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Bésame (cuando la COVID-19 lo permita)


  • Escrito por A. Victoria de Andrés Fernández
  • Publicado en La Zurda
Shutterstock / ldutko Shutterstock / ldutko

A pocos actos humanos se le ha dedicado más poesía que al beso. La literatura está llena de ejemplos maravillosos. Aunque quizás ha sido otro arte, el cine, el que mejor haya sabido concentrar la emoción que encierra el beso en esa secuencia mítica que Giuseppe Tornatore nos regaló en el inigualable final de Cinema Paradiso.

Es, del todo, un homenaje merecido.

La complejidad comunicativa de los besos

Desde mi punto de vista, el beso es la expresión afectiva más compleja y perfecta de nuestra actividad como especie social. Explico por qué:

• Es versátil en cuanto a destinatario. Tenemos besos para bebés, para amigos, para familia, para amantes o para recién conocidos. Cada uno tiene sus particularidades y pormenores que, curiosamente, nadie nos enseña. Es algo que nos preocupamos solitos de aprender rápido.

• Es modulable. Sea cual sea su destinatario, podemos graduar intensidad, localización, duración y objetivo en función del “grado de merecimiento” que nos suscite el receptor. Así, de la presión intensa con sonido estentóreo del beso de la abuela orgullosa al leve roce de mejillas (donde la participación de los labios es meramente simbólica) de un hipocritilla saludo de compromiso, tenemos un amplísimo abanico de situaciones intermedias adaptables a variopintas circunstancias (algunas tan retorcidas como la traición de Judas).

• Es el acto más emocionante del enamoramiento, mucho más que la cascada de comportamientos que suele desencadenar. En ese microinstante previo al beso es cuando se bajan las armas, se caen las caretas, se vencen los miedos, se renuncia a los prejuicios y se pone uno el mundo por montera. Cuando tus labios se encuentran con los del ser que deseas, no hay nada más ni en el espacio ni en el tiempo. Se caen los palos del sombrajo de manera absolutamente inevitable. Es este beso de amor el que ha hecho correr ríos de tinta, el que te anula la voluntad y el ser, el que te convierte en todo (porque el universo es tuyo) a la vez que en trapo de voluntad anulada (porque ya no eres nada, eres un drogadicto de besos para el resto de tu vida).

Bien, pues a partir de esta línea, se acabó el romanticismo. Aunque parezca mentira, la función fundamental de los labios no es besar sino algo mucho más trascendente para nuestra supervivencia: succionar.

El origen de los besos

Los mamíferos somos terápsidos, es decir, descendientes peludos de antecesores reptilianos ovíparos. Esto significa que nuestras lejanas tatatatatarabuelas “llenaban la despensa” de sus descendientes mediante un óvulo enormemente enriquecido con sustancias de reserva: el huevo telolecito (para entendernos, del tipo que nos comemos frito). La energía química almacenada en el vitelo (la yema) posibilitaba el correcto desarrollo embrionario de la descendencia.

Sin embargo, las mamíferas (salvo las monotremas, las hembras de ornitorrincos y equidnas) no ponemos huevos y nuestros óvulos carecen de vitelo (son huevos alecitos). Hemos perdido esta capacidad pero ha sido un efecto colateral a una conquista muy ventajosa. Me refiero a la posibilidad de realizar el desarrollo embrionario en el sitio más seguro del mundo: en el interior de otro ser.

La madre mamífera, en el hotel de lujo que le brinda al embrión (y, después, al feto), le ofrece todos los servicios intrauterinamente. En primer lugar, eso implica protección mecánica. Una vez asegurado que nada ni nadie va a aplastar o a comerse los huevos, el desarrollo embrionario intrauterino ofrece también protección térmica. Por mucho frío o calor que haga fuera, mami garantiza una confortable y constante temperatura óptima para la diferenciación de tejidos y su progresiva configuración en órganos, aparatos y sistemas.

No obstante, la protección más importante es el suministro de recursos. La placenta, esa estructura única en el reino animal formada al alimón por dos seres diferentes, se encarga de nutrir, de oxigenar y, por si fuera poco, de retirar los desechos generados por el metabolismo embrionario y fetal. Y todo lo hace a través del simple/complejo cordón umbilical.

La leche y la succión

A pesar de salir bastante desarrollados (con excepción de los marsupiales, que completan el equivalente a nuestra etapa fetal en el interior del marsupio), los mamíferos neonatos no son autosuficientes. Aún no son capaces de alimentarse por sí mismos. Sigue siendo la madre la que garantiza la supervivencia a través de la secreción de glándulas sudoríparas brillantemente transformadas en glándulas galactóforas secretoras de un sudor muy modificado: la leche.

Pero la admiración ante este milagro evolutivo no para aquí. Repartidas las glándulas por una amplia superficie corporal, el neonato tenía que lamer el vientre materno para alimentarse y se perdía mucho de este nutritivo fluido.

La concentración de estas glándulas en mamas fue un paso muy significativo que aumentó la eficiencia del proceso de lactancia. Mucho más lo fue la concentración de los conductos galactóforos de las glándulas de una mama en ese prodigio evolutivo que es el pezón. No sólo tenemos una fábrica de leche sino que, además, la fábrica tiene grifo. El grifo se abre por efecto de dos presiones: una positiva, procurada por las células mioepiteliales (contráctiles) que rodean los lobulillos galactóforos; y una presión negativa, esto es, la succión de la cría.

Para que esta última sea posible, es necesario que el movimiento de lengua y mandíbula aumente el volumen de la cavidad bucal del lactante, lo que supone un efecto aspiradora sobre el pezón. Y llegamos al punto clave de este proceso: la succión es posible siempre y cuando el cierre del sistema sea hermético. Y de eso, precisamente, se encargan los labios. Su musculatura circular, al contraerse, se estrecha progresivamente sobre el pezón sellando el conjunto.

Shutterstock / asph

Y ese ni más ni menos es el origen de los labios y la razón de su éxito evolutivo. Está claro que, como invento, es una genialidad aunque el partidazo que le hemos sacado los homínidos ha sido alucinante. Los chimpancés macho se besan en los labios para hacer las paces tras una trifulca mientras que los bonobos afinan más la lengua y hacen participar a este apéndice carnoso en unos besos mucho más sexualizados entre machos y hembras. Aunque algunas culturas humanas no ven con buenos ojos los besos, la potencialidad comunicativa que la mayoría de los Homo sapiens hemos desarrollado al besar ha sido de un virtuosismo conductual para quitarse el sombrero.

Más de uno está desesperado con la COVID-19 no por el riesgo de contagio, ni por el confinamiento, ni tan siquiera por el desastre económico. Lo que nos impacienta a los más románticos es no poder disponer a voluntad de uno de los regalos más grandes concomitante a la evolución de los mamíferos. Como suplicaba El Canto del Loco: “Besos, eso es lo que quiero, besos (…)”.The Conversation

A. Victoria de Andrés Fernández, Profesora Titular en el Departamento de Biología Animal, Universidad de Málaga

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation