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Emilia Pardo Bazán, periodista y cronista de viajes


Emilia Pardo Bazán / Archivo. Emilia Pardo Bazán / Archivo.

Reflexiones sobre su visita a Núremberg

No basta, para llamarse intelectual, concurrir a círculos de carácter más o menos docto, ni hojear revistas, ni tragar libros, ni derramar penosa o descuidadamente, en artículos de periódico, los frutos de lo que no me atrevo a llamar ingenio; el intelectual necesita, sobre todo, inteligencia, una inteligencia fecundizada por el estudio, y no recargada de lo que en ella no cabe; una inteligencia que domine a la sensibilidad pero no la suprima: una inteligencia que perciba lo bello y lo sepa expresar cumplidamente. Emilia Pardo Bazán

He elegido este texto como frontispicio porque considero que en este año 2021, en el que se conmemora el primer Centenario de su muerte, es recomendable y prudente huir, por fin, de tópicos y lugares comunes y contemplar en su verdadera dimensión e integridad la figura de Emilia Pardo Bazán.

Escritora de gran talla. Conoció a fondo el naturalismo, viajera y cosmopolita, galleguista y, sobre todo, feminista que reivindicó, incansablemente, los derechos de la mujer. Por eso, es obligado contemplar sus distintas facetas para no ofrecer una visión parcial, pobre y sesgada de su vasta obra.

Viajó mucho por diversos países europeos. ¡Qué duda cabe que conocer otras ciudades, otras gentes, otras culturas, otras formas de vida, amplía mucho la perspectiva y el horizonte cultural! Dominaba varios idiomas. Es autora de centenares de crónicas y artículos para publicaciones, no sólo españolas sino latinoamericanas. En su obra no hay el menor signo de gazmoñería. Su estilo periodístico es recio, potente, reivindicativo, agresivo y, al mismo tiempo sensible y cercano.

Quiero centrarme en este breve ensayo, en un viaje que realizó a la ciudad alemana de Núremberg, fechado el 14 de septiembre de 1889. Al igual que Benito Pérez Galdós, a la vuelta de sus viajes, cuyas crónicas publicaba por entregas, solía agruparlos dando origen así a textos de un notable interés, de y sobre viajes que hoy están recogidos en sus obras completas.

¿Qué ocurrió en 1889? Se celebró en París una de las más destacadas Exposiciones Universales. De ese evento ha quedado para la historia la Torre Eiffel como signo de modernidad, donde el hierro ganó la partida a la piedra en los monumentos públicos. Pronto, muy pronto la Torre Eiffel pasó a ser el símbolo de París. En cierto modo se inauguraba no sólo una época, sino una nueva forma de observar y plasmar la realidad.

Emilia Pardo Bazán era una mujer inteligente y sensible. Estaba dotada de una fina intuición para apreciar la importancia de los hechos, lo que tantas veces pasa desapercibido a los cronistas vulgares. Acierta, asimismo, a relatar pormenores, a pintar con colores vivos, a captar los ambientes y, por encima de todo, nunca pierde de vista lo que puede interesar a sus lectores, que es lo esencial en una periodista de raza.

Como cronista de viajes se caracteriza por su naturalidad, espontaneidad y por saber encontrar siempre ángulos amenos, desde los que descubrir a sus lectores –y lectoras- ya que cada vez se incorporan en mayor número, lo que puede resultarles no sólo más ilustrativo sino de mayor interés. Es rigurosa, pero no cae nunca en una erudición hueca ni en la pedantería tan al uso de quien aprovecha este tipo de periodismo cultural para ‘lucir’ sus conocimientos, henchidos como ‘pavos reales’.

¿En calidad de qué visita París? Como corresponsal, puesto que hacía ya algún tiempo que había decidido vivir de su trabajo, como medio para conquistar y mantener la independencia que tanto le costó alcanzar.

Es patente su originalidad. Analiza las cosas por sí misma, procurando evitar los prejuicios y los lugares comunes. Podría decirse incluso que sin restar un ápice de valor literario y humano a sus descripciones, cuando es necesario, también deja que aflore a su pluma lo que le dictan los ojos del corazón.

Finalizada la visita a la Exposición y sus impresiones de París, completa este viaje explorando algunos lugares de Suiza y de Alemania, donde realiza una crónica de Núremberg, que considero formidable.

La ciudad nuremburguesa le impresiona y capta, vivamente, su atención. Lo primero que le sorprende es lo bien conservada que está. Lógicamente, su visita es anterior a los bombardeos que sufrió durante la Segunda Guerra Mundial. La que denomina en su crónica ‘Ciudad Gótica’, le fascina por la impresión de tiempo detenido. Le produce una sensación de admiración tanto su belleza como su recogimiento.

La cultura de doña Emilia es muy amplia, le interesa Durero, por ejemplo y por ello localiza y visita la Casa-Museo del pintor, haciendo que el lector la acompañe. Construida en 1420, en ella pueden apreciarse los espacios, magníficamente conservados, por cierto, donde el artista realizó muchas de sus obras emblemáticas entre 1509 y 1528. La Casa es un sólido entramado de madera y es, quizás, el único edificio de la época dorada de Núremberg que se conserva. En su interior parece que el tiempo se ha detenido. Todo rezuma sobriedad y autenticidad. Se nos está mostrando ante los ojos un fiel testimonio de una época floreciente de la historia de la ciudad. Llama, especialmente, la atención la vieja cocina y un taller con maquinaria de imprenta, todavía, en funcionamiento.

Es una lástima que hoy, que tanto predomina un turismo masivo y desnortado, muchos visitantes, al contrario que doña Emilia, no encuentren un rato para conocerla y degustarla con todo el sabor prístino que desprende.

Tampoco le pasa desapercibido el famoso sepulcro de San Sebaldo, patrón de la ciudad. Como es sabido, es obra de Peter Vischer y sus hijos. Esta imponente manifestación artística es una obra maestra en bronce del Renacimiento alemán. Rebosa belleza y sobriedad. Doña Emilia supo apreciarla en lo que vale. Verdaderamente causa admiración y sobrecogimiento. Todo en el sepulcro es sobrio y a la par majestuoso, de cinco metros de altura impresiona por su solidez; en otro tiempo estuvo protegida por una reja hoy, perdida.

Las pinturas de Durero que contiene la iglesia de San Sebaldo, así como sus famosas vidrieras fueron desmontadas durante los bombardeos y trasladadas al Castillo de Núremberg.

Doña Emilia también hace referencias a Heinrich Heine, ya que entre sus muchos conocimientos se encontraban los correspondientes a la poesía romántica alemana.

Encuentra placer en callejear, en ir descubriendo rincones y edificios en los que merece la pena detenerse y constatar que el espíritu de Durero se encuentra presente en cada rincón de la ciudad. Lo que podríamos denominar el ‘casco viejo’ de Núremberg lo compara con Ávila, debido a su excelente conservación. Por si todo esto fuera poco, son dignos de mención los consejos gastronómicos que nos ofrece sobre la cocina de Nuremberg, demostrando de paso, el excelente paladar de doña Emilia.

Con exquisita finura y delicadeza evita, cuidadosamente, los escoyos que en forma de visiones superficiales se suelen prodigar en la visita de esta ciudad.

Las palabras, muestran los límites, los miedos, las audacias y la riqueza del interior de quien las plasma. La sensibilidad nunca debe estar reñida con la pasión intelectual por conocer.

Doña Emilia observa los hechos con profundidad y detenimiento. Una mirada que sepa captar lo nuevo forma parte, indefectiblemente, del aprendizaje que un escritor hace del mundo que le rodea y que transmite a sus lectores.

Una parte de este aprendizaje es un adecuado uso de lo que podríamos llamar ‘el arte de la paciencia’. Sabe advertir, con sutileza, que de lo que un periodista debe protegerse al exponer las impresiones de sus viajes es evitar, ante todo, la pesadez plúmbea de los tópicos.

Su hoja de ruta es no ir a la deriva, tener entre ceja y ceja un itinerario espacial pero también cultural e histórico de los lugares que visita e irlo plasmando con autenticidad, realismo y respeto.

Hay que saber romper las normas caducas de contar nuestras experiencias viajeras. Precisamente por eso, huye acertadamente de las caricaturas simplistas y observa, con propiedad, lo que es esencial a la condición humana de cualquier país y cultura.

Existe un reloj interior y quienes están dotados del don de la palabra, saben escuchar sus latidos. Un encuentro con una ciudad que impacta debe ser intenso, para quien la describe y también para los lectores.

No faltan en sus crónicas de viajes enfoques críticos, ni análisis incómodos propios de su carácter rebelde, que antepone la veracidad y los intereses de sus lectores a lo que hoy denominaríamos, ‘lo políticamente correcto’.

No renuncia a captar lo quebradizo y débil, aquello que es propio de un espíritu sensible… y, al mismo tiempo, sin dejarse arrastrar por ensimismamientos y ensoñaciones. Es consciente de que antes de emprender un viaje nos formamos ideas que son en no pocas ocasiones erróneas. La labor del periodista veraz es mostrar, con contundencia, todo aquello que se tiene por cierto pero que la experiencia desmiente.

Emilia Pardo Bazán reconoce abiertamente que antes de visitarla, su idea de Núremberg era un tanto infantil y estaba condicionada por muñecos y juguetes de la Selva Negra, quizás reminiscencias de los cuentos de Hoffman.

Entre sus reflexiones son dignas de mención aquellas en las que aprecia que Núremberg ha sabido mantener el espíritu medieval con su emblemático casco histórico y, al mismo tiempo, dotarse del ritmo y agilidad de una ciudad emprendedora y moderna.

Doña Emilia deja a veces correr la imaginación como cuando cree que por cualquier rincón puede aparecer Margarita, con su cántaro bajo el brazo…, perseguida por la mirada lasciva y golosa de Fausto. Y es que Goethe de alguna forma, también, está presente en los rincones de esta ciudad.

Quien describe los hechos y las emociones de un viaje, sabe apreciar a los artistas que buscan la verdad y no cejan hasta que la dominan y la poseen. Núremberg desprende poesía… pero naturalmente, hay que saber captarla.

La presencia de Durero se percibe por doquier, es rara la tienda donde no hay grabados o dibujos suyos. Núremberg es una ciudad de contrastes. La pluma de doña Emilia los muestra. Junto a la sensibilidad, la poesía y los colores vivos, está presente ‘la sombra del cisne negro’ y los recuerdos más atroces… las huellas que dejaron los nazis a su paso y los célebres juicios que se celebraron tras la Segunda Guerra Mundial. Y es que la historia de una ciudad no está completa si no se van ensamblando los distintos momentos y etapas o, lo que es lo mismo, su pasado… y su presente.

Sabe evocar la magia seductora de un tiempo que ya no existe. Emilia Pardo Bazán encuentra en Núremberg, una de esas ciudades privilegiadas que hay que saber comprender y valorar en todas sus facetas y dimensiones; tanto por su expresión artística como por su belleza.

Nos ha ido dejando en las crónicas de sus libros de viajes impresiones y experiencias que merece la pena rescatar. Me parece interesante y representativo su libro, “Al pie de la Torre Eiffel”, sobre el que volveremos, quizás dentro de unas semanas, para analizar y comentar algunas de sus páginas, que por dejadez de quienes tienen la obligación de conocerlas, apenas se hace mención de ellas, pero que, sin embargo, resultan ilustrativas, agiles y… sobre todo, muy actuales.

En la conmemoración del Centenario de su muerte, a través de las páginas de EL OBRERO, iremos dando cuenta de los actos que se realicen para reivindicar la memoria de doña Emilia.

Sin duda, será interesante la exposición que se anuncia para dentro de unos meses en la Biblioteca Nacional, así como las diversas actividades que tiene previsto organizar el Ateneo de Madrid, al que estuvo tan vinculada, siendo la primera mujer en presidir su Sección de Literatura.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid y actualmente es Presidente de su Sección de Filosofía.