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Mitterrand y su orígenes ideológicos


François Mitterrand en octubre de 1959 / Wikipedia. François Mitterrand en octubre de 1959 / Wikipedia.

No hay duda de la complejidad de la trayectoria ideológica y espiritual de François Mitterrand. No son pocas las ocasiones en las que se ha hecho referencia al misterio religioso e ideológico de quien fuera apodado como la esfinge, monarca republicano y padre del socialismo francés contemporáneo. Criado en una familia burguesa y cristiana de la Francia rural, llegara al socialismo de manera tardía tal y como explica en 1969 en su obra Ma part de vérité en el que hace referencia a su contexto familiar en su formación moral.

“Desconfió de las definiciones exhaustivas. Lo que es la izquierda para mí, he aquí la cuestión que me importa, y a la que responderé. Y, en contra de toda lógica, lo hare antes de haber argumentado. Otros han escrito que la izquierda era la libertad, o bien la igualdad, o el progreso, o la felicidad. Yo diré que es la justicia. No he nacido en la izquierda, y mucho menos socialista, ya se ha visto. Se necesitara mucha indulgencia por parte de los doctores de la ley marxista, que no admiten debilidad alguna, para perdonármelo. Agravare mi caso al confesar que no mostré ninguna precocidad. Habría podido llegar a ser socialista bajo el choque de las ideas y de los hechos de la universidad, por ejemplo, o durante la guerra. Pues, no. La gracia eficaz empleó mucho tiempo en recorrer su camino hasta mí. Me tuve que conformar con la gracia suficiente que había recibido, como todos, en el reparto. Tampoco lo fio en virtud de un trabajo que me hubiera infundido reflexiones de clase: nunca he sido productor de plusvalías para beneficios de otros. En fin, no me uní a una formación política que a poco a poco me hubiese educado en su doctrina ideológica. Después de todo, no aspiro a nada. Sencillamente tomé partido por la justicia, tal y como sentía, reacio ante su imperativo, dudando unirme a ella, algunas veces incluso tentado a volverle la espalda. Supongo que obedecí a una inclinación natural, firme y frágil a la vez.

Esta inclinación estuvo afinada por un medio familiar que, entre si como con los demás, examinaba cualquier cosa con un extremo escrúpulo y mantenía las jerarquías fundadas sobre el privilegio del dinero como el peor desorden. Que el dinero pudiera estar por encima de los valores que le servían naturalmente de referencia: la patria, la religión, la libertad, la dignidad, repugnaba a los míos. Era el enemigo, el corruptor, aquel con el que no se trata. Su fe cristiana reforzaba su disposición, Dios o Mammon.

Un rey sin diversión. Pero a veces desorientador. Al pensamiento de que pudieran existir leyes que regían la evolución de las sociedades fuera de una finalidad espiritual, clases sociales condicionadas por su función económica, una lucha histórica entre estas clases para la detentación del poder se oponían como si fuese impío. Casi ni sentían desprecio por una revolución ligada a unos objetivos materiales. Hay que haber oído la palabra materialismo en boca de estas personas honestas para comprender la distancia que les separaba de una adhesión intelectual a unas teorías socialistas. Condenaban al opresor, pero tampoco estaban de acuerdo con el oprimido que se situaba, como el opresor, en el terreno de los intereses.”