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La profecía autocumplida de Camille Claudel


Foto de Camille Claudel. / Archivo. Foto de Camille Claudel. / Archivo.

La obra más importante de la escultora Camille Claudel, La edad madura (1895), es más que arte: Es un reflejo lúcido y emotivo de su propia, y trágica, existencia. Al frente del grupo escultórico un hombre que se aleja llevado de la mano por una mujer. Tras ellos, de rodillas, rota de dolor, una tercera figura joven y sensual, la propia Camille. El conjunto plasma con una sinceridad arrebatadora la dramática historia de amor entre Camille y su maestro, Auguste Rodin (1840-1917), y cómo éste siempre se negó a romper con la que luego sería su mujer, Rose Beuret (1844-1917). Las figuras desnudas envueltas en drapeados logran un efecto de movimiento, de velocidad, sin parangón. Pero, sobre todo, muestran sin ambages la verdad de los personajes, sus pasiones y flaquezas. Ésta fue siempre la principal preocupación artística de Claudel.

Olvidada durante mucho tiempo, Camille Claudel tiene desde 2017 museo propio en la localidad de Noguent-sur-Seine (Champaña). En el mismo, a través de una colección de más de 300 obras, se trata de dar a la artista el lugar que merece.

Aunque, para ser justos, el propio Museo Rodin en París ya había reconocido su importancia al emparejar en su visita las obras de Claudel con las de Rodin. Explicitaba así la mutua influencia que ambos artistas habían tenido el uno sobre el otro y los años de aprendizaje conjunto y experimentación que compartieron. Colocar en el museo las obras de Claudel había sido el deseo expreso del propio Auguste Rodin (1840-1917). ¿Era un modo de reconocerle la influencia que había tenido en su obra? Nunca lo sabremos.

Camille Claudel nació el 8 de diciembre de 1864 en Fère-en-Tardenois, Aisne. Desde muy pequeña su juego favorito fue retratar en figuritas de barro a sus allegados, entre los cuales destacó su hermano Paul, que más adelante se convertiría en un reconocido poeta y diplomático.

En 1883, Camille ingresó en la Academia Colarussi y conoció a Auguste Rodin, que en ese momento trabajaba en Las puertas del Infierno. Aunque el punto de partida e inspiración de Auguste Rodin para la obra eran las de Ghiberti, que él mismo había admirado en Florencia, él logró dotarlas de una emoción tan flor de piel que le convirtieron en un escultor de prestigio. Claudel comenzó a colaborar con él en sus obras (de hecho, modeló las manos y los pies de Las puertas de infierno), a la vez que se convirtió en su musa (en varias obras de Rodin encontramos las facciones de la joven) y amante. El tenía 43 años; ella, 19. Los rumores pronto comenzaron a circular por París y la madre de Camille, avergonzada por un modo de vida que no compartía, la obligó a abandonar el hogar familiar.

Pero ella fue mucho más que la amante del maestro. En obras como Sakountala (1888) o El Vals (1892) dejaba ya testimonio de su extraordinaria capacidad para modelar figuras rebosantes de emoción.

Ella y Rodin trabajaron mano a mano durante años, en un intercambio fulgurante de ideas hasta el punto que a veces se confunde la autoría de sus obras. Sin embargo, Rodin nunca se mostró dispuesto a abandonar a su pareja, Rose Beuret, ni a sus otras amantes. Su relación, que en lo profesional resultó muy enriquecedora para ambos, en lo personal se convirtió en un infierno de celos obsesivos, pasiones enfermizas y degradación para Claudel, que alcanzó su punto más bajo al verse obligada a abortar el hijo que esperaba con el escultor.

Rodin, por su parte, continuaba con su vida con normalidad y no dejaba de cosechar éxitos. Entre 1884 y 1895 trabajó en la que sería su gran obra: El monumento a los burgueses de Calais. Se trataba de una obra conmemorativa encargada por la ciudad con motivo del quinto centenario de su liberación de manos de los ingleses. Para poner fin al asedio, en 1346 y durante la Guerra de los Cien Años, el rey Eduardo III había puesto como condición la entrega de seis ciudadanos notables de la villa para ser ejecutados. Su sacrificio, que fue finalmente eludido gracias a la intervención de Felipa, mujer de Eduardo III, había de salvar al resto de la población.

Rodin representó la escena con intensidad y dramatismo: Los burgueses se entregan para morir si es preciso. Su espíritu de sacrificio representa el de todos los franceses. Caminan descalzos, humillados, con la cabeza descubierta, cuerdas al cuello y las llaves de Calais en las manos. Pero al mismo tiempo, cada uno de ellos es retratado de modo personal y exteriorizando sus propias luchas internas: Eustache de Saint-Pierre muestra la resignación de la madurez y Jean de Fiennes personaliza la juventud sacrificada. A su vez, Jean d’Aire avanza resuelto mientras Jacques de Wissant requiere el consuelo del compañero y Andrieu d’Andres incluso expresa su desesperación llevándose las manos a la cabeza.

La obra resultó muy polémica, especialmente para los academicistas, puesto que ponía la libertad expresiva del artista por delante de la perfección artística. Pero nada de eso importaba para Rodin, si algo había aprendido de sus años de experimentación junto a Claudel es que lo único que realmente importaba era plasmar la voz del personaje y del artista, su verdad. Ello le dio la fama.

En 1898 Camille Claudel finalmente reunió la fortaleza para romper con Rodin. Pero lejos de arrancarla de la depresión la sumió en ella todavía más. Fueron años de actividad creativa desenfrenada y obsesiva, en los que creó, entre muchas otras, su obra más conocida: La edad madura, hoy en el Museo de Orsay, y a la que nos referíamos antes. Pasaba largos periodos encerrada en su taller y comenzó a mostrar síntomas de locura. A partir de 1905 comenzó incluso a destrozar sus propias obras, principalmente sus tiernos retratos de niños, que le hacían recordar su malograda maternidad. Para entonces, su padre, su principal valedor, ya había fallecido, y su hermano Paul se encontraba destinado en China. Fue su madre, que nunca le perdonó su inmoral modo de vida, la que decidió su internamiento en 1913 en el sanatorio de Ville-Evrad.

En 1917 Auguste Rodin finalmente dio el paso y se casó con Rose Beuret. Un último reconocimiento tras largos años de maltrato en los que él siempre le recordó a ella sus bajos orígenes y su condición de analfabeta. De hecho, nunca le permitió acompañarle a ningún evento alegando avergonzarse de su incultura. Ella falleció apenas dos semanas después de la boda. Él lo hizo cuatro meses después.

Mientras tanto, Camille Claudel seguía recluida. Ya nunca recuperó la libertad hasta su fallecimiento en 1943 en la residencia psiquiátrica de Montdevergues. Fue enterrada en una tumba sin nombre en el propio establecimiento. Ella, que había sido tan libre, pasó los últimos treinta años de su vida encerrada y a menudo atada a la cama. De nada sirvieron las cartas que envió a su familia pidiendo que la dejaran salir. Acabó convertida en una nota al margen, prescindible, de la biografía de Auguste Rodin.

Doctora en Historia Contemporánea. Autora de diversos libros y artículos sobre el Catolicismo y la Guerra Civil española.

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