sin la tentación totalitaria que podía ser más propia de otras izquierdas. El socialismo democrático siempre ha reivindicado el genuino concepto de reformismo frente a la confusión promovida por las derechas que disfrazan sus ataques al Estado del Bienestar y a las libertades reales con el uso de ese término.

Es hora de votar

Hemos vivido una campaña electoral llena de mentiras, medias verdades, desmentidos,… que ocultan el fondo de las cuestiones que afectan e importan a las personas, y que parecen que persiguen desanimar a la gente para que no participen en las elecciones. La mejor manera de acabar con ello es, precisamente, ir a votar. Ningún trabajador y ninguna trabajadora debería quedarse en casa ante este reto.

Civilización versus Barbarie

En estos días de campaña se me ocurrió poner unas frases en una de las redes sociales sobre las elecciones en las que realizaba un llamamiento para votar, y aludía a la dicotomía entre civilización y barbarie. Un conocido, una persona sabia del gremio de los historiadores, después de decir que votaría me reprendió por lo que había escrito afeándome que fuera tan exagerado. En principio, no dejaba de tener cierta razón, y más porque conviene rebajar esos tonos tan exaltados que estamos viviendo y, sobre todo, padeciendo. Pero luego se pone uno a reflexionar, y termina dándose cuenta que la barbarie sí se ha adueñado de esta campaña donde escuchamos mensajes que no recordábamos o que se habían quedado en la marginalidad allá en los inicios de la Transición, mientras que algunos son hasta novedosos, habida cuenta de la expansión del populismo extremista de raíz norteamericana y de otros países europeos. Y no sólo se emiten esos mensajes, también estamos viendo unas formas de expresarse, de atacar al contrincante y hasta de mentir que se acercan, lo siento mucho, insisto, a la barbarie.

Una campaña extraña

Toda campaña política tiene su alma y su armario, sus protagonistas y su público, cifrado en los candidatos y sus equipos , sus militantes y simpatizantes, su metodología , sus programas y promesas, sus estrategias y por qué no decirlo sus imprevistos a los que hay que saber darle respuesta con prontitud y acierto.

¿Y ahora qué?

Hay algunas organizaciones económicas internacionales de las que uno, generalmente, espera pocas sorpresas, pero hace unos cuantos días me sorprendió leer que la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico que agrupa a una treintena de países, entre los que se encuentra el nuestro) instaba a los gobiernos a actuar para defender a una clase media en recesión y con dificultades.

¿De verdad queremos?

El 28-A vamos a decidir si a las mujeres se les van a respetar sus derechos o van a regresar a un pasado en blanco y negro y a ser tratadas como seres de segunda categoría. Recuerden aquella afirmación de Pablo Casado cuando dijo que había que explicarles bien a las mujeres lo que llevaban dentro cuando se quedaban embarazadas.

Hay otras Españas de la época moderna en la memoria

Vivimos una época de renovado hipernacionalismo español, rescatando hechos y momentos, supuestamente gloriosos, de la “Historia patria”, eso sí, con interpretaciones interesadas y, generalmente, poco o muy relativamente acordes con lo que realmente ocurrió o significaron en su momento. Una de las razones de esto tiene que ver con la reacción ante el fundamentalismo nacionalista catalán, otra fábrica de hacer Historia desde el agravio permanente, que busca rescatar una Cataluña añorada que no existió realmente nunca. En el primer caso, tenemos el relanzamiento, como hace el candidato Casado, del concepto de Hispanidad como la mayor gesta realizada por el hombre, en un ejercicio hiperbólico que refleja el sempiterno complejo de inferioridad del nacionalismo español frente a los de otros países. En el segundo caso tenemos esa mitificación de una Cataluña supuestamente arcádica previa a 1714 cuando Felipe V terminó con sus leyes, costumbres e instituciones. Pero la Hispanidad es un concepto político fabricado desde posiciones muy ultras de nuestro pasado contemporáneo, y nada tiene que ver con la realidad de la conquista y colonización castellanas (que no españolas, o al menos no hasta el siglo XVIII) de América, y la Cataluña de 1714 era una sociedad estamental, profundamente desigual, como lo eran el resto de sociedades del Antiguo Régimen occidental.

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