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Fort Sumner y las tres tumbas de Billy the Kid


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

Hágame caso: si no se le ha perdido nada por allí, no se tome la molestia de llegar hasta Fort Sumner, Nuevo México, salvo que, como me ocurría a mí cuando viajaba desde California hacia Oklahoma, disponga de tiempo para ir a visitar la tumba de uno de esos mitos de infancia y adolescencia que fue Billy the Kid. De pequeños, armados con aquellos enormes revólveres de baquelita, todos quisimos el hombre que disparaba más rápido que su sombra. La ley del más rápido se convirtió en una forma de la verdad, en una manera de medir a los hombres.

Pernocté en un falso tipi de concreto de esa apoteosis vintage que es el Wigwam Motel de Holbrook, la capital en Arizona de la renacida Ruta 66, una especie de Camino de Santiago para colgados, nostálgicos, friquis y turistas que, como en Crónicas de Motel, te permite vagar sin ningún destino.

Desayuné en un Dennys, otro icono de las carreteras estadounidenses, monté en mi Ford de alquiler, puse la banda sonora que Bob Dylan compuso para Pat Garrett y Billy the Kid y enfilé hacia el este, hacia Santa Rosa. Crucé el Pecos y, siguiendo la orilla derecha por la carretera 84, recorrí los noventa kilómetros que me separaban de Fort Sumner. Ni un pueblo, ni un restaurante, ni una patrulla de carreteras. Salvo la Nada, nada hasta Fort Sumner.

En la entrada, una placa histórica me puso al día de lo único que este pueblo desolado de apenas mil habitantes puede ofrecer: las tumbas de Billy the Kid, que murió allí (dicen) el 14 de julio de 1881. La historia de la corta vida y la violenta muerte de Billy a manos del sheriff Pat Garrett es bien conocida, así que me abstengo de aburrirles.

Aparqué y me dispuse a caminar por las polvorientas calles de este Comala gringo. Lo primero que se me puso a tiro es un contrachapado de madera en el que, con letras amarillas, pone: SEE BILLY THE KID'S REAL GRAVE (VEA LA AUTÉNTICA TUMBA DE BILLY EL NIÑO). Justo enfrente, otro letrero rezaba: BILLY THE KID MUSEUM (encima, con letras más pequeñas, los propietarios aseguran: «Salimos en ABC Prime Time Live»). El turista, alertado por Internet, sabe que los dos letreros son como Garrett y Billy: luchan por sobrevivir. Un tercer cartel, puesto por la cámara de comercio local (¿habrá algún pueblo de Estados Unidos que no tenga una?), intenta poner paz: «Tenemos al Niño ... y mucho más». Lo pongo en duda.

Con sus maniquíes deteriorados de Billy y el sheriff Garrett metidos en cajas de vidrio de invernadero, el Billy the Kid Museum, que presume de tener unos aseos limpios, ha estado en allí desde la década de 1950 así que ha dispuesto de más de medio siglo para acumular estratos de mugre y polvo. Una ternera con ocho patas, otra con dos cabezas que parecen cosidas por un taxidermista ebrio, piezas de artillería de la Primera Guerra Mundial, arados, sillas de barbero, máquinas de escribir, planchas de imprenta, billetes extranjeros, una Barbie de 1962, un Ken de 1965, un termo de 1908 y otra colección de artefactos vetustos y polvorientos constituyen la panoplia expositora del abigarrado museo. Del techo, como ahorcados, cuelgan varios retratos de Billy the Kid.

Preparado para lo peor, el visitante, a esas alturas cubierto ya de ácaros y zigzagueando entre decenas de pececillos de plata mientras es observado por cucarachas ocultas entre los desportillados anaqueles, está listo para entrar en la catedral de la fama del museo: la Billy the Kid Room. Suponiendo, que ya es suponer, que no sean un camelo, allí exponen el rifle del Kid con su funda y todo, un mechón de su cabello (sí, como en la canción de Adamo) y un pedrusco de su guarida de Stinking Springs, un lugar que por su nombre debía apestar bastante. El nombre de Billy está tallado en la roca junto con las iniciales de otros, como si fuera una vieja mesa de un picnic público. Una cortina yace comprimida detrás de un vidrio grande. En el vidrio reza: «¡Esta cortina colgó en la puerta donde mataron al Niño!».

Afuera, a la intemperie, están las tumbas (putativas, con perdón) de Billy y dos de sus amigos rodeados por una cerca de mallazo gallinero. En la parte trasera, una gran lápida proclama PALS (colegas). Encima de ella, dice "Réplica". La señora de la tienda de regalos del museo, pelo blanco, algo de chepa y amabilidad a raudales, me dice que el dueño original del museo, un tal míster Sweet, tuvo que construir la réplica porque la auténtica, la del cementerio local, estaba muy deteriorada. Para no hurgar en la herida, simulo que me trago el anzuelo. Luego, se asegura de que sepa que, aunque me insistan en ello, el museo que al otro lado de la calle dice tener la verdadera tumba no es un monumento oficial.

La tumba “oficial”, la “auténtica”, está en un viejo y minúsculo cementerio detrás del Museo Old Fort Sumner. En el museo, custodiado por un tipo calvo y gordo con todo el aspecto de ser un Ángel del Infierno jubilado, custodian las cartas que, solicitándole la amnistía, dirigió el Niño al gobernador Lew Wallace (sí, el mismo, el autor de Ben-Hur, fotos de prensa de varios pistoleros, carteles de recompensa, el informe de la autopsia de Billy en inglés y en español (el español, macarrónico; el inglés algo mejor), y la historia del Niño contada en catorce estampas perpetradas, más que pintadas, por el “artista” Howard Suttle. Indescriptible.

Como el primer museo había agotado mi deseo de ver artefactos mugrientos, rápidamente salí de aquel templo de la cochambre para ver la auténtica tumba. Antes de entrar al patio, una nube de moscas intentó cebarse en mi persona. Superado el obstáculo a gorrazos y con no pocos aspavientos, apareció uno nuevo: una jaula de forja maciza.

¿A qué se debe que la tumba esté enjaulada como lo estaban los animales de la vieja Casa de Fieras del Retiro? Resulta que la verdadera lápida había sido robada un par de veces, la primera en 1950. Permaneció desaparecida durante 26 años, antes de ser encontrada en Granbury, Tejas (una ciudad que se hizo famosa por las tumbas de forajidos, todas ellas robadas o falsificadas). De allí se esfumó no se sabe cómo en 1981, para, después de recorrer dos mil kilómetros, reaparecer como por ensalmo en Huntington Beach, California, desde donde fue traída por las autoridades estatales.

Un tropel de monedas, (casi todas de 25 centavos) salpican las tumbas. A pesar de tratarse de un camposanto liliputiense, de un Sleepy Hollow de bolsillo, no se sabe cuál era el lugar exacto del sepulcro de Billy. Poco después de su muerte, una tromba de agua se llevó por delante el cementerio y sus cruces de madera. La tumba actual es sólo una suposición. La lápida otra que tal baila: fue esculpida en 1940 y donada a la ciudad.

Repuesto de tantas y tan prodigiosas maravillas, me siento en un restaurante (el único, debería decir) a reponer fuerzas. El encargado, un tejano de libro que parece haberse untado el pelo con un galón de betún, es un iconoclasta resentido. Me informa de que la auténtica tumba de Billy no está allí, sino en el cementerio de su pueblo, Hamilton, Texas, donde reposan los restos de un tal William "Brushy Bill" Roberts, que tuvo la humorada de esperar hasta el momento de su muerte en 1950 para decir que él era el verdadero Billy the Kid y que, no hace falta decirlo, Pat Garrett se había llevado la recompensa por la cara.

Hamilton está a 800 kilómetros de aquí y como ya he tenido demasiadas emociones por hoy, retomo la I-40 y entre camiones gigantes como los de Infierno sobre ruedas, enfilo para dormir en Oklahoma. En el Best Western de Oklahoma City, en animado soliloquio con Jack Daniels, el viajero se da cuenta de que, como la tumba de Billy, la América esencial, esa entelequia que parecía dormir una siesta tranquila y satisfecha, en realidad no existe.

A quinientos kilómetros de aquí, en Fort Sill, Nuevo México, descansan los restos de otro icono norteamericano, Gerónimo, que espero ver mañana. Pero esa es una historia para otro día.

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.

 

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