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José Manuel Roca, agitador político y cultural (I)


Entrevista a José Manuel Roca, agitador político y cultural (parte 1)

José Manuel Roca nació en Barcelona hace ya unos cuantos años, vástago de una familia catalana con más pedigree local que la mayoría de las que han alumbrado dirigentes independentistas actuales. Cuando era muy niño su familia se estableció en Madrid, ciudad en la que se educó y ha residido desde entonces. Profesor universitario ya retirado, experto en comunicación política, opinión pública y cinematografía, durante la dictadura y la Transición hizo armas contra el franquismo escribiendo panfletos anónimos y artículos en las revistas de pensamiento de izquierdas. Hoy sigue colaborando asiduamente con cabeceras míticas en papel como El Viejo Topo y Transversales, y otras nuevas, electrónicas, como este El Obrero. Es autor de una decena de libros en solitario y otros tantos en colaboración, con títulos tan sugerentes como La oxidada transición, El proyecto radical. Auge y declive de la izquierda revolucionaria en España (1964-1992), Nación negra. Poder Negro o La reacción conservadora entre otros.

Resuma en una sola frase su experiencia vital en el presunto “rompeolas de las Españas”.

Es difícil hacerlo en una sola frase. Si nos referimos a hoy, diría que, tras un cuarto de siglo de gobiernos de la derecha, en Madrid estamos bajo una oleada de españolismo rancio, que encubre el expolio de lo público; en otras palabras: enarbolando la bandera del Estado se tapa la incompetencia, la privatización y la corrupción de un partido político. En ese aspecto, soy un ciudadano cabreado -empipat- en el rompeolas.

Siendo usted de origen catalán, ha vivido casi toda su vida en Madrid. ¿Se siente transterrado o le traen al pairo las cosas de la identidad?

Al principio, sí noté el cambio. Añoraba mucho Barcelona y lo que allí dejaba. Respecto a la identidad como catalán o castellano, no me preocupa, porque he procurado adaptarme; no me parece que los valores morales y culturales catalanes sean mejores que los castellanos; distintos en algún aspecto, pero no mejores. Salvo por el apelativo “los catalanes” con que era conocida mi familia en el barrio, nunca me he sentido señalado ni marginado por parte de nadie. Al contrario, he tenido amigos, compañeros de estudios y trabajo, colegas, con los que el lugar de origen y la cuestión identitaria como ahora está planteada nunca han influido en la relación; simplemente, no han existido; ha habido diferencias políticas o ideológicas, pero no derivadas del lugar de nacimiento. Por otra parte, a lo largo de la vida recibimos muchas influencias culturales y prefiero pensar que nos vamos haciendo con el paso de los años, adoptando unas cosas y rechazando otras, y que la vida nos cambia a nuestro pesar, antes que creer que venimos a este mundo hechos de una pieza inmutable, salidos del molde de la tradición de una nación, que por ser la nuestra es mejor que las demás. Una de las primeras lecciones a aprender como personas y ciudadanos es saber que llegamos a este mundo sin haberlo pedido y que hemos sido dejados en cualquier lugar; no elegimos ni el país ni el momento de empezar a vivir. A partir de ahí, comienza nuestra vida, que oscila entre lo recibido y lo apetecido.

¿Los problemas de Catalunya empequeñecen cuando se ven desde lejos?

Sí, claro. Como los problemas de Amer se ven pequeños desde la plaza de Sant Jaume. El poder es panóptico, mira a su alrededor para ver hasta dónde puede llegar su influencia. Madrid es el centro geográfico de la península y facilita esa mirada circular sobre el país, que relativiza las peculiaridades. Muchas veces, desde la periferia, esa mirada desde el centro se interpreta como desdén o incluso algo peor. Que no digo que no exista, pero también esa mirada desde un centro real o hipotético se percibe en Cataluña o en el País Vasco, por poner dos ejemplos de construcción nacional con cierto afán imperial, anexionista de territorios circundantes en Francia, Navarra, Aragón, Baleares o Valencia.

Dos millones de personas en la calle no son ninguna tontería. ¿Por qué entonces fracasó el “procés” catalán?

Sí, es mucha gente. Pero, desde las manifestaciones oceánicas de Herr Adolf hay que relativizar las cifras y fijarse más en los fines políticos que en los apoyos. Visto desde aquí, el “procés” iba bien. El adoctrinamiento nacionalista de la población desde la infancia, el control de medios de comunicación que forman el poderoso aparato de propaganda de la secesión, la ocupación de los lugares estratégicos del poder académico, artístico, cultural o deportivo y, desde luego, de las instituciones políticas -de un modo u otro, los nacionalistas gobiernan desde 1980-, todo eso funcionaba bien para los intereses de los que, con paciencia, querían la independencia. Contaban, además, con la anuencia de las viejas izquierdas y con el apoyo explícito de las nuevas, con la pasividad del Estado, incapaz de neutralizar la corriente secesionista en décadas, con un poder arbitral concedido por el sistema electoral y, finalmente, con la inanidad del Gobierno de Rajoy, que dejaba avanzar “el procés”.

Pero la prisa, las razones de la prisa son otro tema, el acelerón de los últimos cinco años, el atropello de los procedimientos democráticos, la exasperación del discurso, la actuación intimidatoria de los grupos radicales, etc, han contribuido a su fracaso social y a romper incluso el partido que lo promovió. La gestión de clase y la corrupción, ligada a la privatización de bienes públicos, han sido otras razones de su fracaso, así como la división de los partidos nacionalistas. Y aquí aparece un factor fundamental: la falta de un verdadero dirigente, de una persona con carisma, convencimiento y voluntad. Esto no ha existido; en el “procés” ha habido muchos dirigentes, pero mediocres, medianías, algunos francamente impresentables, que, tras el fracaso y cuando llegó la hora de rendir cuentas, han mostrado la madera de que estaban hechos, que era serrín. Ninguno ha asumido su papel en los hechos; han escurrido el bulto, han huido o negado su intención buscando disculpas infantiles -íbamos de farol, era una declaración simbólica, etc- para eludir su responsabilidad.

¿Debemos perder la esperanza de que algún día la mitad de los catalanes llegue a entender y a respetar a la otra mitad, y viceversa?

Se pierde la esperanza cuando nada se hace para cambiar el estado de las cosas.

En algún sitio he leído que el siglo XXI corre el peligro de pasar a la Historia como el siglo de las revoluciones burguesas contra toda idea de progreso (véase el caso del “procés”, impulsado por la burguesía catalana) ¿Cree que será así?

Queda mucho siglo por delante. De momento más que revoluciones burguesas, que en cierto modo corresponden a otra etapa, lo que percibo son involuciones burguesas; una especie de rebelión de los ricos en fuertes corrientes contrarias al régimen democrático, al progreso y a los valores de la Ilustración; corrientes regresivas, más aún, irracionalistas, emocionalistas en la derecha extrema, parafascista, y en la derecha populista, incluso en ciertas izquierdas. Cunde el pensamiento mágico y parece que mucha gente ha desterrado, por funesta, la manía de pensar, y eso es un peligro. Lo advertía Lukács en “El asalto a la razón”: el irracionalismo es la antesala del fascismo y el nazismo.

¿Las clases trabajadoras han desaparecido como sujeto histórico o el problema es que hoy no tienen quien las ilustre y organice? ¿Por qué hay tanto imbécil explotado y precarizado que en las encuestas se define como “clase media”?

¡Menudos temas, plantea usted, dan para una conferencia! Veamos: cada año que pasa el reparto de la riqueza existente es más desigual; la riqueza del mundo se acumula en menos manos, y desde luego de España, donde el año pasado el número de millonarios aumentó el 5%, los ejecutivos del Ibex ganaron 79 veces más que sus empleados y los consejeros de las empresas cotizadas ganaron 3.150 millones de euros, el doble que antes de la crisis. Los ricos salen enriquecidos de las sucesivas crisis, la clase media se reduce -tres millones de personas dejaron de pertenecer a ella en la última crisis financiera- y las clases populares, en las que se ceba la pandemia, se deshacen en flecos. Basta con mirar los informes sobre salarios del Ministerio de Trabajo, la desigual carga fiscal y los informes de Cáritas o la Cruz Roja sobre pobreza y desigualdad para comprobar que los ricos llevan la iniciativa en esta expropiación de la riqueza producida socialmente, y que van ganando, como indican las listas de millonarios de la revista “Forbes”. Por tanto, la lucha de clases existe; persiste porque hay una clase, una colectividad estable de personas con intereses comunes, que lucha por ellos frente a la pasividad, impotencia o resignación con que otros grupos sociales soportan el expolio. El creciente abismo entre rentas señala quien manda.

Las clases trabajadoras no han desaparecido, se han transformado por evolución del capitalismo. La antigua y numerosa clase obrera de la etapa del desarrollo industrial, concentrada en grandes fábricas, en minas o polígonos industriales, en parte, ha desaparecido. La reconversión industrial y el traslado de las fábricas a otros países han puesto fin a una etapa de la economía. El trabajo no cualificado se ha diversificado y el mercado laboral se ha escindido en situaciones y categorías y, por tanto, en metas distintas, que para unos es ganar más, para otros trabajar menos, para terceros trabajar algunos días o algunas horas, tener un contrato y no cobrar “en negro”, obtener el subsidio de paro o la renta mínima de inserción, evitar el cierre de una empresa o su traslado a otro lugar. Y de eso dependen las condiciones de vida. Las medidas contra la crisis han introducido el empleo precario y reforzado el paro estructural, y con ello aparece el trabajador intermitente, a ratos empleado y a ratos parado, siempre buscando y cambiando de empleo para sobrevivir. Siendo trabajador a ratos no se pueden hacer planes de vida, pero tampoco establecer relaciones laborales estables, ni organizar la resistencia a los planes patronales, afiliarse a sindicatos o plantear la acción colectiva como una necesidad defensiva de una clase con objetivos políticos comunes opuestos a los de la clase social representada por los empresarios.

En este aspecto, la reforma laboral de Rajoy fue una medida económica, pero además una victoria política de la burguesía española sobre los trabajadores, para obligarles a aceptar las humillantes condiciones laborales que impone el capital o caer en la marginación. La clase trabajadora parece invisible, pero no ha desaparecido, simplemente ha perdido poder.