Quantcast
EL PERIÓDICO
ESP   |   AME   |   CAT      NEWSLETTER
ÚNETE ⮕

Entrevista a José Manuel Roca, agitador político y cultural (y 2)


José Manuel Roca. José Manuel Roca.

Seguramente coincidirá conmigo en que los intelectuales de izquierdas son una especie en peligro de extinción. ¿Por qué la izquierda ha dejado de pensar?

Ha dejado en pensar en términos revolucionarios, piensa de otro modo y sobre otros asuntos, porque parece que la situación lo impone. Estamos metidos en una especie de círculo vicioso entre la teoría y la práctica. Lenin decía que sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario, pero si damos la vuelta a la frase concluimos que sin movimiento revolucionario no puede haber teoría revolucionaria. Y no hay movimiento revolucionario; hay movilizaciones sociales, protestas, pero no movimiento revolucionario.

Por ejemplo, la izquierda actual dedica menos atención a la clase trabajadora, más difícil de percibir y más aún de organizar. Gran parte de los dirigentes de la izquierda son de clase media y tienen esa clase como principal referencia, pero sus individuos más solidarios, con las necesidades más perentorias cubiertas y un grado aceptable de consumo, se mueven, en general, por objetivos posmaterialistas relacionados con el clima, el modelo energético, la defensa de la naturaleza, las minorías étnicas, las identidades sexuales y culturales, la lucha contra el patriarcalismo, etc. Así, la atención de la izquierda, sobre todo de la nueva izquierda, se ha diversificado, como se han diversificado las fuentes teóricas de su reflexión, y ante eso, los intereses de clase han perdido valor analítico a la hora de emitir un dictamen sobre la sociedad y proponer un programa político para cambiarla.

De modo apresurado y un tanto taxativo, pienso que la izquierda ha evolucionado de la Ilustración al romanticismo; de la razón a la emoción; del futuro imaginado (la utopía socialista o comunista) al pasado idealizado (el medievo comunitario); de la política (lo artificial) a la naturaleza (lo primordial); de la economía (la producción) a la cultura (la expresión); de la clase a la nación; de lo universal a lo local; del internacionalismo al nacionalismo y de la conquista del Estado y la centralización de los medios de producción, a la disgregación del Estado desde la periferia.

¿Se equivocaba Karl Marx cuando consideraba que el socialismo sucedería de modo natural e inevitable al capitalismo?

Esa puede ser una lectura de Marx, yo prefiero la que hace hincapié en la voluntad y en la unión de los individuos para cambiar las cosas; en la rebelión de los subalternos, en la lucha de clases. No creo en procesos mecánicos ni en implacables leyes de la historia que determinen lo que ha de venir.

¿El trumpismo es una nueva etapa del capitalismo neoliberal rampante llamado a definir una época, o solo un episodio pasajero del que en unos años apenas quedará memoria?

No es algo pasajero, sino fruto de un proceso largo, que tiene antecedentes conocidos como el “Watergate” de Nixon, el Tea Party, los neocons, los halcones que no han faltado o el pucherazo en las elecciones del año 2.000, en el recuento de votos en Florida, que permitió a G. W. Bush llegar a la Casa Blanca. El “trumpismo” ha sido una fase aguda y esperpéntica en la crisis de representación política, de la que el 68 fue un aviso, y a la que trató de poner freno la reacción conservadora de Reagan estableciendo las bases del nuevo orden neoliberal, que castigaba a las clases subalternas al abogar por un mercado desregulado, donde el capital, libre de trabas legales y morales, pudiera campar a sus anchas. Para ese orden, la participación popular, la democracia era un freno, como señalaba un informe de 1975 de la recién fundada Comisión Trilateral, que, tras los “excesos” de los años sesenta, recomendaba reducir la participación política de ciertos grupos.

Trump es sólo la expresión más brutal de esa degeneración democrática, que ha llevado al máximo tendencias reaccionarias y antipopulares que vienen de atrás, y que los demócratas no han sabido o querido abordar ni resolver, sino sólo paliar en algunos aspectos.

¿Vivimos en el caos que precede al derrumbe del sistema capitalista neoliberal o más allá de las apariencias “el orden reina en Berlín”?

No percibo signos de tal derrumbe, por otra parte, anunciado tantas veces por la izquierda impaciente. El capitalismo sobrevive a base de crisis y tiene una gran capacidad para mutar. Estamos en una fase de reconfiguración del mundo, de reordenación de las fuerzas actuantes, con el declive del imperio americano y una serie de potencias incapaces de ocupar su lugar, salvo China, que es un gigante económico, pero, por el momento, no parece capaz de disputar la hegemonía ideológica y cultural a Occidente y, en particular, a Estados Unidos, ni dispuesta a renunciar a su versión de capitalismo autoritario.

¿Leer y escribir es hoy una forma de onanismo intelectual?

Escribir desde una posición crítica es un ejercicio de higiene mental, que ayuda a pensar y a aclarar las cosas, pero, desde mi modesto punto de vista es como el mensaje de un náufrago en una botella arrojada al mar.

Las redes sociales nos permiten hacer amigos en Argentina o echarnos una novia en Rusia, y sin embargo muchas veces no sabemos cómo se llama el vecino de la puerta de al lado. Usted que es un rojo impenitente, despáchese a gusto sobre la globalización y sus instrumentos, por favor.

Con Magallanes y Elcano, la globalización fue una aventura española, aunque luego Henry Kissinger haya dicho que la globalización es una manifestación más del poder americano. Que también es verdad. La actual globalización responde a la lógica expansiva del capitalismo, en particular el turbocapitalismo financiero, y a todo lo que posea las cualidades -inmediato, inmaterial, permanente y planetario- que Ignacio Ramonet, en “Un mundo sin rumbo”, señala para circular por las redes de internet.

Si ahora mismo todos los humanos lanzáramos nuestros teléfonos móviles al suelo y los pisoteáramos hasta destruirlos ¿qué pasaría a continuación?

Que nos compraríamos otro de quinta generación, con cafetera exprés y horno microondas, que es lo que les falta. Y quizá mucha gente necesitaría terapia para desintoxicarse, pero no he pensado en semejante “catástrofe”. Como persona de otra época, contemplo con prevención el desarrollo de la tecnología y, aunque no la entiendo, la utilizo con naturales limitaciones y con ideológica prevención.

Usted es un estudioso del cine y un gran aficionado a las películas del Oeste. ¿Qué tenía el cine de John Ford o de Billy Wilder que jamás tendrán las películas de Quentin Tarantino o Pedro Almodóvar?

Además de buenos guiones, buena realización, buenos actores y buena música, tenían autenticidad. Creían en lo que hacían; Tarantino está de broma, no cree en lo que hace, se burla de sí mismo y del espectador. Su escuela en el cine es nefasta. Almodóvar suele hacer parodias serias de la España profunda, pero tópica; es una visión costumbrista un poco rancia, “typical spanish”, como para turistas.

Para cerrar el capítulo cultural, dígame que libro quisiera poder tener a mano para hojear y releer durante sus últimas horas en este mundo.

¿Dejan meter libros en la UCI? Quizá sea mejor dejar este mundo como sucedía en “Soylent green” (“Cuando el destino nos alcance”) viendo una película, en mi caso del Oeste, dejándose ir cabalgando, por las colinas de Dakota, al encuentro de Caballo Loco, de Cochise, de Wild Bill Hickok o de Tom Jeffords.

Finalmente, y para acabar, habrá notado que a lo largo de la entrevista no he mencionado al general Franco, tan apenas una leve referencia a la dictadura en la nota biográfica del principio. ¿Me agradece o le molesta esa ausencia?

Agradezco la ausencia, porque Franco y su sombra siguen estando presentes, demasiado presentes, en la España de hoy.