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La triste historia de Carlota Rosales


"Retrato de Carlota Rosales realizado por Concha Mayordomo (2020) para el proyecto "Mujeres en el arte" "Retrato de Carlota Rosales realizado por Concha Mayordomo (2020) para el proyecto "Mujeres en el arte"

Nacer en el seno de una familia de artistas es un arma de doble filo, también lo es haber tenido un padre con gran reconocimiento profesional y buena prueba de ello es la triste historia de Carlota Rosales Martínez de Pedrosa.

Nació en Madrid en 1872 y fue la segunda hija del pintor Eduardo Rosales y de Maximina Martínez Pedrosa. Tras el fallecimiento prematuro de la primera hija y el nacimiento de Carlota, la familia Rosales se trasladó a Murcia, pues el pintor había recibido el encargo de los cuatro evangelistas que actualmente se conservan en la iglesia de Santa Cruz en la calle Atocha de Madrid.

Carlota no llegó a conocer a su padre, éste murió de tuberculosis cuando la niña tenía apenas un año, pero durante toda su vida guardó los recuerdos de lo que le contaron las dos personas más cercanas a él, su madre y su tío Fernando Martínez de Pedrosa.

La situación económica de la familia fue tan penosa, que a la muerte del pintor tuvo que celebrarse una subasta pública de obras, obteniendo con ello algún dinero para poder sobrevivir durante una temporada. Desde muy niña, Carlota dio muestras de su afición y capacidad para la pintura, se inició en el mundo del arte de la mano de quien fuera su padrino, el también pintor Vicente Palmaroli, amigo íntimo de su padre.

En 1887, cuando contaba quince años, ganó una beca extraordinaria de dos mil pesetas anuales para asistir a la Academia de España en Roma durante dos años, por lo que viajó a Italia, siempre acompañada de su madre como correspondía por su condición de menor. Así pues, Carlota Rosales, junto a Inocencia Aragón, fueron las dos únicas mujeres pensionadas en la referida institución durante el siglo XIX.

La estancia en Roma era considerada como el premio a una trayectoria, era una beca de especialización, un tiempo de perfeccionamiento y estudio pagado por el Ministerio, de ahí que la beca de Carlota, pese a que tuvo el carácter provisional de dos años, frente a los tres años del resto, fue cuestionada desde un primer momento, pese a que para la adjudicación de esa beca extraordinaria fue determinante la calidad de la pintura de la joven Carlota. En esas primeras obras en Roma pudo demostrar sus avances y la gran influencia que le produjo el contacto directo con el arte clásico que en la ciudad se respiraba. Pero mientras ella avanzaba en sus estudios, también se provocó un incómodo e inesperado desenlace.

Por el hecho de no haber sido obligada a pasar por una oposición, Carlota no fue considerada como una igual entre sus compañeros varones que, por otra parte, mostraron su desprecio alegando la notoria diferencia entre la calidad de sus obras respecto al resto. La juventud de Carlota y sus conocimientos, no podían competir con la amplia trayectoria de los artistas maduros.

Sin embargo, su valedor Vicente Palmaroli, defendió los ataques que le llegaban desde Roma, haciendo hincapié en la sensibilidad heredada por la huérfana, de estar dotada de una superior disposición y de un sentimiento del arte sinceramente semejante al de su padre.

Pidió tener en cuenta que Carlota estaba siendo víctima de los prejuicios de una sociedad que no permitía igualar a una mujer con la misma capacidad que a un hombre. Pero pese a todo el argumento que Palmaroli manifestó, se quiso leer entre líneas, que no era Carlota la merecedora de la pensión, sino la memoria y el compromiso hacia Eduardo Rosales.

Mientras, desde Roma, se agitaba la tensión contra la artista. Se emitió un escrito al Ministerio en el que se comunicaba que la academia estaba habilitada exclusivamente para hombres, por lo que la utilización, por parte de mujeres de dos estudios, podía ser considerado como una flagrante transgresión del reglamento.

Finalmente se decidió que abandonaran los estudios sin poder agotar la beca de dos años concedida, una circunstancia que influyó de manera definitiva en el ánimo y en la formación de la joven Carlota. Como compensación se le facilitó una residencia en Madrid, tanto para ella como para su madre y seguir recibiendo una pensión dineraria proveniente de lugares píos.

Durante su estancia en la Academia conoció a Miguel Santonja, profesor de Armonía en el Conservatorio de Madrid, con quien se casó en 1896. Desde ese momento la pintura pasó a ocupar un segundo plano en la vida de Carlota, abandonó una prometedora carrera pictórica, en pro de su familia, no sin antes participar en algunas de las ediciones de la Exposición Nacional de Bellas Artes, como en la de 1895, cuando consiguió una Mención de Honor. Carlota, volcó sus dotes artísticas en la formación de su hijo Eduardo y de sus cuatro hijas Elena, Concepción, Josefina y Trinidad, continuando así una saga familiar de artistas en diversos ámbitos.

http://conchamayordomo.com/mujeres-en-el-arte/

 

Artista multidisciplinar, comisaria independiente, gestora cultural y directora de cursos de arte.

Premio ARTE Y CULTURA 2019 en la XII edición de los premios PARTICIPANDO CREAMOS ESPACIO DE IGUALDAD.

Colabora con el Blog MUJERES de EL PAÍS, Huffington Post y en TRIBUNA FEMINISTA.

Sitio web: www.conchamayordomo.com