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La verdad del 11-M-2004

Transcurridos quince años del mayor atentado terrorista perpetrado en Europa, que provocó, en Madrid, 192 muertos y casi mil heridos, Pablo Casado, en el aniversario de aquel aciago día, dice que quiere saber la verdad de lo ocurrido. Cuesta entender que el máximo dirigente del Partido Popular pueda creer sinceramente que la explosión de bombas en tres trenes de cercanías, que supuso un conjunto de terribles dramas familiares, una tragedia nacional y planteó un acuciante problema de seguridad al Estado, pueda haber quedado desde entonces sin respuesta adecuada ni explicación convincente.

Casado, que ha recibido de Rajoy un partido averiado y carcomido por casos de corrupción viejos y nuevos, no es un turista despistado que ha llegado a España desde las antípodas, sino un dirigente político olvidadizo por conveniencia y mentiroso por convicción, que, en un partido declinante, pretende afirmar su liderazgo al aznárico modo, con crispación y falsedades.

Casado, que no dice una verdad ni por equivocación, quiere saber la verdad; no la verdad de lo sucedido, sino sólo la “verdad” que coincida con la retahíla de embustes con que, en el PP, han querido tapar la mentira originaria difundida por el gobierno de Aznar (y de Rajoy, Aceves, Zaplana, Rato, etc) sobre la autoría de los atentados del 11 de marzo -que había sido obra de ETA-, y mantener aquella mentira primigenia exigió -y por lo visto, aún exige- una espiral de embustes, pues tapar aquella mentira exigía nuevas mentiras. Y así, hasta hoy.

Es lógico que Casado, heredero político de Aznar, no quedase convencido por las conclusiones de la Comisión de investigación del Congreso sobre el 11-M –“un fiasco”, según Rajoy; la “comisión de la mentira” según Zaplana- en la cual los dirigentes del PP -había que oír a Aznar, a Acebes, a Pujalte- no sólo se descargaron de responsabilidad alguna, sino que la descargaron en los cuerpos de seguridad del Estado, que estaban bajo su mando desde 1996, e incluso sugirieron que pudiera haber cierta complicidad en algún sector de estos cuerpos, cercano al PSOE, con lo sucedido.

En su ayuda acudió una legión de escribanos, prestos a zurrar a Zapatero, el presidente ilegítimo, que, desde La razón, El Mundo, la emisora episcopal y otros medios, pusieron en circulación una historia delirante en la que el PSOE, la policía, los servicios secretos, el gobierno francés y el marroquí, se conjuraron en una operación para sacar las tropas españolas de Iraq, a donde las había enviado Aznar, tras el pacto de las Azores, para lo cual era necesario desalojar al PP del gobierno español sin reparar en los medios.

Para sostener semejante brutalidad, los más diligentes escribanos de la derecha emplearon su fantasía en apuntar indicios, elaborar truculentos relatos y aportar presuntas pruebas, sacando a relucir los hipotéticos vínculos de los terroristas islamistas con ETA, calificada de “autor intelectual”, mediante una cinta de la Orquesta Mondragón hallada en una furgoneta; otra presunta prueba fue el hallazgo de la pieza de una lavadora que podía haber sido utilizada como temporizador de un explosivo, otra prueba, al parecer tan irrefutable como las otras, fue una mochila que se perdía o aparecía según lo necesitara el alucinado relato de los fabuladores, otra prueba fueron las declaraciones de un confidente, que luego se supo cobraba por contar lo que fuera y de cuyas declaraciones se conocieron seis versiones distintas. Tampoco faltaron las elucubraciones sobre el explosivo empleado (la dinamita robada por Trashorras en la mina “Conchita”), o el descubrimiento del presunto potencial deflagrador del ácido bórico hallado en casa de uno de los autores del atentado, que al parecer parecía una excesiva sudoración de los pies, pues para corregirlo se usa el ácido bórico.

Pero aquella orgía de “fake news”, “hechos alternativos”, “postverdades” como puños y “prementiras” como catedrales, que se adelantaba en décadas a la tática de Trump, no pudo convencer a los miembros de la Comisión de investigación del Congreso y menos a los jueces que se ocuparon del caso.

El 15 de febrero de 2007 comenzó el juicio a los 29 acusados por los atentados, y entre el 11 de marzo de 2004 y esa fecha, los ciudadanos asistimos a la producción de ruido y propaganda; a una campaña de descrédito del Partido Popular contra los jueces y policías que intervinieron en el caso, a la continua propalación de patrañas, de supuestas novedades y de testimonios inapelables que luego se revelaron historietas, pero, una vez iniciado el juicio, en el PP dejaron su labor de obstrucción a los letrados de la acusación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, dirigida entonces por el exaltado Alcaraz, hoy en Vox, que, por su actuación en la vista, parecía la Asociación Defensora de los Encausados del 11-M, porque sus intervenciones hacían causa común con los abogados defensores intentando hallar algún vínculo entre ETA y Al Qaeda; se diría que estaban más interesados en que los acusados quedasen libres, para dar la razón al PP, que en colaborar con la justicia para que pagasen por aquel horrendo crimen.

La Iglesia, a través de sus medios y en particular de la COPE, también se sumó a la tarea de sembrar dudas sobre los autores de la matanza, solicitando que se supiera toda la verdad, que no es la verdad jurídica y menos aún la evangélica, sino la que le convenía al Partido Popular, católico. Más directo, el obispo de Jaca acusó al PSOE de forma velada de estar detrás del atentado.

Es posible que a Pablo Casado, persona de fe, además de la versión oficial de su partido, le reconforte la versión mercenaria de la Curia más que la lectura del sumario 20/04, que comprende 50.000 registros telefónicos, 116 declaraciones, 200 pruebas de ADN, la declaración de decenas de testigos y la colaboración de 98 peritos, en un expediente de 93.000 folios, que llevó 29 personas al banquillo, acusadas de 191 asesinatos consumados y 1.824 en grado de tentativa.

Ello no ha impedido que en el PP, sin otro apoyo que las delirantes fábulas de sus servicios oficiales y auxiliares de propaganda, hayan puesto en duda la instrucción del sumario. No sabemos que hubieran dicho de haber ocurrido lo mismo que en Estados Unidos (la verdadera patria de Aznar), donde el juicio por los atentados del 11 de septiembre de 2001 se saldó con un único condenado, el franco-magrebí Zacarías Moussaoui, aunque hay otros dos autores huidos.

Por eso, si Pablo Casado quiere, realmente, conocer la verdad de los hechos, debe acudir allí donde puede hallarla sin intermediarios: que vaya a la cárcel y pregunte a los reos, en vez de andar mareando la perdiz repitiendo que quiere saber… pero de mentirijillas.

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