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Flora Tristán, o Por qué el Socialismo no puede avanzar sin el Feminismo


El camino a la militancia se hace a veces a través de una reflexión intelectual y pausada; otras muchas, transitando los inhóspitos senderos de la supervivencia más cruda. Tal fue el caso de Flora Tristán (París, 1803 - Burdeos, 1844), figura clave por méritos propios tanto del socialismo como del feminismo.

Había nacido en una familia burguesa acomodada, y pasó su primera infancia en una lujosa casa del barrio de Vaugirard, con amplias habitaciones, jardines y mucamas. Pero pronto perdió tal condición. Era apenas una niña cuando las autoridades les notificaron a ella y a su madre, entonces ya viuda, que debían abandonar su precioso hogar puesto que el matrimonio de sus padres, celebrado en Bilbao, no tenía validez. Además, su padre, Mariano Tristán, era ciudadano de un país, España, en guerra con Francia.

Hija como era de Don Mariano Tristán y Moscoso, coronel de la Armada Española de orígenes peruanos, su destino, hasta entonces, estaba escrito. Provista de una buena dote, habría acabado casándose con algún respetable burgués que le asegurara los lujos y caprichos a los que estaba acostumbrada. Madre feliz y esposa abnegada, como correspondía a las señoritas de su clase, habría vivido en la esclavitud de las mujeres que ella misma denunció. Aunque lo habría hecho sin saberlo, pues sin las lentes de la conciencia, hasta la cárcel de oro más estrecha puede resultar confortable. Sin embargo, la inesperada y fulminante muerte de su progenitor, el 4 de junio de 1807, a causa de una apoplejía, truncó decisivamente su camino. Y abrió, a la vez, uno nuevo por el que pasó a la Historia.

Al no poder recibir la herencia de su padre, pues éste nunca la reconoció como hija legítima, Flora Célestine Thérère Henriette Tristán y Moscoso Lesnais, que así se llamaba, hubo de entrar a trabajar como obrera en un taller de litografía en los arrabales de París. En febrero de 1821, con apenas diecisiete años, contrajo matrimonio con su dueño, André Chazal. Cinco años y tres hijos después, Flora, que entonces contaba veintidós primaveras, se quebraba y decidía romper con todo. Así, huyó de la furia de André, sus palizas y sus celos llevándose con ella a sus niños. Vivió escondida con ellos varios años. Humillado, André la persiguió incansablemente para vengar su honra magullada, alimentando su odio más y más hasta que una tarde de septiembre de 1838 abordó a Flora en la calle y le disparó, dejándola gravemente herida en el pavimento. No era la primera vez que la agredía tras su divorcio: Durante la última década, acosarla y dañarla se había convertido en su obsesión.

Para entonces, el nombre de Flora Tristán ya había cobrado cierta relevancia como defensora de los derechos de los trabajadores. Pero su militancia no era sólo práctica, sino que pronto comenzó a teorizar sobre la esencia del movimiento. El socialismo fue la urdimbre a la que Flora añadió la trama del feminismo. Solamente juntos, tejidos como si de un tapiz se tratara, podían alcanzar la solidez que necesitaban. En su pensar, no tenían consistencia el uno sin el otro. El socialismo, a sus ojos, incurría en una imperdonable contradicción si no hacía extensiva su lucha a las mujeres.

“A vosotros, obreros, que sois las víctimas de la desigualdad de hecho y de la injusticia, a vosotros os toca establecer el reino de la justicia y de la igualdad absoluto entre la mujer y el hombre (...). Y mientras reclamáis la justicia para vosotros, demostrad que sois justos (...) y que, a ese título reconocéis a la mujer como a vuestra igual”.

Por vez primera, se formulaba un feminismo de clase. Y es que su discurso estaba dirigido a las mujeres de la clase obrera, doblemente explotadas por esta doble condición. Exigió, como “derechos naturales e imprescriptibles” para ellas, una educación y un trabajo dignos.

Pero no se trataba de una lucha sólo de mujeres. Apeló para ella a los propios hombres, puesto que, y aquí comparte el diagnóstico de la británica Mary Wollstonecraft, también a ellos les perjudicaba la sumisión y la explotación de la mujer. Ellos debían ser los primeros interesados en que dejasen de ser “siervas” y empezasen a ser “compañeras”. Y no sólo compañeras en la vida, sino también en la lucha de clases. A cambio, le regaló al Socialismo una de sus consignas más repetidas: “Proletarios del mundo, uníos”.

Madame-la-Colére, como empezaron a llamarla, consignó estas ideas en un librito, La Unión Obrera, publicado en 1843. La Unión Obrera había de ser una alianza de la clase obrera francesa a la que luego se sumaran los trabajadores de Europa entera. Con las hogueras de 1789 todavía humeantes, renegaba de más revoluciones ni derramamientos de sangre. Sus reivindicaciones habían de llegar a todas las autoridades de la mano de sus delegados, al mismísimo rey Louis-Philipe si falta hiciera, para lograr su paraíso soñado, aquél donde no sólo se eliminaran las diferencias entre clases sino (¡incluso!) aquellas entre hombre y mujeres. Pero la utopía no acababa allí, y alcanzaba a las familias de los campesinos, obreros, trabajadores en general, que se adhirieran a la Unión. Sus vástagos recibirían formación; sus familias, asistencia; ellos mismos, una jubilación digna en unos edificios que, sin asomo de pudor (no era dada a la falsa modestia), bautizó como los Palacios Obreros.

Bien pareciera que la búsqueda de un paraíso ideal fuera una cuestión familiar, casi sanguínea: Su padre lo había buscado en sus tertulias, a las que acudía el mismísimo Simón Bolivar; su madre, Thérèse Lesnais, en las ensoñaciones melancólicas en las que se sumió tras perderlo todo; y el nieto de Flora, el célebre aunque incomprendido Paul Gauguín, en tierras tahitianas. Aunque esa necesidad de utopía y la huida furibunda de los convencionalismos, fueron lo único que Paul heredó de su abuela materna. En esencia, sus paraísos soñados no se asemejaban en nada. Mientras Flora lo construyó con sacrificio a través de la lucha obrera para mejorar las condiciones de vida de los más desfavorecidos, Paul optó por una vida donde el hedonismo y el arte daban respuesta a su búsqueda del placer como necesidad vital. Esta ansia tomó cuerpo en su Casa del Placer, cuyo nombre, la Maison du Jouir, habían elegido, años atrás en Arlés, mano a mano con su amado y odiado a partes iguales Vincent, El Holandés Loco. La Casa debía ser un entorno de belleza y libertad donde los artistas pudieran dedicarse a la creación en su más alta expresión. Los enormes cartelones con los que decoró la entrada -Soyez mystérieuses (Sean misteriosas) y Soyez amoureuses et vous serez hereuses (Enamórense y serán felices)- le granjearon la enemistad del Obispo de Autona, Joseph Martin, quien le dedicó a partir de entonces más de uno de sus sermones dominicales. Esto sí lo compartieron abuela y nieto, sus malas relaciones con el clero. A pesar de esto, su nieto siembre la despreció.

Pero ella, que se autodefinía como “paria”, se había adelantado al propio Manifiesto Comunista, al demandar una organización obrera mundial, y mereció incluso la mención del propio Karl Marx por su trabajo. El homenaje de los obreros de su tiempo le llegó en forma de funeral multitudinario en que su féretro fue llevado por las calles de Burdeos, donde falleció de tifus demasiado pronto, en 1844.

¿Qué fue de André Chazal? Cumplió condena por intento de asesinato y desapareció. Su obra como grabador resulta difícil de distinguir de la de otros autores y a menudo se confunde. Resulta paradójico que él, en su superioridad, sólo haya pasado a la historia como el hombre que maltrató a Flora Tristán. Quizá sea esto lo que llaman justicia poética...

1TRISTÁN, Flora. Unión Obrera. De Barris (Barcelona, 2005) pp. 211.

Doctora en Historia Contemporánea. Autora de diversos libros y artículos sobre el Catolicismo y la Guerra Civil española.