Cuarenta y ocho horas... Y 196 días después

  • Escrito por Patricia de Arce
  • Publicado en Nacional

El pacto que hoy han firmado Pedro Sánchez y Pablo Iglesias puede que haya batido algún récord por firmarse dos días después de la cita con las urnas, pero pasará a la historia por no haberse rubricado seis meses antes y sin una repetición electoral de por medio.

El pasado domingo, el electorado los castigaba a ambos -760.000 apoyos menos para los socialistas y medio millón de votos menos para la formación morada- y hacía más complicadas las sumas para la investidura de Sánchez.

Pero además, el mapa político cambiaba -y mucho- por la derecha, con el desplome de Ciudadanos y, sobre todo, con el auge de Vox hasta colocarse como tercera fuerza política.

Todo un shock que ha hecho reaccionar, esta vez sí, tanto al presidente en funciones como al líder de Podemos.

Este mediodía, en el Congreso, se han fundido en un abrazo tras firmar y han asegurado que dejaban atrás sus desencuentros. Mucho van a tener que olvidar ambos, porque mucha ha sido la tensión y muy sonado el fracaso del diálogo que llevó a la repetición de las elecciones.

Muchos sapos y culebras -sobre lo que han dicho uno del otro- se van a tener que tragar.

Pedro Sánchez nunca quiso un Gobierno de coalición. Y sólo cedió a negociarlo cuando Iglesias renunció a estar en el Consejo de Ministros. Pero tampoco entonces hubo acuerdo.

Y cuando la repetición electoral era ya una realidad, el líder socialista soltó aquella reflexión difícil ahora de olvidar, la de que "no dormiría tranquilo" presidiendo un Gobierno con ministros de Podemos.

Iglesias, por su parte, siempre insistió en que la coalición era la única vía de acuerdo, y no se cansó de decir que tenía que estar en el Gabinete porque no se fiaba de Sánchez.

Y con estas tarjetas de presentación volvieron a pedir el voto. El resultado ya lo sabemos.

El pasado domingo por la noche, solo había fiesta de verdad en la sede de un partido político: Vox.

Mientras, en Podemos, Pablo Iglesias lanzaba un mensaje claro a Sánchez: "Creo que se duerme peor con más de cincuenta diputados de extrema derecha que con Unidas Podemos en el Gobierno".

Y el ganador de las elecciones, en la calle Ferraz, saludaba a la militancia con mucha menos euforia que en abril aunque prometiendo que "esta vez" habría, "sí o sí", un Gobierno progresista.

Es posible que en ese momento, Pedro Sánchez ya tuviera claro que tocaba ceder y dejar a Podemos entrar en el Gobierno, o incluso ya lo había asumido antes, porque en campaña prometió que 48 horas después de las elecciones pondría sobre la mesa una propuesta.

Pues bien, hoy la propuesta es un preacuerdo de Gobierno firmado que ya cuenta con el apoyo de 155 escaños (los de PSOE y Unidas Podemos y sus confluencias). Ahora Sánchez e Iglesias tienen que buscar los votos que faltarían para la investidura.

Y todo pasa por lo que puedan hacer tanto ERC como Ciudadanos, porque unas y otras cábalas hacen decisiva la abstención o el voto favorable de una u otra formación.

El pacto de este mediodía, en cualquier caso, da aire a sus firmantes.

Se lo da a Sánchez, porque le permitirá seguir en La Moncloa si al final salen las cuentas.

Y se lo da a Iglesias, porque pese a la pérdida de votos salva su liderazgo en Podemos, ya que ahora puede presumir de haber conseguido el gobierno de coalición.

Así que después de tantos desencuentros y reproches, de acusaciones mutuas de bloqueo, de dos elecciones y una investidura fallida, Sánchez e Iglesias quieren mostrarse ahora como dos socios ejemplares.

Por eso no es un pacto logrado en dos días. Ha llegado cuarenta y ocho horas y otros 196 días después del 28 de abril.

Como bien ha dicho esta mañana Pablo Casado -quien por cierto ya no se verá en la encrucijada de plantearse la abstención porque nadie se lo va a pedir-, "para este viaje no hacían falta alforjas".