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Francesc Xabier Butinyà y sus religiosas obreras

Francisco Javier Butiñá nació en Bañolas el 16 de abril de 1834, donde su familia dirigía una fábrica de hilos, oficio que desarrollaron sus antepasados en Bañolas desde que se establecieron, procedentes del Rosellón, a inicios del siglo XVIII. A pesar de ser el hijo mayor y, por lo tanto, destinado a seguir la tradición, decidió ingresar en la Compañía de Jesús. El 24 de octubre de 1854 entró en la casa de Loyola donde comenzó sus estudios para llegar a ser jesuita. Después de un periodo en el exilio en Mallorca debido a la fuerte corriente anticlerical que se desató como consecuencia de la revolución de ese año, que abrió el llamado bienio progresista (1854-1856), regresó a Loyola para continuar sus estudios.

Durante la primera mitad del siglo XIX se produjo el triunfo del proyecto liberal de construcción de la modernidad española, lo que supuso una desacralización de la vida pública, una separación entre Iglesia y Estado y un apoyo político a la secularización de la sociedad, las costumbres… de la vida cotidiana en general. Ello supuso un choque con los católicos y su clero, al negarse a abandonar una posición de la que partían: la de plena hegemonía. Ante el avance de la revolución liberal, desde 1789, en Europa la Iglesia católica había adoptado una posición defensiva y los partidos políticos no habían sino aumentado las dificultades en esa adaptación entre el proyecto liberal y el catolicismo en muchos países. En España, los carlistas se autoproclamaron cruzados y verdaderos defensores de la religión y de la identidad nacional católica; en el extremo, progresistas y revolucionarios consideraron a la Iglesia como un obstáculo decisivo - si no el mayor- para el progreso nacional, por lo que resultaba necesario proceder a una mayor y más profunda secularización. En medio quedaron algunos liberales moderados que intentaron llegar a un modus vivendi con la Iglesia, logrando el concordato de 1851, aunque la desamortización de bienes eclesiásticos continuó, al menos se llegó a ciertas compensaciones.

La Compañía de Jesús, por su marcada oposición a los regalismos y por su sumisión al Papado, se convirtió en objetivo de algunos liberales y revolucionarios, al chocar con sus proyectos de Estado nacional unitario y de impulso a la educación laica. En España, los jesuitas fueron expulsados en 1773, pero volvieron con permiso en 1814. El gobierno constitucional echó nuevamente a la Compañía en el Trienio Liberal (1820) y durante la Regencia de María Cristina. En 1852 se restableció el Colegio de Loyola para misioneros de Ultramar, donde fue Butinyá.

En 1859, Francisco Javier Butiñá -como se le conoció al castellanizar su nombre en los documentos oficiales- fue destinado a la Habana, en la isla de Cuba, para ejercer una labor docente y evangelizadora en el colegio Belén, que llegó a dirigir. Pero en 1863 regresó a España, donde continuó formándose, ordenándose sacerdote tres años más tarde en León.

Butiñá recorrió los pueblos de Castilla, Aragón, Cataluña y Andorra predicando y fijándose en el modo de vida de sus gentes. Puso por escrito sus ideas en las cartas a su familia, donde se aprecia su descontento con el contraste entre la realidad socioeconómica que veía y lo que debía ser. Poco a poco, fue creciendo en Butiñá una inquietud que lo marcó hondamente: la necesidad de convertir la experiencia cristiana en una respuesta significativa y comprensible para la dura vida en el campo y en el mundo obrero. Por ello, comenzó a buscar una manera de dar respuesta creyente a todos hombres y mujeres que se tenían que ganar el pan con el sudor en el frente, apostando por una experiencia de fe que los animara en sus esperanzas de mejora. Igualmente tuvo que meditar, responder y dar a conocer sus reflexiones sobre cambios políticos tan importantes como la revolución de 1868 y la creación y extensión de la Primera Internacional, sin olvidar hechos diferentes -pequeños pero importantes- como la dificultad de la venta ambulante y el modo de afrontar una epidemia, tal y como ha estudiado Andrés Gallego.

La Revolución de 1868 supuso de nuevo la expulsión de la Compañía por decreto del gobierno provisional, en el mes de octubre. En medio de esta nueva oleada de anticlericalismo oficial, este jesuita continuó mostrándose muy preocupado por el mundo obrero, especialmente el femenino, por lo que fundó una congregación de religiosas cuyos conventos se llamaban "talleres" y contenían, efectivamente, un taller de tejidos con los que intentaban mantenerse económicamente. Este otro aspecto hizo que, en su visión de las tierras españolas que recorrió, prestara especial atención a las mujeres y a su forma de pensar, de sentir y de vivir.

Destinado a Salamanca en 1870, allí conoció a Bonifacia Rodríguez Castro, una joven artesana que, junto al sacerdote, pensaron en fundar una asociación femenina, conocida como Asociación Josefina, dedicada a la protección y la atención a las mujeres trabajadoras, para enseñar un oficio y dar trabajo a las mujeres pobres que no tenían, cuyo destino entonces era el servicio doméstico, labores mal pagadas y, lo peor, la prostitución. De esta manera, ella con Francisco J. Butiñá hicieron posible, más adelante, una novedad socioreligiosa tremendamente atrevida por su época como fue la fundación, en enero de 1874, de un taller llamado de las Siervas de San José, con el objetivo de la evangelización y mejora del mundo obrero. Era consecuencia de sus reflexiones sobre la necesidad de mejorar la vida de los grupos sociales más humildes. Butiñá fue desterrado a Francia ese año por lo que ella se convirtió en la líder de ese proyecto en tierras salamantinas.

Cuando el jesuita pudo volver a España, mosén Joaquim Baylina y Pla, párroco de Aiguaviva, le presentó dos mujeres a Francisco Butiñá, que se confesaban con él -María Gri y María Comas- y que tenían vocación religiosa. Pero eran pobres criadas de masía y no podían contar con dote alguna, ni hallar un medio para lograr hacer realidad su vocación. A partir de ese hecho, comenzó el proyecto de fundar otro taller en tierras catalanas.

En febrero de 1875 se fundó oficialmente la nueva Congregación religiosa en Calella de la Costa, con el nombre Hijas de San José, obteniendo su sustento como artesanas, colaborando en la construcción de un mundo diferente, una utopía que se quiso hacer realidad en medio de la construcción de un nuevo orden político: la España liberal de la Restauración. La figura de San José, carpintero y padre de familia, fue potenciada como ejemplo de trabajador cristiano, de ahí su apelación por parte de numerosas obras de catolicismo social.

Hasta su muerte, Francisco J. Butiñá i Hospital trabajó para explicar y dar a conocer la realidad de estas nuevas congregaciones religiosas, conocidas popularmente por monjas butiñanas. Todas las hermanas se definían como “religiosas obreras”, como explicó en una de sus cartas y, aunque fueron pobres y sin instrucción, fueron protagonistas de una nueva etapa en la historia de la Iglesia: el comienzo del catolicismo social y sus primeros proyectos en España. Este sacerdote, sus monjas y su proyecto se enmarcan igualmente en esos intentos por responder a los cambios que la modernidad había traído, evitando la posición de enroque o meramente defensiva por un encuentro con la vida de su tiempo.

Francisco J. Butiñá murió en Tarragona el 18 de diciembre de 1899.

El lector interesado puede acudir al estudio de

ANDRÉS-GALLEGO, José: España, Cataluña y su gente en la obra de Francisco Butiñá, Ediciones19, Madrid, 2018.

REVUELTA, Manuel, Historia de la Iglesia de España, siglo XIX, UPC, Madrid, 2005.

Profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de Alcalá. Doctor en Historia Moderna y Contemporánea por la UAM.