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Dona Torr, la primera de los Historiadores Marxistas Británicos


Una de las grandes escuelas historiográficas del siglo XX es, sin lugar a dudas, la de los Historiadores Marxistas Británicos. Revolucionaron el panorama historiográfico a través de sus libros y de su revista, Past and Present, con una nueva premisa: “La historia desde abajo”. Pretendían rescatar la experiencia de las clases populares a través de una nueva forma de hacer Historia, de una Historia vinculada al marxismo militante y al análisis de clase.

El grupo quedó delimitado gracias al estudio Los historiadores marxistas británicos. Un análisis introductorio, de Harvey J. Kaye. En él, Kaye detallaba las aportaciones del grupo al análisis de la Historia: La de Maurice Dobb al debate sobre la transición del feudalismo al capitalismo; la de Christopher Hill sobre la revolución inglesa; la de Erica Hobsbawum sobre el papel de trabajadores y campesiones en la historia mundial; la de Rodney Hilton sobre el feudalismo y el campesinado inglés; y, finalmente, la de E.P. Thompson acerca de la formación de la clase obrera inglesa.

En este trabajo, ya clásico, se dotaba de identidad al grupo y se le reconocía la importancia que merece como una de las escuelas historiográficas más importantes de la contemporaneidad. Sin embargo, se le imponían unos límites muy estrictos y que dejaban fuera a uno de los principales impulsores del grupo: Dona Torr. Pero, ¿quién era esta intelectual?

Dona Ruth Anne Torr, nacida en 28 de abril de 1883, era hija de William Torr, vicario de Eastham y canónigo de la catedral de Chester. Tenía tres hermanas y dos hermanos. Estudió en el University College de Londres.

Su primer trabajo fue como archivera en el Daily Herald, donde conoció al que sería su marido, el periodista de izquierdas Walter Holmes. Compartieron en su larga vida juntos ideas y militancia, pues ambos fueron de los más destacados miembros fundadores del Partido Comunista de Gran Bretaña. Ella se implicó especialmente con la lucha obrera, actuando como correo y editora de panfletos durante la huelga general de 1926. Poco después, viajó a Moscú como traductora para el Cuarto Congreso de la Internacional Comunista. De hecho, su principal labor fue como traductora. Desde el Marx-Engels Institute tradujo al inglés la correspondencia de Marx y Engels, en lo que fue el punto de partida de una prolífica carrera como traductora al inglés de textos primordiales del marxismo. Su labor se centró especialmente en esta función, la de hacer accesibles los grandes textos del socialismo a los ingleses.

Y podemos afirmar que su labor en este punto fue un éxito. Aunque no se conformó con esto y percibió la necesidad de impulsar los estudios históricos dentro del partido. Así, a partir de 1936, reclutó y formó a ese conjunto de intelectuales que hoy llamamos el Grupo de los Historiadores Marxistas Británicos. Todos ellos se refirieron a ella en ocasiones diversas para poner de relieve su rasgo característico: Su enorme generosidad. Hizo gala de la misma durante los largos años en que fue un referente intelectual en la sombra para estos hombres que intentaban desarrollar una nueva forma de hacer Historia a partir del análisis marxista

En lo que se refiere a su propia labor como historiadora destaca su inacabada biografía de Thomas Mann. Se trataba de una biografía pormenorizada sobre el gran héroe del partido laborista, por el que la propia Torr declaraba su admiración sin cortapisas. El primer volumen le llevó veinte largos años de incansable y minuciosa investigación. Sin embargo, a pesar de su enorme capacidad de trabajo, no mostró interés por nuevas metodologías ni enfoques revolucionarios. Su aproximación al personaje es canónica y, por momentos, incluso dogmática.

En 1954 vio la luz una colección de ensayos titulada Democracy and the Labour Movement, editada por John Saville, y en la que participaban algunos de los historiadores a los que Torr había formado. En sus páginas reconocían su deuda con ella. En julio de ese mismo año, ellos, sus discípulos, celebraron un congreso al que ella ya no pudo asistir por su delicado estado de salud. Los participantes acordaron que un retrato suyo presidiera todas las sesiones.

Desde ese momento, y hasta su muerte en 1957, vivió sus años más duros. Ferviente creyente en el partido como era, tuvo la desgracia de tener que presenciar su crisis más profunda desde su fundación. Las críticas internas al dogmatismo del Partido habían comenzado tras la muerte de Stalin en 1953 y, especialmente, tras el Informe Kruschev de 1956 (en el que se reconocía la brutalidad represiva del régimen estalinista). Pero estas disensiones se tornaron desencuentros irremediables tras la invasión soviética de Hungría. Los sucesos de Budapest de 1956 desembocaron en Inglaterra en la salida del partido de varios de los nombres más importantes del grupo de historiadores. Varios de ellos afirmaron a partir de ese momento su compromiso con los “valores socialistas” pero sin “la percepción dogmática de la realidad”. Para Donna, acérrima creyente en las bondades del partido, fue un golpe atroz. Falleció poco después, el 8 de enero de 1957.

Tal como sus discípulos apuntaron, su principal aportación había sido la de comunicar a este grupo de intelectuales la verdadera esencia de su labor, la Historia. Tal como le reconoció Christopher Hill, en el prefacio de Decmocracy and the Labour Movement:

“Ella nos hizo sentir la Historia en nuestras venas. La Historia no eran palabras en una página, no era los hechos de reyes y primeros ministros, ni meros acontecimientos. La Historia era el sudor, la sangre, las lágrimas y los triunfos de la gente común, nuestra gente”.

Esto es, hizo entender a estos historiadores de orígenes y posturas heterogéneas el sentido mismo de la labor del historiador, su esencia profunda. No es algo que podamos considerar, ni remotamente, una aportación menor.

Doctora en Historia Contemporánea. Autora de diversos libros y artículos sobre el Catolicismo y la Guerra Civil española.

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