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Ajos y buen vino, remedios de 1918 para una epidemia que pegaba "de recio"

  • Escrito por Isabel Poncela
  • Publicado en Crónicas

La mal llamada "gripe española" de 1918 acabó con la vida de millones de personas en el mundo, se piensa que 270.000 en España, 10.000 en Aragón, 4.000 en Zaragoza.

Desde esta ciudad, Julián y Vicenta le escribían en el otoño de ese año cariñosas misivas a su hijo José María, que vivía en Calatayud (Zaragoza), recomendándole remedios como el ajo, las costillas y el buen vino para estar a salvo de una pandemia que en la capital aragonesa "pegaba de recio".

Julián Javierre tenía un taller mecánico de reparación de bicicletas y motos en la calle Ballestar de Zaragoza (actual Moneva) y su hijo vivía en Calatayud con su esposa Ana y sus suegros. La recién creada Asociación Unión Cicloaragonesa, cuyo objetivo es investigar los orígenes y la historia del ciclismo aragonés, se hizo con estas cartas, que les proporcionó el Museo Ossa de Utebo (Zaragoza), el único del mundo basado en la Ossa, una moto nacional con gran éxito entre los años 20 y 80 del siglo pasado.

En varias de estas cartas, Julián y Vicenta le cuentan a su hijo cómo la gripe de 1918 afectaba a personas conocidas, a familiares y amigos, pero que ellos se mantenían, de momento, a salvo de la pandemia.

El 19 de octubre, cuando ya la enfermedad se había encargado de suspender las Fiestas del Pilar de ese año, Julián y Vicenta se alegran mucho de haber tenido noticias de su hijo, a quien esperaban para esas fechas.

"Hasta cierto punto no nos importa nada el que no hayas venido, no porque se hayan suspendido las fiestas, que eso no tiene nada que ver, pues no hacen falta fiestas para tener gran alegría de estar juntos, pero si porque no fuera que el camino te podía haber perjudicado, y en ese caso hubiéramos tenido un disgusto", le confiesan, en una especie de premonición del confinamiento que contiene los contagios, antes de pasar al relato de los afectados por la pandemia en el entorno familiar.

A esa fecha, en la familia se contaban tres enfermos en casa de la tía Virgilia: "el Julio, el Alejandro y la María", los tres en cama con fiebre. Los padres de José María confiesan que toman los consejos de los buenos amigos, y que "con el objeto que no se hospede en casa (la gripe)", han pensado en cuidarse muy bien.

Bulos y fakes debían de correr ya como la pólvora en esa época. Los padres de José María dan crédito a lo que algunos debían de estar propagando por la Zaragoza de principios de siglo: "como el agua dicen que no es muy saludable, hemos determinado sustituirla por el buen vino".

Observando estos consejos, la familia afronta la gripe "perfectamente", y sin "aprensión de ninguna especie, con buenas costillas, buenas tajadas y buenos tragos de buen vino", no temen a la epidemia. Julián insta a su hijo a seguir estas recomendaciones: "con seguridad no os penará".

Con esa carta, además, le adjuntan a su hijo un ejemplar del Heraldo de Aragón del día y le resumen algunas de las noticias que publica. Entre ellas, algunas "sobre la paz" (Europa estaba inmersa en la Primera Guerra Mundial), que van a "poner en San Gregorio un campo de aviación" y, de nuevo, un consejo que tener en cuenta en caso de coger la gripe. Esta, aseguraban los padres y el diario, se cura "comiendo ajos".

Esta pandemia mundial afectó especialmente a los niños y las personas jóvenes, de menos de cuarenta años. En otra carta anterior ya le habían hablado a José María de otro caso en casa de la tía Virgilia, Aurelia, su nieta, que está "muy mala".

El brote de gripe española tuvo especial virulencia, precisamente, en octubre de 1918. El 8 de noviembre, los padres escriben una nueva carta a su hijo en la que dicen que están "todos buenos" a pesar de que la epidemia "le pega de recio".

Julio, Alejandro y María continúan enfermos, sobre todo el primero, que está "bastante grave" y aún tiene para unos días. "Mañana hace un mes que cayó enfermo", le cuentan. Hay otro fragmento de una carta, sin fecha, especialmente dura.

"Tengo que deciros que en esta se muere mucha gente". Ya se murió, le relatan, "la agüelica del 8 de la calle Zurita, o sea, doña Paca, y la suegra de tu primo Mariano, la del tío Juan, y la mujer de don Ángel Lorenzo, la que vivía en casa de Baltasar".

No son datos oficiales, pero Julián y Vicenta, en ese fragmento calculan que "todos los días la diñan lo menos treinta o treinta y cinco". Ellos, como hoy nuestros abuelos, nada más que procuraban cuidarse todo lo que podían. EFE.