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Lita Cabellut: “En el pueblo gitano hay una generación con hambre de liberarse”

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Anna Ferrer, 50 años ayudando a los “intocables”

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La mujer más peligrosa


Foto de archivo de Emma Goldman (izquierda) izquierda y Alexander Berkman (derecha) en 1918. / Foto coloreada por el El Obrero. Foto de archivo de Emma Goldman (izquierda) izquierda y Alexander Berkman (derecha) en 1918. / Foto coloreada por el El Obrero.

Emma Goldman nació en la Rusia zarista, en Kaunas (hoy Lituania), en 1869. Su infancia transcurrió en San Petersburgo bajo la sombra de un padre severo y machista que la preparó para una vida de domesticidad. Emma recordaba a su progenitor en sus memorias como “la pesadilla de mi infancia”. Cuando se le presentó la oportunidad de huir a América junto con su hermana Helena no lo pensó dos veces, llevaba desde los trece años trabajando en una fábrica textil y su padre acababa de acordar “a buen precio” su boda. En 1886 desembarcó en Nueva York, la Tierra Prometida. Dejaba atrás su Rusia natal pero se llevaba con ella la rebeldía que siempre la acompañaría y el modelo a seguir, el de mujeres rusas antizaristas como Vera Figner, Olga Liubatóvicht o Elizabeth Noválskaya, mujeres que vivían para la revolución y no para los hombres.

La Tierra Prometida se desmoronó para ella en 1887 a raíz del ahorcamiento de los Mártires de Chicago, chivos expiatorios del motín de Haymarket en que se pedían mejoras laborales. América también tenía sus limitaciones y una revolución pendiente. Emma Goldman había estado implicada en la cuestión desde el primer momento. Había hecho campaña en favor de los acusados y había sido consciente de todas las discriminaciones presentes en la sociedad norteamericana. Ella como trabajadora industrial, mujer, inmigrante, de origen ruso, judía, recién divorciada de un compañero de la fábrica y joven, las sufría todas en carne propia. Las cosas tenían que cambiar.

Se dedicó a la lucha obrera en cuerpo y alma a partir de entonces, poniendo su vida al servicio de la misma. Asumió la defensa de Alexander Berkman, su compañero inseparable, acusado del asesinato fallido del empresario Henry Clay Frick, célebre por usar a pistoleros para dispersar las protestas de los trabajadores.

Las detenciones y las estancias en la cárcel se hicieron frecuentes (en 1893 fue detenida por primera vez por abogar por la expropiación de la propiedad privada). Rebeca Moreno, en su libro Feminismos: La historia, va más lejos al afirmar que “tal era el escándalo que suscitaban sus conferencias y tan frecuentes sus detenciones, que solía llevar siempre encima un libro que leer por si pasaba la noche en el calabozo”. Al mismo tiempo, sus proclamas se hacían más y más incediarias: “Pedir trabajo; si no os lo dan, pedid pan, y si no os dan ni pan ni trabajo, coged el pan”.

Pero si sus discursos y reflexiones en torno al derecho a la lucha de los oprimidos la convirtieron en una bestia negra para las autoridades puritanas estadounidenses, sus reflexiones sobre el feminismo no dejaban indiferente a nadie. Fue célebre su equiparación del matrimonio con la prostitución:

“No existe un solo lugar donde la mujer sea tratada en base a su capacidad de trabajo, sino a su sexo. Por tanto, es casi inevitable que deba pagar con favores sexuales su derecho a existir, a conservar una posición en cualquier aspecto. En consecuencia, es solo una cuestión de grado el que se venda a un solo hombre, dentro o fuera del matrimonio, o a muchos. Aunque nuestros reformadores no quieran admitirlo, la inferioridad económica y social de las mujeres es la responsable de la prostitución”. Mantuvo de hecho una relación muy cercana con las prostitutas, que a menudo la ayudaban a esconderse y a huir de la policía y cuyas reivindicaciones hizo suyas.

Ideológicamente, era antes una feminista radical que una anarquista. De hecho, utilizó la doctrina anarquista para explicar la opresión de la mujer como algo sistémico, que hundía sus raíces no sólo en las instituciones sino en el ámbito de las mentalidades. Por ello precisamente, su ideario se situaba fuera del pensamiento feminista del momento, cuyos preceptos y estrategias Emma despreciaba. Tal era el caso de la lucha por el sufragio, pues para ella la vía para la emancipación de la mujer no pasaba por participar de la sociedad burguesa. Sus ideas tenían más puntos en común con el socialismo, pero desconfiaba de los partidos y de cualquier forma de participación política. Sólo el anarquismo era capaz de aportar respuestas, al identificar por igual a Dios, el Estado, la sociedad y el “tirano inconsciente” presente en cada hombre como las causas de la opresión femenina. Del mismo modo, afirmaba que la única vía para lograr un cambio social real era, inevitablemente, la revolución. Fue de las primeras voces que defendieron la homosexualidad y el uso de anticonceptivos, lo que le granjeó no pocos enemigos. En esencia, tanto su vida personal como su pensamiento avant-garde la situaban a años luz de su tiempo. Pero lo cierto es que ella misma jamás buscó ningún tipo de aprobación. Esa fue su rasgo más destacado: Un pensamiento tan radical como libre.

Sospechosa de estar implicada en el asesinato del presidente William McKinley, extremo que ella siempre negó, y tras haber protagonizado una intensa campaña en contra de la intervención estadounidense en la Gran Guerra, fue finalmente deportada a Rusia en 1919.

El artífice de su expulsión fue el mismísimo Edgar Hoover, director del FBI, el mismo que la calificó sin paliativos como “la mujer más peligrosa del mundo”. No lo era tanto, y Hoover lo sabía, pero simbolizaba una etapa en la que, a sus ojos, habían sido demasiado permisivos con los agitadores de masas. Y era una época a clausurar ahora que la experiencia rusa había demostrado que la revolución ya no era peligro remoto.

Permaneció en Rusia hasta 1921. Tras un primer momento en que se sintió profundamente implicada con los “camaradas” rusos, en poco tiempo pasó a la desilusión. Pronto rechazó la deriva autoritaria de los bolcheviques, así como el recurso al parlamentarismo en detrimento de la acción directa. Sus impresiones quedaron contenidas en dos textos: Mi desilusión con Rusia y Mi posterior desilusión con Rusia. Pero no era propio de ella quedarse en las palabras, por lo que tomó parte en 1922 en la sublevación anarcosindicalista de Kronstadt contra los bolcheviques.

Tras esto, Goldman inició un nuevo exilio en el que tras una pequeña escala en Canadá se estableció en Gran Bretaña gracias al apoyo de la izquierda laborista. Durante una breve estancia en Saint-Tropez sintió por primera vez el impulso de escribir sus memorias: “Descubrí con gran desconcierto que la vejez, lejos de ofrecer sabiduría, madurez y sosiego, suele ser fuente de senilidad, estrechez de miras y rencores. No podía arriesgarme a esa calamidad y empecé a pensar seriamente en escribir mi vida" Gracias al mecenazgo de Peggy Guggenheim pudo dedicarse a sus memorias, Viviendo mi vida, que pronto cosecharon un enorme éxito internacional.

Su último combate lo libró en España durante la Guerra Civil. Si bien las autoridades británicas obstaculizaron por todos los medios su traslado a la península, logró realizar tres largas visitas durante las cuales conoció las experiencias colectivistas en el frente del Ebro y pudo conversar con Buenaventura Durruti (a quien dedicó un vehemente artículo titulado Durruti is dead, yet living). La persecución del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) en la primavera de 1937 le preocupó profundamente y le obligó a romper la equidistancia que hasta entonces había mantenido respecto al marxismo y al trotskismo. A pesar de ello siguió trabajando desde Gran Bretaña para los más vulnerables en la Comisión de Ayuda a Mujeres y Niños Sin Hogar y en la Solidaridad Internacional Antifascista.

Emma Goldman hizo de la revolución su vida, y de su vida una revolución. Y el feminismo, su feminismo radical y libre, era parte de esta revolución. Así lo proclamó en sus mítines: “Exijo la independencia de la mujer, su derecho a mantenerse a sí misma, vivir para ella, amar a quien le plazca, o a tantos como le plazca. Exijo libertad para ambos sexos, libertad en la acción, en el amor, en la maternidad” Para ella, las mujeres debían imponer su lucha por la emancipación como una parte irrenunciable de la lucha obrera pues, tal como afirmaba "Si no puedo bailar, no quiero estar en su revolución".

Falleció en Toronto el 14 de mayo de 1940.

Doctora en Historia Contemporánea. Autora de diversos libros y artículos sobre el Catolicismo y la Guerra Civil española.