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Desconocemos muchas cosas de Emilia Pardo Bazán... que, sin embargo, son esenciales


(Tiempo de lectura: 6 - 11 minutos)

En España nadie ignora que yo soy una persona

muy independiente, a Dios gracias; que he escrito y

hablado siempre con arreglo a mi modo de sentir

Emilia Pardo Bazán

(Publicado en 1915 en el diario bonaerense ‘La Nación’)

El próximo año conmemoraremos el Centenario de la muerte de Emilia Pardo Bazán. Sería deseable que no tuviese un carácter meramente retórico y protocolario, sino que sea un acicate para repensar su figura, para situarla en el lugar que le corresponde y darle la importancia debida.

Agradecemos a EL OBRERO, su ofrecimiento para que en sus páginas podamos hacer las valoraciones pertinentes a lo largo de todo el año, a fin de que el Centenario sea reivindicativo y eficaz sin deslizarse por el fácil camino de los lugares comunes.

Fue una escritora de talento con una preparación, sensibilidad notable y sobrada de recursos y técnicas narrativas innovadoras. Acertó a trasladar a nuestro país los aspectos esenciales del ‘Naturalismo’, también, se debe poner en valor su galleguismo, su valentía y su libertad de costumbres y, sobre todo, su proto-feminismo.

Estuvo muy vinculada al Ateneo de Madrid que, como es natural, le dedicará diversos actos en su Centenario. En su Casa-Museo de A Coruña se conserva un óleo de Joaquín Vaamonde, que recoge un momento clave, como es una conferencia de doña Emilia, en uno de los salones del Ateneo cuando fue nombrada presidenta de la sección de Literatura, siendo la primera mujer en desempeñar ese cometido.

Se adelantó a su tiempo en la lucha por la igualdad, por la visibilidad social de la mujer y porque tuviera acceso a espacios sociales y culturales que le habían sido, sistemáticamente, negados.

En una España atrasada, cerril, provinciana y con un, a todas luces, excesivo peso clerical se la atacó con saña y fue injustamente zaherida, marginada y denostada. Dotada de una inteligencia sutil y dando pruebas de una voluntad férrea, logró abrirse camino… y no sólo para ella, sino para que las generaciones siguientes pudieran manifestar y hacer públicas sus reivindicaciones: el derecho a una educación igualitaria, al voto o a ocupar espacios políticos, culturales y científicos que hasta ese momento, le habían sido sistemática y sañudamente vetados a la mujer.

Voy a dedicar este pequeño ensayo a hacer unas disquisiciones sobre una novela suya, tenida por menor, pero que no lo es en absoluto. Me refiero a “La Tribuna”, (1883). Es de destacar que terminó de escribirla en la Granja de Meirás. Rememorar esto hoy, finalizando el 2020 tiene, desde luego, su miga.

Doña Emilia a lo largo de su vida tuvo que traspasar muchas líneas rojas. Puede decirse que ‘levantó auténticas polvaredas’ y que protagonizó numerosos escándalos, algunos de ellos muy a pesar suyo.

Me detendré especialmente en los que se produjeron a raíz y como consecuencia de la publicación de “La Tribuna”, veamos ¿por qué? Para una derecha secularmente influenciada por el clero, chapada a la antigua, llena de prejuicios e inculta, el hecho de que una mujer en lugar de escribir novelas románticas, escribiera una novela de contenido social y ambientada en la fábrica de tabacos de A Coruña, era más de lo que esa pequeña nobleza y burguesía provinciana, tradicionalista, estaba en condiciones de asimilar.

Prácticamente, la casi totalidad de las novelas decimonónicas, aluden y abordan los problemas de la clase alta y media, por tanto, escribir desde una conciencia social sobre las cigarreras, es decir la clase obrera, narrar los años complicados y convulsos que siguieron a la Revolución del 68 o Septembrina… era más de lo que, desde la cortedad de miras, de lo que podríamos llamar la España anclada en un tiempo ahistórico, podía tolerar presa de una visión del mundo clasista, anticuada y reaccionaria.

Amparo, la protagonista, es una mujer reivindicativa y dispuesta a defender los derechos y los intereses de sus compañeras de trabajo, desplegando los primeros atisbos de una conciencia de clase. A lo largo de varios capítulos se hace hincapié en las largas jornadas de trabajo, las secuelas que dejan en la salud, así como los salarios de miseria, las frustraciones, el resentimiento acumulado… Podemos considerar a Amparo una proto-sindicalista, con una conciencia social un tanto difusa, pero que es consciente de los males que sufren los proletarios y donde radica la solución.

Tal vez sea “La Tribuna” una de las primeras novelas que podríamos calificar de ambiente proletario, donde la clase obrera no juega un papel episódico ni subsidiario, sino central. Hay autores que saben crearse ‘un universo narrativo’ donde se desarrollan sus obras. El de doña Emilia es Marineda, bajo cuyo nombre salta a la vista, que se está refiriendo a la ciudad de A Coruña. Del mismo modo que Clarín convirtió a Oviedo en Vetusta o Benito Pérez Galdós hizo de Orbajosa, una entidad ficticia que representaba, con exactitud y fidelidad a tantos pueblos y capitales de provincia de la España profunda, gobernados por el caciquismo aliado con la Iglesia y donde acampa por sus fueros la soberbia, la superstición y la ignorancia.

Es de sobra conocido que a Emilia Pardo Bazán se le cerraron repetidamente las puertas de la Real Academia de la Lengua. La España reaccionaria, intolerante y con ribetes misóginos, lo impidió. Ella misma se queja amargamente cuando afirma que si en lugar de Emilia se hubiera llamado Emilio, otro gallo hubiera cantado.

Es una intelectual, escritora, novelista y ensayista concienzuda. Prepara sus obras con minuciosidad, se documenta y utiliza técnicas narrativas del realismo e incluso del naturalismo.

Creo que no se le ha dado la importancia que merecen a sus prólogos, que sin embargo, tienen mucha enjundia. En el de “Los Pazos de Ulloa”, sin ir más lejos, describe el modus operandi que utilizó para componer, estructurar y dar consistencia a “La Tribuna”, utilizando la observación minuciosa de los hechos y el lenguaje adecuado para dotar de mayor verosimilitud a los personajes y ambientes en que va focalizando la acción.

Las líneas que voy a reproducir a continuación, de gran interés, me recuerdan bastante a otras de Émile Zola. “Para escribir ‘La Tribuna’ durante dos meses concurrí a la fábrica mañana y tarde, oyendo conversaciones, delineando tipos, cazando al vuelo frases y modos de sentir. Me procuré periódicos locales de la época federal (que ya escaseaban); evoqué recuerdos, describí La Coruña, según era en mi niñez…”

Leyendo atentamente este párrafo, al lector avezado no le puede extrañar en modo alguno que logre captar, tan cabalmente, el ambiente de la fábrica de tabacos, el atuendo de las cigarreras e incluso sus conversaciones, sus quejas e invectivas.

Es comprensible el escándalo que siguió a su publicación y los comentarios insultantes de quienes no concebían que una mujer pudiese escribir unas páginas como esas.

Para comprobar, asimismo, cuanto llevamos dicho, citaré ahora el párrafo final de la novela, que explica por sí mismo, los improperios y el desprecio que manifestaron hacia doña Emilia las denominadas fuerzas vivas… que llevaban muertas o agonizantes, demasiado tiempo. “Oiase el paso de las cigarreras que regresaban de la fabrica; no pisadas iguales, elásticas y cadenciosas como las que solían dar al retirarse a sus hogares diariamente, sino un andar caprichoso, apresurado, turbulento. Del grupo más compacto del pelotón, mas resuelto y numeroso que tal vez se componía de veinte o treinta mujeres juntas, salieron algunas voces gritando:

¡Viva la República Federal

La cultura de doña Emilia fue, desde luego, muy sólida. Frente a los ataques que recibió desde distintos ángulos y centros de poder… algunos de los caracteres más nobles, notables y valiosos del siglo XIX, no sólo la apoyaron sino que la defendieron. Por no citar más que tres ejemplos señeros, señalaré a Benito Pérez Galdós, Leopoldo Alas Clarín o Francisco Giner de los Ríos, creador y alma mater de una institución tan decisiva para el futuro como la ILE (Institución Libre de Enseñanza)

Hay que destacar la rebeldía de doña Emilia y su capacidad para conquistar nuevos espacios sociales para la mujer, rompiendo ancestrales techos de cristal. Cuando se está prisionera en un reloj de arena… la respuesta más decidida y valiente es romperlo y con él muchas de las limitaciones que atan y encadenan.

Leyendo atentamente muchas de sus novelas y ensayos, parece que brota de sus páginas una melancolía profunda que evoca viejas heridas y sentimientos que, sin embargo, alientan un inequívoco afán transgresor. Nunca la abandonaron ni la curiosidad intelectual, ni el vivo interés por comprender las corrientes europeas más avanzadas, ni una integridad personal que le ayudó a salir adelante contra ‘viento y marea’.

Para ella una sociedad encallada en el tiempo, llena de supersticiones y prejuicios no era sino el lugar de donde partía. ¿A dónde quería llegar? A un nuevo espacio social más habitable y abierto, más tolerante y moderno, con una presencia menos opresiva de un patriarcalismo añejo. Donde por fin, pudiera desnudarse la memoria de un pasado opresivo y lacerante.

Conmemorar el Centenario de su muerte, a mi modo de ver, sólo tendrá pleno sentido si se hace con espíritu reivindicativo, dejando atrás tópicos manidos y abriéndose a esa doña Emilia vanguardista, peleona y precursora de las ideas europeístas y socialmente avanzadas.

No se ha hecho el suficiente hincapié en que en su estancia en Francia era contertulia de los Goncourt y que fue una ‘descubridora temprana’, de la gran literatura rusa del siglo, aunque eso sí, en traducciones francesas. ¿Quién leía en esos años a León Tolstói, Fedor Dostoievski o Nicolás Gogol?

Por supuesto, casi nadie le reconoce que publicó una serie de ensayos dedicados a la divulgación de la literatura rusa. No son fáciles de encontrar pero fueron publicados en 1887, bajo el epígrafe “La revolución y la novela en Rusia”

Doña Emilia tiene una serie de facetas, notoriamente adelantadas a su tiempo. Fue precursora y abrió caminos por los que posteriormente transitaron las mujeres llamadas de la Generación de la República.

Le resultaba evidente que uno de los problemas básicos era el de la falta de instrucción y que no sólo era necesario sino urgente, caminar hacia una igualdad que mejorase su cultura y su preparación. Con esa finalidad fundó y dirigió La Biblioteca de la Mujer. Es un hecho poco comentado pero de una gran proyección y cargado de futuro.

Frente a tantos sinsabores también gozó de reconocimientos. En El Ateneo de Madrid, fue nombrada presidenta, como hemos mencionado anteriormente, de la Sección de Literatura, quizás eso la resarció del profundo disgusto por no haber prosperado, de nuevo, su candidatura a la Academia de la Lengua. El Ateneo, en aquellos años, ocupaba un lugar señero, en el pensamiento, la ciencia y la cultura española. En la Galería de Retratos es la única mujer que figura, dando así testimonio de lo importante que fue para la igualdad dar los primeros y decisivos pasos.

Estas reflexiones van tocado a su fin. “La Tribuna” es una novela social pero, también, un vivo testimonio de unos años, de un periodo histórico presidido por la inestabilidad… y por la aparición de reivindicaciones obreras, que abarca desde el final del breve reinado de Amadeo I de Saboya hasta la fugaz Primera República.

Doña Emilia nos ofrece a través de Amparo, la protagonista, los primeros balbuceos literarios de la presencia de la mujer en el sindicalismo y en la lucha política por conseguir derechos sociales y económicos y una mejora de las condiciones de vida.

¿Qué hace Amparo? Se sube a la tribuna y habla de política a sus compañeras, recogiendo la impronta reivindicativa y progresista de la Revolución Septembrina. Emilia Pardo Bazán, tiene el indudable mérito de haber elegido como protagonista a una trabajadora, en lugar de a una mujer bien de la aristocracia, bien de la burguesía acomodada.

Muchos son los motivos por los que merece atención y respeto. Tuvo contradicciones, naturalmente, como cualquier ser humano. Más su vida y su obra marcan una inequívoca hoja de ruta hacia otro modelo del papel de la mujer en la sociedad y otro paradigma de su función literaria.

Quisiera concluir estas reflexiones formulando un deseo. El Pazo de Meirás, que por fin ha vuelto a manos públicas, tras un largo periodo de usurpación, debe destinarse a conmemorar y poner en valor el pensamiento y la obra de quien lo mandó construir… de quien ha dado pruebas de galleguismo, de una apuesta valiente por la tolerancia, por el protagonismo de la mujer y por haber plasmado en las páginas de sus libros ideas imprescindibles para valorar en su justa medida el naturalismo, así como su indiscutible pericia innovadora.

Sólo una escritora de altura puede pensar y llevar a sus páginas que “el arte es vida, vida intensa, hiriente, libre”.

Profesor Emérito de Historia de la Filosofía, Colabora o ha colaborado en revistas de pensamiento y cultura como Paideía, Ámbito Dialéctico, Leviatán, Temas de Hoy o la Revista Digital Entreletras.

Ha intervenido en simposios y seminarios en diversas Universidades, Ha organizado y dirigido ciclos de conferencias en la Fundación Progreso y Cultura sobre Memoria Histórica, actualidad de Benito Pérez Galdós, Marx, hoy. Ha sido Vicepresidente del Ateneo de Madrid.

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