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Almudena Grandes vuelve con “La madre de Frankenstein”, novela en la que cuenta los años centrales de la década de los 50, y quinto volumen de la serie “Episodios de una guerra interminable”.

Concepción Arenal, ética y filosofía de la compasión

La escritora, crítica y profesora de literatura Anna Caballé acaba de obtener el premio Nacional de Historia de España por su biografía sobre Concepción Arenal.

Rebeca Grynspan: “Me hice feminista para luchar porque todas podamos llegar”

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Silvia Gil: “A las mujeres no se nos da la autoridad, tenemos que pelearlar”

Conocimos a Silvia Gil cuando le entregaron un premio. Enfundada en su impecable uniforme, con el tricornio bajo el brazo, cruzó el patio que conduce al salón de actos del CSIC con determinación y paso firme.

María Eugenia Gay: “Las mujeres debemos reivindicar lo que nos corresponde”

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Lita Cabellut: “En el pueblo gitano hay una generación con hambre de liberarse”

Lita Cabellut es una de las artistas españolas más cotizadas del mundo, con una vida y obra únicas. Afincada en La Haya (Holanda) ha visitado Madrid recientemente para participar en un debate sobre “Mujeres excepcionales”.

Anna Ferrer, 50 años ayudando a los “intocables”

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Abolicionista, así se declara Mabel Lozano a quien el activismo y el cine le han servido para dedicar su vida a luchar contra la explotación sexual.

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Un 14 de marzo como otro cualquiera


Abrió la puerta y cuando entró en la casa pudo ver el rostro extraño de su madre. Mamá tú escondes a alguien. ¿Yo?, qué dices a quién voy a esconder yo? Siempre estás igual con tu vida de novelas, imaginando cosas que no existen aquí y allá. Quita, quita, me aburres con tu imaginación absurda, -dijo la madre de Elena.

Entró Luisa, la hermana de Elena, nerviosa, como con algún mensaje que dar a la madre de ambas. La madre, Concha, hizo un gesto a Luisa como diciendo después, después. Elena pudo apercibirse de la señal con toda claridad, logró sin querer, sentir el nerviosismo que latía en el ambiente. Prepararon las lentejas de ese día. Estaban programadas: las lentejas, se programan. 

Y qué -habló la madre a Elena- ¿no sales hoy a ver a tu amiga Carmen como de costumbre? ¿No tienes nada que hacer hoy en la biblioteca ni en ninguna parte?

-Pues...no, hoy la verdad es que no tengo ganas de ir a ninguna parte, me duele la cabeza y por eso he aprovechado para visitaros...-asintió con cierta convicción Elena. (Pero veo que no soy muy bien recibida. pensó para sus adentros.) ¿Qué pasa hoy?

-¿Hoy? ¿Hoy? pues no pasa nada hoy, hoy no pasa nada, ¿Qué tendría que pasar?-hablaba Luisa.

-Vale, vale, -contestó Elena, he venido a comer con vosotras y no tengo ningún interés en que nos sermoneemos, ninguno. Solo que os encuentro raras, como si quisierais ocultarme algo.

-Se abrió la puerta del baño. Elena quedó estupefacta.

-Vaya, hombre, -dijo la madre.

Era la tercera hermana, Isabel a quien Elena no veía desde hacía muchos años, porque se había ido a vivir a Irlanda, pero no era esa la única razón. Isabel tenía por marido un ser insoportable que la había llevado a anularla completamente como persona y por consiguiente a romper todo tipo de lazos con su familia. Consiguió que fuera una inútil, sin más, so pretexto de protegerla o algo así. Ese falso amor.

-Pero ¿por qué me ocultáis que está aquí Isabel?, corrió a abrazarla, pero se dio cuenta de que algo pasaba, la encontró muy desmejorada, tenía un ojo más cerrado que el otro y le faltaba un trozo de cabello justo en la entrada de la frente, tenía sangre. ¿qué ha pasado? por qué ¿estás aquí escondida verdad?

-¡Madre! –Asintió Elena- es mi hermana, ya vale de números, somos una familia. Sí...sí...yo lo hacía por ti. No quería preocupar a nadie, dijo la madre. -Pero no diga usted tonterías, hombre, -habló Elena alzando la voz con carácter y firmeza.

Elena aunque en efecto era la bohemia de la familia, en los momentos de dificultad era la única que sabía establecer orden, calma e inteligencia a las situaciones. Bueno, vamos a ver, ¿por qué estás aquí Isabel? Hemos venido Antonio y yo a la fiesta de licenciatura de Carlos, rompió a llorar. Caramba con mi sobrino ya es médico...como pasa el tiempo. Bueno, -intentando mantener la calma y encontrar explicaciones- bueno, bueno, calma, bien, fenomenal, habéis venido a Madrid para la licenciatura de Carlos y tu marido y tu, supongo que os habéis alojado en un superhotel como de costumbre ¿no? Si, sí, efectivamente.

-Y Carlos está bien...Sí -dijo Isabel- está muy contento, ayer el decano le condecoró con una medalla al mejor alumno de su promoción...

-Entonces ¿por qué lloras?

-Se hizo un desolador silencio entre las cuatro mujeres. ¿Y tu marido?

-Se miraron con complicidad, en la mirada de Isabel se sentía complacencia, alegría, rotundidad. La madre solo miraba a la pared con decisión y firmeza.

-Mi marido...ha muerto.

-¿Queeeeé?-gritó Elena, ¿que se ha muerto?

-No, lo he muerto.

-A ver, a ver, a ver (decía esto toqueteándose el rostro y el cabello que se lo movía a derecha y a izquierda). Sus dos hermanas y la madre permanecían en desolador silencio, en el silencio de la complicidad. 

-Pero ¿qué has hecho mujer? ¿Has matado a tu marido? -bien, bien, bueno, no, mal, mal, quiero decir... (Toda nerviosa) es cierto que era un hombre...pero no se debe matar, Isabel, ¿qué has hecho mujer?

La madre dijo: aquí no ha pasado nada ¿te enteras? Nada. Tu hermana ha estado aquí todos estos días con nosotras cuidándome ¿te enteras?. Y su marido, pues no sabíamos nada de él desde hacía tiempo. Nadie la vio entrar al hotel porque tu hermana no puede mostrar las heridas y los bofetones. De modo que por fin, no ser nada en la vida, ha salvado su vida. Hay que aprender a morir para poder vivir. No lo olvides.

- Ya madre, lo sé. Sí, sí....pero puedo saber cómo ha sido el asunto, qué pensáis hacer?...La policía...

Ese desgraciado al final ha salvado la vida de Isabel, al menos tanto calvario ha servido para algo.

¿Por qué dice eso madre? preguntó Elena. Ya conoces el sufrimiento de tu hermana Isabel, y no te voy a recordar las situaciones por las que ha tenido que pasar ella, no lo recuerdo porque me da vergüenza pensar, que el padre de tus propios hijos pueda llegar a tratar así a la que se supone debería ser la mujer más sagrada. No lo voy a recordar, porque si lo recuerdo, justifica cualquier asesinato, soy una madre. Lo cierto es que tu hermana en su debilidad y sufrimiento ayer iba a suicidarse tirándose por una de esas ventanas tan grandes de ese tan estupendo Hotel donde se alojan cuando vienen de Irlanda.

-Y...

-Pues que por un fallo que ese...bueno que Antonio quiso evitar, tras un forcejeo y algún tortazo que pensaba propinar como de costumbre a tu hermana cuando vio que la pobrecilla desesperada, harta de ser invisible, quería poner fin a su vida, perdió el sentido porque estaban en la terraza y fue él quien cayó por el edificio.

-¡Ah!...gritó Elena, horrorizada. Vale, vale....bien (qué bien, qué bien se decía por dentro) pues...nada, no os preocupéis, ahora volveremos a estar las cuatro juntas...abrazó a su hermana Isabel con gran alegría por cierto...Haremos entonces lo que sea necesario...

-Sí -dijo la madre- haremos todo, todo, lo que sea necesario para convencer a la policía.

-De acuerdo, de acuerdo...Elena fue a la cocina y preparó las lentejas, se pusieron a comer. Nunca un hermanamiento había sido tan visible y tan grande. El silencio invadió la estancia. Como huidas de una guerra y salvadas de ella, se reunieron alrededor de la mesa camilla que presidía: la madre. Una sonrisa de complicidad y de triunfo invadió aquel hogar humilde y honesto. Aquella fue la comida de la liberación, un día remarcable de la existencia humana, un 14 de marzo.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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