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El voluntariado familiar, cuando lo que se contagia es la solidaridad

  • Escrito por Jordi Ferrer
  • Publicado en Crónicas

 Los voluntarios de Cruz Roja han redoblado sus esfuerzos durante esta crisis sanitaria para atender a una creciente población en riesgo de exclusión o necesitada de los productos más básicos, y en este contexto han aflorado casos en los que familias prácticamente al completo se han sumado a esta labor social contagiadas por la vocación y el espíritu solidario.

Según los datos de Cruz Roja, la mayor movilización de recursos de su historia -la realizada con motivo del estado de alarma- también ha despertado la voluntad de colaboración de los valencianos, que han formulado 3.422 solicitudes para inscribirse como voluntarios en esta ONG: 2.225 de ellos ya integran sus filas, 1.300 en la provincia de Valencia.

SOLIDARIDAD QUE SE TRANSMITE DE PADRES A HIJOS

En este marco de crecimiento de la acción solidaria, las familias o los entornos más cercanos ejercen una tracción evidente, hasta el punto de que no resulta complicado encontrar a voluntarios “superveteranos” con experiencia en catástrofes históricas como la "pantanada" de Tous (1982) o la explosión del buque Proof Spirit (1997) que han “atraído” a la causa de la Cruz Roja a sus propios hijos.

Gil Iglesias y su hija Paula hacen cada vez recorridos más largos para efectuar el reparto de alimentos a familias en situación de vulnerabilidad tanto en asentamientos de la periferia de València como a familias usuarias de los Servicios Sociales.

Este técnico de comunicaciones actualmente en paro es voluntario de la Cruz Roja desde 1979 y fue uno de los primeros en llegar a Alzira el 20 de octubre de 1982 para montar un rudimentario botiquín en una parroquia local, donde se atendió a los primeros heridos de la rotura de la presa de Tous.

“Aquello fue muy complicado, estuvimos trabajando sin nada en un primer momento, pero en los días posteriores todo el país se volcó con los damnificados.

La crisis actual es otra historia porque toda España está metida en lo mismo y hemos estado a expensas de donaciones o de fondos propios. Hasta ahora la gente que estaba en la calle podía vivir, pero en las últimas semanas lo han pasado muy mal.

Nos han llegado a parar cuando vamos en la furgoneta de reparto porque necesitan comida. Son situaciones impactantes”, explica a EFE. Su hija Paula, de 23 años, lleva ya seis como voluntaria.

Trabaja como integradora social y próximamente empezará los estudios universitarios de Trabajo Social, una vocación alimentada en la asamblea de Cruz Roja a la que pertenece.

“Desde pequeña he escuchado las historias que contaban mi padre o mi tío de su labor en la Cruz Roja”, explica Paula, quien admite que en los últimos dos meses se ha sentido impactada por la forma en la que los voluntarios “han vencido el miedo”.

EL VALOR DE LA EXPERIENCIA

También en Valencia desarrolla su labor otro de los voluntarios más experimentados de la ONG, José del Amo, un conductor de ambulancias de 65 años que confiesa que le daban “aprensión” los hospitales cuando empezó, hace 26 años.

“Ahora ya no, claro”, añade antes de rememorar algunos de los episodios más catastróficos en los que ha intervenido, entre ellos la explosión del Proof Spirit en el puerto de València, donde murieron 18 personas, o algunos accidentes de tráfico, e incluso aterrizajes de emergencia, cuyas circunstancias será incapaz de olvidar. “Yo trabajaba como conductor, pero me quedé en el paro.

Con los años he ido aumentando mi formación”, explica José a EFE. “Lo que está pasando ahora es nuevo y todos vamos con miedo, nada comparable a nuestra labor anterior”.

José convive con sus hijas Arantxa y Estefanía, maestra de Infantil de 26 años y enfermera de 33 años, respectivamente, ambas voluntarias desde antes de alcanzar la mayoría de edad.

Durante la actual situación de emergencia participan en ocasiones en el mismo servicio, en una intervención sanitaria con familias en extrema vulnerabilidad, realizando tareas sanitarias de detección de posibles casos de COVID-19, pequeñas curas o atenciones leves a familias en asentamientos, para evitar su desplazamiento a centros de salud.

“Algunos de estos servicios resultan especialmente complicados, porque ves a gente en situación complicada a la que hasta hace poco les iba bien.

La verdad es que nunca antes había visto tantos medios para ayudar a la gente ni tampoco a tanta gente interesándose por ser voluntarios”, destaca Arantxa.

EL VOLUNTARIADO FAMILIAR TRAS LA JUBILACIÓN

Otros “reclutamientos” carecen de esa épica aunque han resultado igual de fructíferos, como el de Dulce Aguilar, jubilada de Telefónica desde hace dos años, voluntaria desde entonces y actual presidenta de la asamblea de Cruz Roja en Alcàsser.

“Tenemos un voluntariado fantástico, pero en un porcentaje muy importante son mayores de 65 años, y por este motivo pusimos en marcha un programa de incorporación de personal voluntario que pudiese suplirles, y la respuesta ha sido fenomenal.

Vamos a salir muy reforzados de esta crisis en lo que respecta a personal disponible”, detalla.

“En Picassent y Alcàsser la Cruz Roja prácticamente ha cuadruplicado sus servicios de asistencia, y no sería posible sin la ayuda de comercios, empresas y particulares.

Hay quien nos ha donado 250 kilos de patatas, una empresa que se dedica a conciertos nos ha donado agua y los organizadores de la media maratón nos han entregado a nosotros los premios que pensaban repartir”.

Y en su caso, como en los anteriores, Dulce también convive con una voluntaria recientemente “captada” para la causa, su hija Marina Chulvi, una estudiante de último año de Derecho y Ciencias Políticas que ha cambiado las prácticas universitarias (suspendidas) por otro tipo de acciones que forman ya parte de su currículo vital. EFE.