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Del coqueteo a la dismorfia corporal y la obsesión por los filtros de belleza


  • Escrito por Mónica Valderrama Santomé y Julia Fontenla Pedreira
  • Publicado en La Zurda
Shutterstock / Maridav Shutterstock / Maridav

El fenómeno de las redes sociales ha provocado cambios indiscutibles en el paradigma mediático y en el marketing de marca y producto. Parte de esta revolución viene incentivada por la figura del prescriptor o influencer, personas con la capacidad de posicionar un mensaje en la mente de un público amplio, mover a la compra de un determinado producto e incluso influir de manera inconsciente en los valores, ideales y percepciones de sus seguidores a través de actitudes informales y personales.

En la actualidad, el trabajo de estos “influenciadores” es una de las técnicas de marketing más demandadas y socialmente aceptadas para generar confianza, a pesar de que su esencia se basa en una falsa relación de amistad con los usuarios.

Tan lícita como cualquier otra forma de publicidad tradicional, su legitimidad se pone en duda cuando entran en juego los ya “normalizados” filtros de redes sociales como Instagram o Snapchat, permitiendo mejorar o cambiar la propia imagen del sujeto y, por lo tanto, con la capacidad de transformar las cualidades y propiedades del producto.

Pieles de porcelana y sin el mínimo atisbo de imperfecciones han sido el detonante para que la Advertising Standards Authority (ASA), organismo de autocontrol publicitario del Reino Unido, haya dado la señal de alarma ante el abuso de los llamados filtros beauty (filtros de belleza) por parte de numerosos influencers a la hora de promocionar cosméticos.

Fantasía engañosa de la realidad

El uso de estos filtros no solo funciona como publicidad engañosa en esta línea de productos, sino que abren la puerta de la llamada dismorfia corporal –distorsión de la propia imagen– de un público fundamentalmente joven (de entre 15 y 30 años) y femenino.

En una era en la que escogemos qué mostrar de nuestra propia realidad a través de las redes, los defectos no tienen cabida en los perfiles personales de los usuarios. Comenzando por esconderlos y acabando en la obsesión, la dismorfia corporal se caracteriza por ser un trastorno de salud mental en el que no se puede dejar de pensar en uno o más defectos (reales o no) y que normalmente pasan desapercibidos por los demás.

Estudios recientes establecen que los filtros incentivan estos desajustes y otros, estrechamente relacionados, como los trastornos de la conducta alimentaria (TCA), sean cada vez mayores en una sociedad dominada por los ideales de perfección y belleza distorsionada por patrones estéticos trastocados por la cirugía plástica.

Recientemente, las aplicaciones como Snapchat, Facetune e Instagram han permitido a los usuarios alterar digitalmente los atributos de sus rostros con filtros como Top Model y Holy Natural. Desde filtros que te hacen llorar creando una sensación de “romantización” de la tristeza; filtros predeterminados que pueden cambiar de forma automática y sencilla los atributos faciales, como hacer que los labios parezcan más gruesos o los que te hacen efecto de “boca de piñón”, los que te agrandan los ojos o adelgazan una nariz ancha.

Las diferentes redes ponen a disposición de los usuarios un sinfín de posibilidades con las que conseguir una fisionomía retocada, con facciones aniñadas y delicadas, siempre acordes a los cánones dominantes. Su uso en selfies y stories para depurar las supuestas imperfecciones del rostro lleva incluso a la manía de los usuarios hasta el punto de recurrir al bisturí para conseguir parecerse lo máximo posible a la mejor versión de su propio autorretrato.

Aplicaciones sociales como Instagram o Snapchat ponen a disposición de los usuarios un sinfín de posibilidades con las que conseguir una fisionomía retocada acorde a los cánones dominantes. Shutterstock / Natee Meepian

Cirugía en tiempos de selfie

Investigaciones publicadas en The American Journal of Cosmetic Surgery demuestran un aumento significativo en la prevalencia de los procedimientos de cirugía estética facial en la última década, propulsada por la baja autoestima. De hecho, la Sociedad Estadounidense de Cirugía Plástica Estética ha informado que cada vez son más los pacientes que llegan a las clínicas con sus propias fotos alteradas con estos filtros, en contraste con las tendencias pasadas en las que los pacientes presentaban fotos de celebridades o descripciones genéricas del cambio deseado.

En la misma línea, la Sociedad Española de Cirugía Plástica, Reparadora y Estética (SECPRE) señala, por un lado, que 1 de cada 10 pacientes recurre a consulta estimulado por sus propias imágenes modificadas a través de alguna red social y el consiguiente aplauso de sus seguidores; y, por otro, que las peticiones son cada vez más imposibles, lo que deriva en la insatisfacción de los pacientes y en muchos casos, en depresión e incluso estrés postraumático.

A pesar de estos datos, la dismorfia corporal no es solo fruto de una sociedad digitalizada. El uso y consecuencias de los diferentes filtros es una cuestión que va más allá de la responsabilidad individual y que también puede depender de las predisposiciones genéticas de cada persona (por ejemplo, personas que sufren ya un trastorno de autoimagen –como un TCA– tienen más probabilidades de ser víctimas de la despersonalización que causan estos “efectos especiales”).

Y es que, como decía el escritor Jordi Sierra i Fabra, “la belleza puede ser la gloria o la ruina de una persona, depende de quién la lleve, de cómo la lleve, de cómo la utilice o a quién se la regale”.The Conversation

Mónica Valderrama Santomé, Profesora del Departamento de Comunicación Audiovisual y Publicidad, Universidade de Vigo y Julia Fontenla Pedreira, Investigador área de comunicación, Universidade de Vigo

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation