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¿Por qué miramos tan mal a la adolescencia?


  • Escrito por Diego Gómez-Baya
  • Publicado en La Zurda
(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

Durante el siglo pasado, el estudio de la adolescencia y la juventud ha estado guiado principalmente por la perspectiva del déficit. Así, se consideraba una etapa problemática y vulnerable para el desarrollo de conductas de riesgo para la salud. Esta actitud ha quedado reflejada también en la atención recibida por parte de los medios de comunicación.

Esta perspectiva ha influido en las políticas sociales, en la investigación y en la práctica profesional, que se han centrado en el tratamiento de problemas como el consumo de sustancias, las conductas agresivas o los problemas emocionales.

Sin embargo, la salud se define no sólo por la ausencia de trastornos o enfermedades, sino también por la presencia de bienestar. Por eso, resulta necesario hacer mayores esfuerzos de investigación e intervención centrados en la promoción de resultados positivos en el desarrollo. En este contexto, durante las últimas dos décadas se ha avanzado en el desarrollo de indicadores positivos del bienestar juvenil.

Fortalecer la resiliencia de los adolescentes desde la escuela

Así, los enfoques basados en las fortalezas han servido de guía para el diseño de programas que han resultado efectivos en varios contextos del desarrollo. Un ejemplo de ello serían los programas de aprendizaje socioemocional.

En esta línea, el proyecto INTEMO ha trabajado con adolescentes en el desarrollo de habilidades emocionales como la percepción emocional, la comprensión, la facilitación y el manejo de las emociones.

Los resultados han destacado que las intervenciones diseñadas para promover la resiliencia durante la adolescencia podrían ayudar al desarrollo de respuestas más adaptativas.

También se incluirían los programas de fortalezas del carácter. Estos promueven el bienestar psicológico a través del fomento de virtudes como la sabiduría, el coraje, la humanidad, la justicia, la templanza y la trascendencia.

Así, el interés en la prevención de problemas y de conductas de riesgo y en la promoción de un desarrollo saludable en los jóvenes ha ganado terreno en el diseño de la investigación y de los programas y políticas sociales.

La promoción de la salud sería la estrategia más eficiente para abordar los problemas de salud física y mental. La idea es hacerlo mediante intervenciones que se dirijan a un mayor número de personas para favorecer su resiliencia.

Todas estas intervenciones pueden llevarse a cabo desde el entorno educativo, ya sea el instituto o la universidad, y también desde el contexto comunitario.

Tratar la adolescencia con una mirada más positiva

El concepto de desarrollo positivo juvenil subraya la importancia de incrementar las fortalezas evolutivas internas. Por ejemplo, el compromiso con el aprendizaje, los valores positivos, la competencia social y la identidad positiva.

También asentar los recursos externos como el apoyo social y el empoderamiento, el establecimiento de límites y expectativas, y el uso constructivo del tiempo libre. Todos estos recursos se pueden construir en los contextos en que los jóvenes se desarrollan.

Dentro de este enfoque se ha alcanzado cierto consenso en base a cinco componentes, las llamadas 5Cs:

  1. Competencia en las áreas académica, social, emocional y vocacional.

  2. Confianza en la propia identidad.

  3. Carácter relacionado con los valores positivos, la integridad y la moralidad.

  4. Conexión, es decir, la calidad de las relaciones con los demás.

  5. Cuidado de otras personas, empatía y compasión por los demás.

Una adolescencia sin conductas de riesgo

Este desarrollo positivo durante la adolescencia y la juventud podría alimentar la relación entre los jóvenes y su contexto que sería beneficiosa mutuamente a lo largo de su trayectoria vital. Ello contribuiría no solo al bienestar del individuo, sino también al de la familia, la comunidad y la sociedad civil.

Al contrario, ante el desarrollo positivo no se espera una trayectoria de conductas de riesgo. Por tanto, la aparición de conductas positivas disminuye a su vez la probabilidad de presentar conductas problemáticas.

La Educación Positiva busca combinar los principios de la Psicología Positiva con la enseñanza de las mejores prácticas y con los paradigmas educativos para promover el desarrollo óptimo y el florecimiento en el entorno escolar.

En sus programas, un elemento clave es la participación social. Por ejemplo, una experiencia de éxito para empoderar a los jóvenes y hacerles agentes activos en su desarrollo y en la transformación de su vida es el programa Dream teens. Con este programa se ha constatado una mejora en la percepción de las propias competencias, un incremento en la participación en actividades de voluntariado y expectativas más positivas sobre su futuro.

Otra línea de trabajo relaciona la acción medioambiental y la promoción del bienestar. Así, los jóvenes pueden crecer como ciudadanos activos permitiendo crear un cambio social y medioambiental positivo, que sienta las bases para construir comunidades más sostenibles.

En definitiva, una visión positiva de la adolescencia y de la juventud debe orientar el diseño de programas y medidas para que fortalezcan el bienestar psicológico y generen estilos de vida saludables como una estrategia eficaz para la prevención de problemas en la transición a la adultez.The Conversation

Diego Gómez-Baya, Profesor titular. Departamento de Psicología Social, Evolutiva y de la Educación, Universidad de Huelva

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

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