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Los ultraortodoxos, comunidad de alto riesgo ante la COVID-19

Imagen del 26 de marzo de 2020 en la que la policía intenta enviar a sus hogares a dos hombres que se manifiestan en el barrio ultraortodoxo de Mea Shearim, en Jerusalén, con una pancarta que lee: "La vida solo es feliz sin películas ni internet". . EFE/Pablo Duer Imagen del 26 de marzo de 2020 en la que la policía intenta enviar a sus hogares a dos hombres que se manifiestan en el barrio ultraortodoxo de Mea Shearim, en Jerusalén, con una pancarta que lee: "La vida solo es feliz sin películas ni internet". . EFE/Pablo Duer

La mayoría no lee los diarios generalistas, no ve televisión y escapa de internet. Tienen familias numerosas, con tantos hijos como envíe Dios, rezan en congregaciones tres veces al día y, en algunos lugares, viven hacinados en barrios regidos por las leyes de la Torá y la palabra de los rabinos.

Las comunidades ultraortodoxas judías corren el riesgo de convertirse en caldo de cultivo para la COVID-19. Su aislamiento y la tendencia a ir por su cuenta y anteponer la ley religiosa a la civil ha generado rechazo y recriminaciones en Israel y roces en otros puntos del mundo.

En Londres han muerto dos miembros de esta comunidad por coronavirus y en Nueva York se han detectado cientos de contagiados, se ha denunciado su violación de las medidas de aislamiento y ha habido incidentes de antisemitismo. En Israel, buena parte de estos grupos ha tardado hasta dos semanas en aplicar las directrices del Gobierno, y lo ha hecho después de forcejeos, amenazas y la intervención de la Policía.

Los colegios y centros de estudios cerraron el 13 de marzo, pero las "yeshivás" (escuelas talmúdicas) y sinagogas seguían con sus clases, rezos y estudios de la Torá hasta hace solo unos días. Una minoría aún sigue. Este lunes, la Policía hizo redadas en Mea Shearim, el céntrico barrio ultraortodoxo de Jerusalén, donde sacaron a fieles de las sinagogas a la fuerza y repartieron multas.

Lejos de achantarse, la Facción Jerusalén, una de las más radicales, convocó para esta semana una manifestación de protesta. El Gobierno estudia ordenar al Ejército instalar infraestructuras en sus barrios para poner a los infectados en cuarentena.

DESINFORMACIÓN, MASIFICACIÓN Y FE

"La expansión se debe en parte a que no cumplimos las reglas lo suficiente, porque la gente no las entendía. Además, tenemos mucha interacción social. En una familia europea, una persona tal vez pasa tiempo con otras diez en un día, pero nosotros, con familias tan numerosas, tres rezos diarios en sinagogas y todas las ceremonias, tenemos cientos de contactos cada día.

La probabilidad de que todos en la comunidad estén infectados es, yo creo, cercana al 100%", cuenta Tzipi Yarom, periodista haredí (ultraortodoxa, literalmente "temerosa de dios").La masificación y la desconexión del resto de la sociedad también influyen.

Nechemia Melinovitz vive con su esposa y nueve hijos en un apartamento de Jerusalén de tres habitaciones. A su casa llegó recientemente por correo un folleto del Ministerio de Sanidad con información sobre la pandemia. Por correo postal. Así informa el Estado a estos fieles, que apenas utilizan las aplicaciones de mensajería ni las redes sociales.

Se comunican, sobre todo, mediante el boca a boca, con pasquines y escuchando a sus rabinos. Nechemia argumenta que las normas de aislamiento tardaron en llegarles. Tienen un promedio de siete hijos por familia y hace menos de dos semanas celebraron masivamente la festividad de Purim, bebiendo y bailando agarrados de las manos, mientras el resto de los israelíes guardaba los disfraces que había preparado para la ocasión.

Con más de un millón de personas, los haredim son un 12% de la población de Israel, pero casi un tercio de Jerusalén. Sus ciudades lideran la lista de las zonas con mayor porcentaje de los más de 4.000 infectados que tiene el país, donde ha habido 16 muertos.

Moti Ravid, director del centro médico Maynei Hayeshua, en la ciudad ultraortodoxa de Bnei Brak, asegura que el ratio de infección es “de cuatro a ocho veces mayor en estas comunidades que en otras partes de Israel" y alerta de que no se puede hacer casi nada para controlarlo. “Si tienes familias de 10 o 12 personas en un apartamento de 2 habitaciones de 50 o 60 metros cuadrados, si uno está infectado, casi toda la familia lo está”.

LA SOLUCIÓN ES REZAR

Un paseo por Mea Shearim, ayuda a entender por qué. Carteles de Sanidad con información sobre el coronavirus están cubiertos por otros, como uno con la cara visiblemente decepcionada de un rabino, junto a un texto que denuncia que las pelucas que usan las mujeres haredim no son lo suficientemente modestas y despiertan impulsos sexuales.

Unos metros más adelante, otro cartel informa que "la verdadera solución contra la pandemia" es rezar y confiar en Dios, y una pancarta recuerda que no se debe andar con falda corta. En una de las esquinas más transitadas del barrio, unos policías intentan, sin éxito, enviar a sus hogares a dos manifestantes con un cartel que asegura: "la vida solo es feliz sin películas ni internet".

Guilad Malach, director del programa sobre ultraortodoxos del Instituto de la Democracia Israelí, cree que el comportamiento de estas comunidades en las primeras dos semanas de confinamiento fue "horrible", pero admite que ha habido un cambio.

En parte, el giro se debe a la llegada de información sobre el alto índice de contagio en los barrios judíos más religiosos de Nueva York. “Estudiar la Torá y rezar en la sinagoga es lo más importante en su vida y cambiar ese comportamiento es muy difícil".

La opción de no rezar en “minián” (grupos de diez fieles) es “impensable”. El aislamiento, su distancia del resto de la sociedad, a la que consideran a menudo impura y su falta de información hacen que ni siquiera sepan lo que ha pasado en China, o lo que ocurre en Italia y España.

En este contexto, la confrontación surgió desde del primer minuto. Cuando el Gobierno israelí ordenó el cierre de los colegios, el poderoso rabino Jaim Kanievsky, de 92 años, uno de los más influyentes líderes, respondió diciendo que las escuelas religiosas permanecerían abiertas ya que "la Torá protege y salva".

Algunos rabinos locales limitaron los grupos de oración, forzaron a congregarse fuera de los edificios o instaron a mantener distancia y no besar los rollos de la Torá. Pero las concentraciones continuaron.El pasado domingo, Kanievsky cedió y ordenó el rezo en solitario y entregar a la Policía a todo aquel que viole las restricciones de movimiento.

Los agentes patrullan estos barrios con camionetas, helicópteros y drones. Pero sigue habiendo problemas: un 10% de los haredim, que se niega a acatar las órdenes del Estado, continúa celebrando celebrando ceremonias con cientos de personas.

EN NUEVA YORK, MÁS CUMPLIMIENTO

En Nueva York, aunque el cumplimiento de las normas civiles por parte de la comunidad es mayor que en Israel, también ha habido problemas. La semana pasada la Policía dispersó a un numeroso grupo en el barrio de Williamsburg, en Brooklyn, que acudió a una recogida de alimentos, días después de que una clínica que sirve a esta comunidad informase de cientos de casos de coronavirus entre los judíos hasídicos en esta zona y de que la Policía dispersase una boda con más de 200 asistentes.

En EE.UU. muchos rabinos secundaron rápidamente a las autoridades y Yakov Horowitz, director de Centro para la Vida Familiar Judía, llegó a decir que quienes violan las restricciones "tienen las manos ensangrentadas y suponen un peligro para los más vulnerables".

El gobernador del estado de Nueva York, Andrew Cuomo, prometió investigar las tasas de contagios en esas comunidades. Según algunos analistas, estos temores han derivado en un aumento de ataques antisemitas. "Desde decir que los judíos han creado el coronavirus para vender vacunas hasta animar a infectar a las comunidades judías.

Los supremacistas blancos, neonazis y otros utilizan el coronavirus para impulsar teorías de la conspiración, desinformar e incitar a la violencia", denunció Michael Masters, de la Red de Comunidades Seguras, en EE.UU. El 22 de marzo llegaron a Israel 114 miembros de la secta Chabad de Nueva York, a los que se requisó el pasaporte y se puso en cuarentena. Más de la mitad dieron positivo.

Todos eran israelíes que estudiaban en Crown Heights y habían entregado antes de embarcar una declaración jurada de que no tenían síntomas ni habían estado en contacto con contagiados. Las autoridades localizaron a las otras 200 personas que había en el avión para imponerles también cuarentena.

Aunque los líderes ultraortodoxos parecen ya haber cambiado y apuestan por la reclusión, Ravid cree que es tarde para evitar que el contagio siga extendiéndose en esta comunidades, tan reacias a cambiar sus creencias y usos sociales. EFE.