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De paseo por Atlanta: Midtown, Decatur y Buckhead (negros y blancos)


De nuevo quería comprobar eso de que en la mayoría de los estados de USA, el transporte público es para los negros. Línea 36. De Midtown a Decatur (Atlanta, Georgia).

Yo, pegada al poste que señala la parada del bus. Y si digo pegada es porque no corría el aire entre mi cuerpo y el soporte que marca justo donde uno se tiene que colocar si quieres que pare ese medio de locomoción. Y muy madrileña, atisbo el número y empiezo a relajar el rictus labial: vamos, que me pongo a sonreír moviendo mi mano derecha suavemente hacia arriba y hacia abajo para que se detenga. Aquí no se hace eso pero parece que no lo han interpretado mal. Subo y no me corrigen el saludo: parece que sí, que era “gudmornin” lo que había que decir a las 12.35 del mediodía.

Y con mis moneditas (dos dólares and a half) en la mano, miro con cara de guiri apenada a la choferesa, negra, sobre su asiento sujeta a un cinturón de seguridad. Cara de pena porque le abro mi mano y le enseño el dinero sin saber qué hacer con él: creo que me ha dicho por dónde introducir las coins; pero ahí ha empezado un baile de mete saca, adentro y fuera por la ranura…parece ser que la máquina no enganchaba y escupía mis monedas. Y yo pidiendo perdón y diciéndole que tenía mucha paciencia conmigo: sí, en inglés, macarrónico, pero sin dejar de sonreír. Me duelen los cartílagos faciales. Pero ella que se las prometía muy felices con sus uñas extralarge, ganchudas y pintadas de azul brillante, ha desistido y me ha dejado viajar gratis, no sin antes aconsejarme que me sentara con cuidado.

Ah! porque aquí no hay tique, no (pero todos sabemos que en España el tique es el seguro por daños civiles que se puedan producir en el trayecto). Le acompañaba una revisora también negra y con el pelo fucsia.

Y va y me fijo: somos 8 pasajeros negros y yo blanca (lo de rubia lo dejo porque a este paso voy a parecer que llevo mechas californianas del abandono capilar). Negros. Con pantalones muy anchos, zapatillas costrosas y sudaderas que disimulan forma y figura: eso sí, con la capucha calada hasta el apéndice nasal. Se van bajando por la puerta que mejor les viene y nos desean buen día. Por el camino me doy cuenta de las casas: de piedra, ladrillo y teja. Gente pudiente las habita.

El trayecto, muy lento y con el aire condicionado a punto de crionizarnos.

Tras llegar a mi parada, la conductora me avisa de que debo bajarme y entablo una breve conversación con ella y hasta me atrevo a decirle que es una gran experta al volante, que en España conducen muy rápido y que tenga “naisdei”…

…A Buckhead se llega en coche, siempre recto a paso de tortuga cuidando no pisar ni rayas en el pavimento ni tocar la bocina: es de muy mal tono, así que hay que esperar o incluso adivinar qué va a hacer el coche (Lexus, BMW y Audi…) de al lado, porque el transeúnte (escaso) , obediente como nadie, espera la señal y no se la salta, no, aguarda a que la mano de “alto, ar”…cambie de posición y permita atravesar una avenida muy ordenada: cuadrada llena de “cuadras” o bloques. Forma de medir la distancia en estos lares. Un bosque de edificios altos llenos de hierro y hormigón se alza en pleno distrito financiero: ruido de obras, camiones y grúas y los eternos cables casi a ras del suelo que impiden sacar una foto en altura y en condiciones.

Me doy cuenta de que estoy sola…bueno, casi. Los aparcacoches de las grandes tiendas, todos negros, esperan a sus primeras clientas, blancas y apergaminadas que entran a Jimmy Choo, Toods o Hermès. Vigilantes, negras, caminan por la zona y cruzan a paso quedo las calles que configuran el damero del shopping más exclusivo de la ciudad. Me fijo que barren las calles: pero, ¡¡¡si se podría comer en ellas!!! No hay ni la más leve mota de suciedad…y son latinos quienes manejan pala y escoba (el escalafón más bajo del estado) quienes se afanan en sacar brillo al enlosado.

Me siento entre los edificios de oficinas y empiezan a salir ejecutivos, más hombres que féminas y caucásicos, claro. La negritud en esta área brilla por su ausencia…acabo de caer: los negros son los obreros que arrastran carretillas y manejan las hormigoneras de esas palmeras de acero y cristal en proceso de hechura.

Y hasta aquí.

Doctora en Ciencias de la Educación, Licenciada en Filología Hispánica y Diplomada en Filología francesa. Actualmente Profesora de Lengua Española en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid) donde ha desarrollado distintas responsabilidades de gestión.

Ha impartido cursos de doctorado y Máster en Didáctica de Segundas Lenguas en la Escuela Diplomática del Ministerio de Asuntos Exteriores de España y en universidades extranjeras, entre otras: Wharton College, en la School of Law de Seattle University, Université de Strasbourg, y desde 2002, es profesora invitada en la Copenhagen Bussiness School de Dinamarca, en el Tecnológico de Monterrey (México), en la UNAM de DF (México) y en la Universidad de Ginebra (Suiza). Forma parte del claustro de la Universidad de Maroua en Camerún.

Destacan entre sus publicaciones, Con eñe, Lengua y Cultura españolas; Cuadernos didácticos para el guión de cine (C.D.G.); En el aula de Lengua y Cultura; Idea y redacción: Taller de escritura, y ediciones críticas de diferentes obras literarias enfocadas a la enseñanza: La tesis de Nancy, El conde Lucanor, Romancero, Fuenteovejuna…

Asiste como ponente invitada a congresos internacionales, entre los que destaca el último celebrado en La Habana sobre Lingüística y Literatura. Ha participado en la Comisión para la Modernización del lenguaje jurídico del Ministerio de Justicia y en diferentes Jornadas de Innovación docente. Dicta conferencias y publica artículos sobre la interconexión lingüística en traducción.

Su investigación se centra en la metodología de la enseñanza del español (lenguaje para fines específicos) y análisis del discurso.

Actualmente coordina el proyecto de investigación Violencia y Magia en el cuento infantil y forma parte del programa Aglaya sobre la investigación en mitocrítica cultural.

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