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Mitterrand sobre la muerte de Franco: un hombre ordinario, descolorido


Aun que vivo desde hace años a una hora de la frontera, nunca he ido a España. Digo esto sin vanidad. Puse en este rechazo una obstinación que se remonta a las náuseas de mi juventud. No es que en ese momento escogiera mi posición. Miraba de lejos, desde muy lejos. Pero empezaba a olfatear cierto olor a podrido allí por donde pasaba el Occidente. “Los grandes cementerios bajo la luna” completo un poco más tarde mi educación. Tomé tirria a las imitaciones sangrientas antes de tomarlas horror: saludo, camisa, gorro de cuartel, juramentos, veladas, cruces de todo tipo a las que se consagraban y con las que se armaban solemnemente los caballeros de la arrogancia y de la muerte. Detestaba esa cruzada contra el turco a domicilio, quiero decir contra el obrero, esa reconquista de los Santos Lugares, Gólgota de la caja de caudales, siempre con un arzobispo para bendecir al pelotón de ejecución; estuve a punto de ir una vez a Burgos para un proceso que no tuvo lugar en la fecha prevista. Contrariamente a lo que se rumoreó, decline la invitación de mis amigos del partido socialista para organizar un mitin esta primavera en Madrid. O bien se me expulsaba, como hoy a Regis Debray y sus seis compañeros, en un momento en el que el símbolo hubiese sido estéril, o bien se me acogía y ofrecía al régimen la coartada que quizá estaba deseando.

Sufro por estar separado de este modo de España; no sé por qué me dice la imaginación que esta tierra es como mi país, como puedo decirlo de Mileto, de Argos y de Jerusalén, De Cevenas y Agrigento. Me parece, si me fio de la imagen y la lectura, que Toledo y las altiplanicies de Castilla responden a lo que cualquier hombre en la mitad de su vida, cansado de la comodidad de la costumbre, espera de la forma de las cosas, cuando la roca y el viento son los únicos que testimonian el paso del tiempo. Salvo error del destino, iré pronto. Al terminar su reino como lo empezó, Franco, que fue gran político a su manera, con gran talento para caminar a la sombra de la historia, acaba de prohibir a su régimen que sobreviva a su muerte.

Este hombre viejo que va a morir y que ya no tiene tiempo de matar un poco más, de matar y rezar para la salvación de su alma devota, arrodillado de mañana y tarde, con la cabeza descubierta ante su Dios, cuyas manos, cuyos pies, cuyo corazón no vio sangrar a causa de sus heridas que todos los verdugos del mundo infligen a todos los ajusticiados ( pero no, dicen los periódicos; toma su desayuno una vez levantado, con su señora, se pasa por las ventanas de su jardín; también adora a los niños, con tal de que no crezca; envía pelotas de golf en dirección al agujero, tira a la alondra y al conejo…, cosas de todas ellas, en fin, que n son dadas a cualquier caudillo de ochenta y tres años). Este hombre viejo, dueño de la Españas, vencedor de los españoles, a quienes mató más que nadie sobre la tierra, si yo fuera pintor, no haría su retrato como el de un monstruo o un loco, sino como el de un hombre ordinario, semejante a tantos otros que produce nuestro Occidente cada vez que está en peligro el orden establecido por el señor Thiers de la Inquisición.

Ayer lo vi en Tv.F.1 con su uniforme de gran almirante. Quinientos mil de los suyos lo aclamaban. Las palabras que salían de sus labios estaban más usados que su boca. Se me antojo descolorido. Ni el oro de Velázquez ni el negro de Goya viste ya a los grandes España.

Me llegan por correo cartas que se extrañan de tanto ruido y tanto furor por cinco jóvenes muertos que aparentemente nada distingue del cortejo interminable de otros muertos asesinados por razones de Estado. Se me recita la inacabable letanía de los pueblos oprimidos que no tienen perdón. Se habla de Praga Santiago, Teherán, Yakarta, los ahorcados del Zaire, los ahogados de Uganda, los desesperados del gulag. Detengámonos. Yo me pregunto. Confieso que en la iniquidad tengo mis preferencias. Quizás sea esto lo que no puede perdonarse a Franco: la necesidad del odio.*

*Artículo publicado el 6 de Octubre en Le Nouvel de Observateur, 6 de Octubre de 1975 recogido en el libro Mitterrand Discursos y Textos Políticos de la Sociedad General Española de Librería S.A, 1983.

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