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Actualizado 2:06 PM CEST, Apr 21, 2018
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El lerrouxismo, un populismo perverso o un muro político contra el catalanismo

La Historia de Catalunya es algo mucho más real y concreto que el conjunto de mitos, manipulaciones, medias verdades y mentiras completas a las que nos han acostumbrado los aparatos difusores de la ideología catalanista. Y sin embargo, en muchos casos esa visión interesada se ha acabado imponiendo no solo a la siempre maltratada verdad histórica científica, sino incluso a las versiones historiográficas de quienes siendo adversarios ideológicos y políticos del catalanismo han terminado por adoptar su visión sobre hechos históricos determinados.

Uno de los episodios de la historia del país en cuya condena coinciden sin ambages los epígonos intelectuales del catalanismo en todas sus versiones, desde el regionalismo más tibio hasta la radicalidad secesionista más enragé, es aquel que gira en torno al lerrouxismo, un movimiento político republicano con características muy específicas, en cuya valoración negativa coinciden además de modo acrítico y a priori sorprendente gentes nada sospechosas de afinidad con el nacionalismo catalán. Ocurre que el lerrouxismo fue durante el primer tercio del siglo XX un verdadero grano en el trasero de la política española, y de modo muy especial de la catalana. Derechas e izquierdas, partidos burgueses y obreros, monárquicos y republicanos, lo rechazaron por igual ya que todos se sentían con razón perjudicados por él, si bien por motivos diferentes como es natural. Su interpretación no es fácil, aunque hay pistas sobradas que permiten un abordaje del problema de modo objetivo.

En primer lugar, hay que poner de relieve que si bien como movimiento político de largo recorrido resulta indiscutible que esta propuesta se articuló de modo férreo en torno a la figura del político cordobés Alejandro Lerroux, y ello durante más de tres décadas, no es menos cierto que a su alrededor se agruparon sobre todo en sus inicios tendencias muy variadas y hasta contradictorias, que rebasaban la propia figura del creador y caudillo. Entre esas tendencias destacaban con fuerza las conectadas con bases populares, muy radicalizadas en su deseo de intervenir en la política catalana y española en un sentido de cambio social y político: bajo esa bandera democratizadora se agrupaban viejos militantes descontentos del republicanismo histórico, seguidores del anticlericalismo urbano más combativo, antiguos libertarios politizados y otros integrantes del movimiento obrero, y en general, gentes identificadas con movimientos de protesta y contestación social. Estos “grupos de afinidad” con niveles muy diversos de organización se estructuraron en un partido unificado (el Partido Republicano Radical, el PRR), que dotó a su líder, Lerroux, de la plataforma política desde la que actuó entre los primeros años del siglo XX y el inicio de la Guerra Civil.

El terreno para el lerrouxismo estaba abonado desde hacía años gracias a la incipiente industrialización de Catalunya y sobre todo de Barcelona y su entorno inmediato, que eclosionó a partir de la Exposición Universal de 1.888 provocando una gran ola migratoria del mundo rural hacia la capital catalana, caldo de cultivo ideal para manifestaciones de rebeldía social que irían cuajando en los años a caballo entre un siglo y otro, dadas las penosas condiciones de vida a las que se veían sometidas las clases trabajadoras. Barcelona se convirtió así en referente revolucionario europeo, ganándose apelativos internacionales como la Ciudad de las Barricadas (F. Engels), la Rosa de Fuego y la Ciudad de las Bombas.

Frente a ese empuje obrero y popular, el régimen de la Restauración respondió con el incremento de la represión contra los contestatarios al tiempo que se embarcaba en aventuras imperiales de saldo (Marruecos), y potenciaba una idea de España folklórica y tóxica, ferozmente reaccionaria en formas y fondos. Paralelamente, la crisis del 98 había abierto muchos interrogantes en las élites de las burguesías periféricas, que empezaron a plantearse abiertamente acerca de si les merecía la pena seguir “invirtiendo en España” o mejor se aprestaban a tomar para sí el control total de sus territorios, antes de que las clases trabajadoras desencadenaran en cada uno de ellos revoluciones sociales que se llevaran por delante la hegemonía y el dominio de las élites vascas y catalanas. En Catalunya, y en Barcelona sobre todo, ese sentimiento de vivir momentos prerrevolucionarios era muy intenso. Ángel Ossorio y Gallardo, gobernador civil de Barcelona, escribió tras los sucesos de la llamada Semana Trágica (1.909): En Barcelona, la revolución no se prepara, por la sencilla razón de que está preparada siempre.

El lerrouxismo vino a dar carta de naturaleza política a esa protesta ciudadana que ascendía desde las clases bajas. Los adherentes al movimiento eran trabajadores y pequeños burgueses, pero también comerciantes, profesionales liberales y hasta rentistas. Las reivindicaciones lerrouxistas tenían orígenes diversos y en general apuntaban hacia la modernización del país, a veces con tintes de gran moderación burguesa. No eran descabelladas en absoluto, lo que contrastaba vivamente con un discurso verbal a menudo incendiario y dirigido contra los poderosos. Por otra parte, y contra la leyenda fabricada por los catalanistas, una parte importante de los adherentes al lerrouxismo eran de origen catalán (1) aunque los grupos más conocidos, articulados en torno a los Jóvenes Bárbaros, una especie de federación de grupos de acción juveniles lerrouxistas, estuvieran formados por emigrantes organizados por comunidades de origen. Uno de los más potentes y longevos de estos grupos fue el Centro de la Juventud Republicana Aragonesa, liderado por los hermanos Ulled Altimir. Los choques armados entre estos grupos y los catalanistas fueron continuos y sangrientos, sobre todo durante el período en que funcionó Solidaritat Catalana (agrupación electoral de los partidos catalanistas que abarcó desde el carlismo a los republicanos secesionistas).

En esos años los carlistas actuaban, al igual que sus homólogos del País Vasco, como fuerza de choque de los catalanistas atacando a tiros mítines obreros y perpetrando atentados individuales contra trabajadores sindicados o republicanos lerrouxistas como Rafael Ulled y Fulgencio Clavería. En represalia por las acciones del pistolerismo carlista-catalanista, como la matanza de lerrouxistas mediante emboscada perpetrada en la estación de Sant Feliu de Llobregat a la salida de un mitin radical en 1911, los jóvenes radicales por su parte llegaron a acciones de tanto impacto como el asalto de la plaza de toros de Barcelona durante un mitin carlista (ataque tras el cual la policía recogió centenares de cartuchos de bala, y en el que milagrosamente no hubo ningún muerto), o el intento de matar a tiros a Cambó y Salmerón en el barrio de Hostafranchs en venganza por el asesinato de Fulgencio Clavería (casi lo consiguieron: Cambó quedó gravemente herido). Aunque la violencia era generalizada y responsabilidad de todos, incluidas las autoridades, la propaganda catalanista pintaba a los lerrouxistas como fieras llenas de odio y sedientas de sangre que no se paraban ante nada. Tras la Semana Trágica se les responsabilizó de incitar y organizar los incendios de edificios religiosos (cierto papel en algunas de esas acciones sí parece que tuvieron personajes como los hermanos Ulled), y sobre todo de haber organizado la huelga general y posterior revuelta popular en la ciudad, lo cual era absolutamente falso. El papel político jugado por los lerrouxistas en esta casi revolución fue en realidad prácticamente nulo, y sus líderes rehuyeron desde el primer momento cuantas ofertas se les hizo de encabezar el movimiento, a veces adoptando actitudes tan ridículas y cobardes como las del concejal y hombre de confianza de Lerroux en Barcelona, Emiliano iglesias.

A Lerroux mismo se le insultaba en la prensa “seria” y en la satírica catalanista diciendo de él que cobraba como agente provocador al servicio de la policía española. Lo cierto es que Lerroux tuvo siempre buenos contactos en el Ejército, cuyos oficiales apreciaban el patriotismo españolista de los radicales lerrouxistas, pero no existe la menor prueba documental de que trabajara nunca como confidente o agitador policial. Se decía también que el llamado “Emperador del Paralelo” (le llamaban así por ser entonces esta zona de la ciudad la de mayor concentración de población obrera en toda Catalunya), venía a Barcelona en tren desde Madrid a todo lujo y ocupando vagón de primera clase, y que antes de llegar a la estación barcelonesa se cambiaba de ropa y se dirigía a un vagón de tercera para, al llegar, fingir un perfil popular del que carecía. Infundios semejantes con la misma intención difamatoria se decían en Madrid de Pablo Iglesias, el dirigente socialista, a quien el diario católico integrista “El Debate” atribuía sin fundamento alguno acudir a Las Cortes enfundado en un abrigo de pieles.

Entre 1910 y 1936, el Partido Republicano Radical de Lerroux mantuvo una fuerte representación política en el Ayuntamiento de Barcelona, y su presencia y peso en la política catalana en general y barcelonesa en particular fueron considerables. En todo ese tiempo y ya desde el momento mismo de la escisión del movimiento republicano local entre españolistas (lerrouxistas) y catalanistas, producida a principios del siglo XX, el PRR se convirtió en un duro obstáculo a los intentos de crecimiento del catalanismo entre las masas trabajadoras politizadas, de ahí la enemiga de los catalanistas a los de Lerroux.

Una parte considerable de los trabajadores catalanes sin embargo optaron por el anarquismo, y por tanto por el apoliticismo. De todos modos, la frontera entre anarquismo y lerrouxismo fue siempre muy porosa: si en los comienzos del Partido Radical muchos trabajadores de ideología libertaria votaron sus candidaturas atraídos entre otros factores, por su anticlericalismo, su reivindicación de lo español y por el orgullo de clase que manifestaban los lerrouxistas, con el tiempo el trasvase inverso de antiguos radicales al movimiento libertario fue creciendo a medida que el partido se moderaba en sus formas y programas y sus votantes afluían de modo creciente desde las clases medias. Ya en los años de la Segunda República, el PRR era un partido de derechas de la época arquetípico, inmerso en escándalos monumentales que mezclaban el dinero y las faldas. Lo curioso del caso es que en Barcelona lo seguían conduciendo los mismos hombres (los hermanos Ulled, Guerra del Río, Durany i Bellera..), aquellos jóvenes inmigrantes del campo español o catalán que 25 años antes paseaban por La Rambla con una pistola o una navaja en el bolsillo convertidos ahora en burgueses bienestantes e integrados socialmente. Tan integrados estaban, que las relaciones de líderes radicales como Jesús Ulled con el establishment catalanista encabezado por el president Francesc Macià eran hasta afectuosas, según se desprende de las invitaciones a homenajes que intercambiaron durante los años iniciales de la Segunda República. La crisis de 1934 acabó con esa paz, y el enfrentamiento entre catalanistas y lerrouxistas reverdeció en toda su crudeza en vísperas de la Guerra Civil.

(1) Por ejemplo, entre los concejales radicales elegidos por el Distrito IX de Barcelona (Distrito que mezclaba clases medias y obreras) entre 1900 y 1922, encontramos políticos del PRR de origen autóctono como Francesc Sans Cabré, Pere Corominas, Ramon Font e Ignasi Navés, además de Josep A. Mir i Miró, dirigente radical de larga trayectoria y gran influencia en el partido.

Bibliografía mínima:

El Emperador del Paralelo: Lerroux y la demagogia populista, de José Álvarez Junco. RBA Ediciones.

El republicanismo en España (1830-1977), de Nigel Towson. Ed. Alianza Universidad.

Catalanisme i revolució burguesa, de Jordi Solé Tura. El Viejo Topo (hay edición en castellano)

Ni tan jóvenes, ni tan bárbaros, artículo de Joan B. Culla. Revista Ayer, núm.59. CSIC.

Joaquim Pisa

Escritor. Ha publicado varios libros sobre literatura de viajes, investigación en historia local y memoria colectiva contemporánea. Algunos de sus títulos son “Un castillo en la niebla.Tras las huellas del deportado Mariano Carilla Albalá” (sobre la deportación de republicanos españoles a los campos de exterminio nazis), “Las cenizas del sueño eterno. Lanaja, 1936-1948. Guerra, postguerra y represión franquista en el Aragón rural” (sobre la represión franquista), y la novela “El cierzo y las luces” (sobre la Ilustración y el siglo XVIII).

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