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EL PERIÓDICO
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Juan de Á. Gijón Granados

Juan de Á. Gijón Granados es Doctor en Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Trabaja en la enseñanza secundaria desde hace más de 20 años en la Comunidad de Madrid. Profesor Visitante (2006) en el Instituto de Historia (CSIC). Ha colaborado con la editorial Oxford en la elaboración de libros para profesores y alumnos. Entre sus temas de investigación están las Órdenes Militares, la arquitectura militar o la represión de los dos bandos en la Guerra Civil, entre otros. www.juangijon.com

Juan March Ordinas (1880-1962), el lobo de los negocios. De la cárcel Modelo de Madrid a la prisión de Alcalá de Henares (1932-1933).

El hombre más rico de España en aquella época pasó por dos prisiones con una sola idea en su mente, la fuga. Si nuestro preso hubiera tenido la suerte de ser protagonista de algún texto de Edgar Allan Poe, Arthur Conan Doyle o Agatha Christie hubiera dado mucho juego en una novela negra. Sin embargo, le tocó en suerte que el gallego Manuel Benavides biografiara su vida en 1934. Bautizado como el último pirata del Mediterráneo criticaba los manejos de este artista de la peseta y narraba como virtud del empresario su talento para olfatear el dinero. March compró la edición para destruirla pero debió salirle el tiro por la culata porque se vendieron 15 ediciones por entonces. Que ya son ediciones.

La fotografía del miliciano del “Taller Fotográfico Robert Capa”

La propaganda utilizada durante la Guerra Civil española ha llegado hasta nuestros días de muy diferentes maneras. Del caso del miliciano del cerro Muriano sabemos dos cosas ciertas. Ni recibía un balazo en su pose fantástica ni se realizó donde se afirmaba. Tampoco sabemos a ciencia cierta quien disparaba la cámara porque bajo la designación de “Taller Fotográfico Robert Capa” trabajaban dos fotógrafos, el húngaro André Ernö Friedmann (Robert Capa) y la alemana Gerta Pohorille (Gerda Taro).

El consenso sobre el tratamiento a las víctimas de la Guerra Civil española

Debía correr el año 2009 y habían pasado 70 años del final de la contienda. Me encontraba en la plaza principal de la localidad de Arganda del Rey (Madrid) y en medio del bullicio del montaje de una plaza de toros de quita y pon tiraba el lazo sobre un paisano de una edad avanzada que cruzaba por allí. Las primeras palabras sobre el tiempo fueron simpáticas pero al pasar a descubrir mi objetivo sobre entablar una conversación sobre los sucesos de la represión en la Guerra Civil se oscureció el cielo y aparecieron negros nubarrones. Su respuesta: “yo estoy limpio”. Se repitió media docena de veces. Terco como una mula el investigador zigzagueaba entre sonrisas dando capotazos para arriba y para abajo pero el paisano se me escapaba haciendo mutis por el foro.

El “ángel rojo” Melchor Rodríguez García (1893-1972). Héroe y villano

Para mi amiga María Isabel, a sus 79 primaveras.

Cuando unas monjas de Alcalá de Henares tuvieron la gracia de bautizar a Melchor como un “ángel rojo” no sabían la trascendencia de tan celestial pirueta lingüística para designar a uno de los “malos” en la confusa guerra civil que devastó España a finales de los años treinta. Las monjas vieron en los anarquistas a uno de sus enemigos pero se encontraron que uno de ellos fue capaz de sujetar a una violenta muchedumbre cabreada por el bombardeo franquista de la ciudad complutense. Se ayudó con el arma de su voz, su hábil perspicacia sevillana y su pistola Star (la tradición oral dice que de grandes dimensiones). Salvar a un millar y medio de presos no es moco de pavo. Fueron muy largas las casi seis horas de discusión a cara de perro. Aquella tarde realizó su mejor faena, digna de un maestro.

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Violencia y represión franquista en Madrid

La violencia en la toma del poder tras el golpe de Estado de los militares rebeldes de 1936 fue consustancial al movimiento subversivo frente a la república parlamentaria. Una democracia dormida que no esperaba aquella sublevación pese a las turbias noticias que de ella se tenían. El Presidente Casares Quiroga al ser avisado la noche anterior de que se levantarían los militares africanistas decidió en un macabro juego de palabras irse a dormir. (“¡muy bien, que se levanten! Yo, en cambio, me voy a acostar”). Aquella decisión provocaría sueños rotos a varias generaciones de españoles.

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El enfrentamiento militar en el valle del Jarama (1937)

11 de enero de 1937. El hielo se agarraba a las difíciles carreteras entre Aranjuez y Arganda del Rey. Por allí el bielorruso Leiba Lazarevich Feldbin (alias Orlov), que había sido enviado como miembro de los servicios secretos del Ministerio del Interior de la URSS (NKVD), se estrellaba con el coche en un grave accidente que casi le costó la vida. Del hospital de Chinchón (Madrid) pasó a otro de Bétera (Valencia) y desde allí hasta una clínica de París donde llegó el 17 de enero recuperándose en un par de meses de dos vértebras dañadas. Su presencia allí se debía a informaciones que señalaban que a mediados de enero se iba a producir un avance franquista cruzando el río Jarama y llegando hasta Alcalá de Henares. Inspeccionando las posibles defensas de la zona el soviético entendía que los rebeldes pretendían cercar Madrid cortando las carreteras de Valencia y Barcelona.

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Represaliados por el franquismo en zonas rurales de Madrid

Los vecinos de Chinchón antes de acabar la guerra decían aquello de “en marzo el que no estirará la pata estirará el brazo” mientras las mozas del pueblo no sabían que hacer, si irse con los nacionales o con los de la 110 (batallón republicano). La sabiduría popular describía de manera socarrona un tiempo de silencio en nuestra historia, la llegada al poder de los sublevados de 1936. Sin un ideario político, salvo el de permanecer en el poder, el Caudillo fundó un sistema de partido único imitando el fascismo italiano. “Franco, Franco, Franco” se repetía por las calles como si fuera la Santísima Trinidad. Bajo palio entraba en la historia un personaje que desayunaba firmando penas de muerte sin pudor.

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Las cuatro muertes de Andreu Nin Pérez (POUM)

A Andreu Nin no le salvó ni el beso que dio a La Moreneta (Virgen de Montserrat) en la boca en ocasión de una visita de líderes políticos extranjeros. La pelea entre la patronal y el movimiento obrero acabó en ocasiones con un enfrentamiento armado. La lucha entre las distintas facciones del movimiento obrero no siempre fue intelectual. De las palizas entre diferentes grupos se pasó a la ejecución. La caza entre patronos y obreros también daba paso a otra guerra en la lucha por el liderazgo político y sindical. En esta pelea debemos señalar la programación de la ejecución de Andreu Nin.

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El asesinato frustrado de Manuel Azaña en julio de 1936

Corrían tiempos coléricos y la agitación política y social se elevaba por momentos en el Madrid de 1936. Aquella ciudad de la que Azaña huyó porque no quería verse arrastrado por sus calles. La villa de la Corte exiliada era un lugar de contrastes y el Palacio Real había pasado a denominarse Palacio Nacional. Nada tenían que ver la Gran Vía con el barrio de Ventas, su arroyo de Abroñigal y su puente de Calero. Los chatos de frascas de vino poco se parecían a los combinados de léxico anglosajón de Chicote. Monárquicos y republicanos se distanciaban más cada día. La falta de acuerdos políticos y la llegada de corrientes ideológicas (comunismo y fascismo) que asimilaban la violencia como parte de su felicidad hicieron que la democracia española reventase.

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Las muertes de Durruti

“Durruti debía morir”. Así de sencillo escribía el exministro comunista Jesús Hernández en su exilio mexicano de 1946. Y por allí, en tierras mexicanas, deambulaba el asesino de José Buenaventura perdido en un lugar sin nombre. El Sargento de artillería José Manzana Vivó había sido campeón de tiro, siendo maestro tirador y se ganó su última medalla colaborando con los servicios secretos soviéticos en esta operación de ejecución programada y urgente. El anarquista más famoso de España había nacido en un aldea de León, de cuyo nombre nadie parece acordarse, y se lo llevaron al otro mundo en aquel Madrid de 1936. Llorado por un pueblo que no podía imaginarse el verdadero motivo del asalto a los cielos revolucionarios del cabezón de Durruti. Poco antes de su muerte le contaba al “periodista” Mijail Koltsov que todavía ni lo habían matado ni se había hecho bolchevique. La tragedia se cruzaría pronto en su camino. Su corazón se quedó helado y aquel mundo nuevo por el que peleaba se lo llevó para siempre a la tumba en Barcelona.

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