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EL PERIÓDICO
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Dos décadas después y algunas lagunas


Dos décadas después de los atentados en Nueva York y Washington contra las Torres Gemelas y el Pentágono, el 11 de septiembre de 2001, subsisten todavía algunas lagunas sobre la intencionalidad y, en cierta medida, la identidad, de sus autores. La perfección técnica mostrada por los pilotos de las aeronaves que impactaron contra las torres permite a numerosos especialistas en Inteligencia barajar la hipótesis según la cual, contrariamente a la versión oficial, sus ejecutores habrían sido militares árabes que completaban su formación aeronáutica en Estados Unidos, dentro de programas oficiales de intercambio formativo.

Esta suposición, en caso de que fuera cierta y aceptada, implicaría unas consecuencias desastrosas para la imagen de la seguridad y la defensa de los estadounidenses, lo cual explicaría su necesaria ocultación y sustitución por versiones oficiales alternativas y edulcoradas, tan poco verosímiles como el hallazgo, entre los restos de los edificios neoyorkinos abatidos, de un carné de identidad de Mohamed Atta, supuesto jefe de los pilotos suicidas.

Para la mayor parte de los analistas e historiadores pasó inadvertida la importante coyuntura política en la cual se hallaba a la sazón la política estadounidense, signada por la oscura estela de unas elecciones ganadas por George Bush junior de una manera heterodoxa, si no alegal. La pírrica derrota del demócrata Al Gore, que obtuvo más votos que su contrincante republicano, se consumó gracias al apoyo de Jeff Bush, hermano del candidato vencedor y hombre fuerte de la política republicana en el electoralmente decisivo Estado de Florida.

La fronda política consecutiva era a la sazón tan intensa y las fricciones entre demócratas y republicanos tan acusadas, que algunos analistas hablaban de guerra civil en el seno de la clase política estadounidense, aún nueve meses después de acceder George Bush a la Casa Blanca. Por cierto, su reacción personal al conocer la noticia de los atentados, mientras se hallaba en una escuela infantil, así como su inmediata desaparición de la escena durante muchas horas, parecía permitir pensar en que, en la incertidumbre de aquellos momentos, percibía los hechos como un verdadero golpe de estado. Con todo, la definición de un enemigo exterior terrorista disipó momentáneamente buena parte de los graves problemas internos que aún subsisten.

Lo curioso es que en nuestros días, dos décadas después de aquellos hechos, la percepción de guerra civil vivida entonces intramuros de la clase política norteamericana se ha extendido al conjunto de la sociedad transatlántica, como mostraron los sucesos, con efusión de sangre, acaecidos en torno al Congreso de los Estados Unidos durante los estertores del mandato del presidente Donald Trump en 6 de enero de 2021. Aquellos acontecimientos, que aún perduran inquietante y peligrosamente sobre la política norteamericana, crispada por los reiterados enfrentamientos entre ciertas conductas de la policía y la comunidad afroamericana, más la crisis económica derivada de la pandemia, pusieron en cuestión e impugnaron ilegalmente la legitimidad de la elección de Josep Biden y llevaron al denominado templo de la democracia la zozobra de una presumible confrontación civil en toda regla, cuyo espectro sigue planeando por encima de la escena norteamericana.

Fallos, talento y opio

Frente a los garrafales fallos de la seguridad mostrada alrededor de los atentados contra las Torres Gemelas, estos revelaron, muy poco después, la presencia de un talento político evidente en quienes, desde Washington, transformaron un acontecimiento tan luctuoso como los atentados –casi 3.000 muertes y miles de heridos- en una ocasión única para conseguir una meta política hasta entonces hurtada, vetada o descartada por la Casa Blanca: el retorno militar de Estados Unidos al corazón de Asia, señaladamente Afganistán, contiguo al Irán islámico, situado en el bajo vientre de China y no lejos de Rusia, enclavado en el área Norte de la India y pegado al inquietante Pakistán, quinta potencia nuclear de la región. Además Afganistán, según los informes de Naciones Unidas, genera ya el 90 % de la producción mundial de opiáceos lo cual dota a sus gobernantes de un poder complementario de extraordinario alcance y que tal vez haya jugado bazas cruciales en los acontecimientos más recientes.

Subsisten, aún, dudas como las formuladas por un ex ministro de Defensa germano y ex jefe de su Inteligencia, Andreas von Bülow, en torno al atentado del 11-S contra el Pentágono, sede suprema del mando militar estadounidense. El ex mandatario alemán atribuía lo sucedido a una operación encubierta de los servicios de Inteligencia norteamericanos que incluía la inmediata destrucción de pruebas sobre el terreno donde acontecieron los hechos.

Desde una perspectiva política analítica, cabe decir que la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York por los pilotos suicidas ya había conseguido el objetivo primordial del terrorismo, que no es otro que el del terror. Cabe preguntarse, una vez consumado aquel estremecedor atentado en Nueva York, qué sentido tenía atentar contra la sede y emblema de las Fuerzas Armadas, el edificio pentagonal de Langley. Ello permite dudar de que los mentores del atentado pudieran haber querido eliminar los efectos terroristas de su acción inmediatamente después de cometerla, al convertir el ataque contra el Pentágono en un acto de guerra que se convertiría, para los estadounidenses, en la coartada perfecta para legitimar una intervención militar norteamericana sin precedentes en la zona centroasiática.

La gente debe saber que la autoría intelectual de los atentados atribuida al saudí Ben Laden, fue abiertamente cuestionada por el Federal Bureau of Investigation, FBI, durante muchos meses. Ben Laden era hijo de uno de los principales constructores de Arabia Saudí, cuyas actividades incluían la edificación de las bases militares estadounidenses en el país arábigo. Bajo el mandato presidencial de Jimmy Carter, en 1979, Ben Laden, a través de los servicios secretos paquistaníes, distribuyó copiosa ayuda militar y financiera estadounidense entre los combatientes islamistas afganos, muyaidines, de cuyas alianzas surgiría el movimiento talibán y que se enfrentaron a la ocupación militar soviética del país, a partir de diciembre de 1979. Tal fue la estratagema urdida con consentimiento presidencial de la Casa Blanca por parte de Zibgniew Brzezinski, consejero de Seguridad Nacional del presidente Jimmy Carter.

Teocracia de ida y vuelta

La URSS había apoyado un régimen comunista en Kabul, capital afgana, que implantó por vez primera en el país centroasiático la igualdad jurídica y social de la mujer, su acceso a la educación, una reforma agraria contra la estructuras feudales allí vigentes y la persecución del tráfico de opiáceos, entre numerosas otras medidas de alcance social y económico en clave progresista. No obstante, en 1994, casi seis años después de la salida militar soviética de Afganistán consumada en 1989, aquel régimen procomunista sería derrocado. Los talibanes castraron primero y asesinaron después al presidente progresista Najibullah e instalaron un régimen teocrático que abolió todas las medidas sociales de los gobiernos procomunistas, expulsó a las mujeres de las escuelas y de la vida social y dio apoyo al saudí Osama Ben Laden en territorio afgano. Para ello invocaba el pastunwali, un código pastún –etnia mayoritaria del país –según el cual nunca puede entregarse a un huésped a sus enemigos foráneos.

En 2001, apenas unos meses después de los atentados e identificado Ben Laden como autor intelectual de los atentados en Nueva York y Washington, el régimen talibán plenamente vigente desde 1996, sería derrocado por los Estados Unidos, cuyo ejército ocupó el país con la ayuda de efectivos militares propios y pertenecientes a distintos Estados de la OTAN, España incluida. 120 soldados españoles murieron en Afganistán en distintas misiones. Tras veinte años de presencia militar y política, no logró consolidar un Gobierno estable ni instalar una democracia según las pautas etnocéntricas que incluye el designio norteamericano que, según comentaristas de renombre, se propone establecer democracias allende sus fronteras, "a cañonazos".

Hoy asistimos al regreso de los talibanes al poder en Kabul, paradoja política que señala un evidente fiasco de la política exterior de Estados Unidos. La catastrófica retirada, a partir del 15 de agosto pasado, es interpretada como un componente sustancial de un declive geopolítico y geoestratégico estadounidense sin precedentes en su historia. Contrariamente a lo sucedido durante la retirada norteamericana, la capitaneada por España ha resultado ser un ejemplo de celeridad y eficacia, según observadores internacionales. Empero, muchos colaboradores afganos de países occidentales quedaron allí descolgados por el estricto control aeroportuario de los talibanes a la hora impedir de la salida al extranjero de numerosos colaboradores y sus familias.

Bog down

No obstante, la situación que deja tras de sí la retirada estadounidense, cabe calificarla de bog down, empantanamiento, situación degradada que transfiere a chinos, rusos, indios e iraníes si pretenden hacerse con el control de la política afgana. Frente al lema geopolítico chino Yo gano, tú ganas, Estados Unidos parece aplicar ahora en Afganistán el lema opuesto Yo pierdo, pero tú también pierdes, como ha hecho en Siria, induciendo un derrocamiento hasta el momento inviable de El Assad y una espinosa situación que mantiene la Rusia de Vladimir Putin fijada al terreno y atrapada en la zona.

Todo parece indicar que Afganistán, un país étnicamente desvertebrado, se adentrará nuevamente en otra guerra intramuros de sus fronteras, que enfrentará a los pastunes con los hazaras y los tayikos, etnioa esta en la que Estados Unidos pivotó a su favor durante los veinte años de presencia en Afganistán. No cabe olvidar que el mundo del opio sería quizás el principal beneficiario de un Estado fallido en Afganistán, que allí podría llegar a adquirir la condición de narcoestado.

Dos décadas después, todo parece indicar que Estados Unidos o supera sus graves problemas internos y restablece el crédito de la democracia intramuros del país, previamente a cualquier otra actividad política exterior, o su otrora poderío geopolítico y geoestratégico habrá iniciado la senda inexorable del declive.