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Obrera: tuércele el cuello al ángel


Se ha estudiado con bastante prodigalidad el rol de la mujer en el hogar, el ángel del hogar en su contexto especialmente centrado en lo burgués. Me cansan esos modelos. Su cometido como perfecta esposa o perfecta mujer se centraba especialmente en la maternidad y en el culto a la domesticidad, el culto a limpieza, el cuidado de todos. Su futuro se circunscribía en su trayectoria social a no alejarse de la familia.

Esta concepción del papel de la mujer como «centro moral» de la clase media (Jagoe, 1998: 27) no podría haber sido posible si no fuese por el cambio de perspectiva sobre la definición histórica de la naturaleza de la mujer que no se produce hasta el siglo XIX. Fue en este momento cuando, atenuándose el carácter misógino del discurso que había predominado hasta el momento y que caracterizaba a la mujer como un ser moralmente bajo, vil y corrompedor del alma de los hombres, se pasó a reformular la imagen femenina desde el punto de vista de la fragilidad y la pureza. Estas cualidades positivas que se desprendían de su reclusión en el ámbito protegido del hogar, siempre fueron bajo el amparo del hombre. Empezaron entonces a proliferar discursos acerca de la mujer como ser etéreo y puro, imagen surgida como consecuencia de la idealización de la que el sujeto femenino estaba siendo objeto desde la retórica de la domesticidad, llegándose incluso a producir una inversión en los roles de género pues, como señala Catherine Jagoe (1998: 26) «no es la mujer sino el hombre el que es el pecador empedernido, el ser caído, la carne débil: “la mujer” se conceptuaba como un ser moralmente superior por su abnegación y su capacidad para amar, perdonar y consolar». A Jagoe en esto no la comprendo, tengo que reconocerlo.

Estas cualidades apuntadas por Jagoe forman parte de las características particulares que definían el nuevo modelo de mujer surgido del ideario burgués del XIX: el ángel del hogar. La candidez y la bondad de esta nueva mujer fruto de la idealización a través de la retórica de la domesticidad la convertían en la esposa y madre ideal capacitada para cuidar del ámbito privado del hogar que, bajo la importante influencia de la religión en el discurso de la época, llegaba a equipararse con un pequeño paraíso inmaculado en el cual el ángel podía desenvolverse con total tranquilidad, procurando siempre el bienestar de la familia.

El nuevo modelo de mujer se definía en parte por la inherencia de estas características angelicales al género femenino que, por su mayor grado de sensibilidad y falta de capacidad intelectual en comparación con el varón, estaba predispuesto por su naturaleza a entregarse a este tipo de cuidados y trabajos relacionados con el hogar y la familia. Además, en este nuevo modelo la mujer pasa a ser siempre definida por su relación con el entorno en el que habita y las funciones que en él desempeña –dedicada esposa, abnegada madre‒, produciéndose una negación de la mujer como sujeto individualizado a consecuencia de un nuevo discurso de homogeneización que prescribe su figura en términos de un entorno doméstico idealizado, negándose –como apunta Aldaraca (1992: 46) «la presencia real de la mujer como individuo, es decir como un ser dotado de una cierta autonomía social y moral». Este discurso de designación claramente burgués, con sus privilegiadas mujeres que lograron estudios y posición –Pardo Bazán es un ejemplo- no profundiza en absoluto en el ideario de verdad y realidad en que se circunscribe un todo y es: la inadmisible anulación de la mujer en el trabajo asalariado.

El correcto desarrollo del trabajo doméstico y su eje central se vería transgredido al romper un código de comportamiento de género que rechazaba absolutamente la presencia femenina en el ámbito público. Pese a la realidad generalizada del trabajo remunerado de las mujeres, de las obreras y de su aportación económica decisiva a una economía familiar, paradójicamente, era suscrito por los obreros que incluían las mismas pautas de definición del ámbito del hogar y doméstico para la mujer.

Tristemente Nasch (1981) y mal que nos pese, el pensamiento obrero español del siglo XIX no elaboró una propuesta alternativa de identificación cultural de género que definiese a las mujeres trabajadoras como tales. Claro que no. La aceptación del discurso doméstico en los ámbitos obreros el rechazo de la presencia femenina en los mercados laborales, fue evidente. El ángel del hogar es el argumento justifico de la no integración en las sociedades obreras de pleno. “Se les ha considerado siempre moral y físicamente por un sexo débil y como a tales exentas y excluidas de los cargos, aficiones, faenas y trabajos propios de los varones. Pasch, (1981: 617). En La Democracia en un artículo de 1884 se denunció la degradación humana y la funesta influencia que el trabajo de la mujer en las fábricas tiene sobre la moral y la higiene. De ahí que la independencia económica de la mujer se considerara como un desorden peligroso del orden de la familia y de la jerarquía de mando del poder del hombre que se veía en situación de peligro absoluto. Un manifiesto obrero de 1886 Nasch (1981: 617) describe su protesta por la mano de obra femenina en las fábricas e incide en las consecuencias nefastas que esto representaba en el deterioro de la jerarquía de género en el seno de la familia obrera.

Los obreros estaban en contra del trabajo femenino en las fábricas y eran especialmente reacios al ejercicio del trabajo remunerado en el caso de las mujeres casadas. Damos por hecho que las circunstancia son distintas, las de la clase obrera versus la clase burguesa, sí, lo sabemos, pero, el discurso de la domesticidad transcendió la clase, porque el hombre casado debía ocuparse de proveer a su esposa y familia. Esta respuesta del hombre de la caverna que sale a cazar mientras su esposa no, permanece hoy. No sucede nada en ese caso, siempre que la persona ejerza su propia libertad. Hay mujeres cuya forma de amar a su esposo y futura familia consiste en abandonar todo y centrarse en ello. También es lícito que el hombre lo pueda hacer. Faltan leyes –como las que existen en Francia- que amparen ese derecho de no perderlo todo y volver a empezar cuando has criado a tus hijos.

La amenaza sigue viva. Muchos hombres hoy siguen sin soportar obedecer a una jefa, o reconocer la inteligencia de sus compañeras. Los tiempos van cambiando, y lo que es terreno personal come decidir libremente si cuidas a tu amante o no, todavía está en el aire en los ambientes universitarios, intelectuales y de “alta cultura” el cuestionamiento del mando del equipo femenino, muchas veces por las de tu equipo. Yo digo que no hay equipo, hay personas. A ver si nos vamos enterando, pero a algunas nos cuesta infinitamente más trabajo que a otros, hacernos un hueco en las inteligencias que marcan la vida de un país y sobre todo, que lo reconozcan. La anagnórisis, no existe, al menos para mí. La lucha feminista continúa, porque todavía estamos a diario defendiendo desde el frente y no desde la butaca, como muchas que se hacen pasar por feministas, pero que en su vida han tenido que luchar de frente con el estado de la cuestión: la caquexia social.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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