LA ZURDA

Rerum Novarum

“1. El ardiente afán de novedades que hace ya tiempo agita a los pueblos, necesariamente tenía que pasar del orden político al de la economía social, tan unido a aquél. -La verdad es que las nuevas tendencias de las artes y los nuevos métodos de las industrias; el cambio de las relaciones entre patronos y obreros; la acumulación de las riquezas en pocas manos, y la pobreza ampliamente extendida; la mayor conciencia de su valer en los obreros, y su mutua unión más íntima; todo ello, junto con la progresiva corrupción de costumbres han hecho estallar la guerra. Cuán suma gravedad entrañe esa guerra, se colige de la viva expectación que tiene suspensos los ánimos, y de cómo ocupa los ingenios de los doctos, las reuniones de los sabios, las asambleas populares, el juicio de los legisladores, los consejos de los príncipes; de tal manera, que no hay cuestión alguna, por grande que sea, que más que ésta preocupe los ánimos de los hombres.

Por esto, pensando sólo en el bien de la Iglesia y en el bienestar común, así como otras veces os hemos escrito sobre el Poder político, la Libertad humana, la Constitución cristiana de los Estados* y otros temas semejantes, cuanto parecía a propósito para refutar las opiniones engañosas, así ahora y por las mismas razones creemos deber escribiros algo sobre la cuestión obrera.

Materia ésta, que ya otras veces ocasionalmente hemos tocado; mas en esta Encíclica la conciencia de Nuestro Apostólico oficio Nos incita a tratar la cuestión de propósito y por completo, de modo que aparezcan claros los principios que han de dar a esta contienda la solución que exigen la verdad y la justicia. Cuestión tan difícil de resolver como peligrosa. Porque es difícil señalar la medida justa de los derechos y las obligaciones que regulan las relaciones entre los ricos y los proletarios, entre los que aportan el capital y los que contribuyen con su trabajo. Y peligrosa esta contienda, porque hombres turbulentos y maliciosos frecuentemente la retuercen para pervertir el juicio de la verdad y mover la multitud a sediciones.

2. Como quiera que sea, vemos claramente, y en esto convienen todos, que es preciso auxiliar, pronta y oportunamente, a los hombres de la ínfima clase, pues la mayoría de ellos se resuelve indignamente en una miserable y calamitosa situación. Pues, destruidos en el pasado siglo los antiguos gremios de obreros, sin ser sustituidos por nada, y al haberse apartado las naciones y las leyes civiles de la religión de nuestros padres, poco a poco ha sucedido que los obreros se han encontrado entregados, solos e indefensos, a la inhumanidad de sus patronos y a la desenfrenada codicia de los competidores. -A aumentar el mal, vino voraz la usura, la cual, más de una vez condenada por sentencia de la Iglesia, sigue siempre, bajo diversas formas, la misma en su ser, ejercida por hombres avaros y codiciosos. Júntase a esto que los contratos de las obras y el comercio de todas las cosas están, casi por completo, en manos de unos pocos, de tal suerte que unos cuantos hombres opulentos y riquísimos han puesto sobre los hombros de la innumerable multitud de proletarios un yugo casi de esclavos.

3. Para remedio de este mal los Socialistas, después de excitar en los pobres el odio a los ricos, pretenden que es preciso acabar con la propiedad privada y sustituirla por la colectiva, en la que los bienes de cada uno sean comunes a todos, atendiendo a su conservación y distribución los que rigen el municipio o tienen el gobierno general del Estado. Pasados así los bienes de manos de los particulares a las de la comunidad y repartidos, por igual, los bienes y sus productos, entre todos los ciudadanos, creen ellos que pueden curar radicalmente el mal hoy día existente.

Pero este su método para resolver la cuestión es tan poco a propósito para ello, que más bien no hace sino dañar a los mismos obreros; es, además, injusto por muchos títulos, pues conculca los derechos de los propietarios legítimos, altera la competencia y misión del Estado y trastorna por completo el orden social…”

Fragmento de la Rerum Novarum (Wikipedia)

En el mes de mayo de 1891 fue promulgada por el papa León XIII la encíclica Rerum Novarum de tanta trascendencia en la Historia de la Iglesia porque supuso un cambio sustancial de la posición de la misma ante el problema social generado por la extensión de la Revolución Industrial. Se trata del documento fundacional de la doctrina social de la Iglesia y tuvo una clara influencia en la formulación de la democracia cristiana.

La elección como papa de León XIII en el año 1878 trajo importantes novedades en relación con la posición de la Iglesia ante los profundos cambios políticos, económicos y sociales del siglo XIX en una línea más abierta de la defendida por el anterior pontífice Pío IX y el Concilio Vaticano I.

En lo político, el papa León XIII se negó a aceptar la nueva situación italiana y exigió el reconocimiento de su soberanía sobre Roma. Esta postura contra el nuevo reino de Italia duró hasta 1929 cuando la Iglesia y el gobierno de Mussolini firmaron el Tratado de Letrán, por el que se creó el Estado del Vaticano. Pero el gran éxito diplomático del nuevo pontífice fue conseguir que Bismarck suavizara y terminara con la kulturkampf, es decir, la política contraria la Iglesia Católica en Alemania. En relación con Francia, el papa aconsejó a los católicos que colaborasen y aceptaran la III República, aunque esto no hizo cambiar la política laica de los republicanos. En 1885 publicó una encíclica en la que afirmaba que la Iglesia no se podía ligar a ninguna forma de gobierno, lo que suponía un cambio en la posición tradicional de la Iglesia.

León XIII intentó establecer puentes con otras confesiones, como la anglicana y la ortodoxa. Por otro lado, se preocupó de mejorar la formación del clero, la investigación científica de los católicos y promover la actividad de los misioneros.

Pero la gran aportación del papa León XIII tiene que ver con lo que aquí nos atañe, la cuestión social generada por las Revoluciones industriales, y que había sido desatendida por la Iglesia o ante la que se había respondido con argumentos propios de la época del Antiguo Régimen. Algunos eclesiásticos comenzaron, en la segunda mitad del siglo XIX, a interesarse por los asuntos sociales y allanaron el camino para que cambiara la política de la Iglesia en esta materia. En este sentido, destacó el obispo de Maguncia, monseñor Ketteler. Estaba convencido que las soluciones a la cuestión social tenían que partir desde abajo y que el Estado debía, solamente, desempeñar un papel subsidiario. Para ello, impulsó la creación de organizaciones obreras. Por otro lado, existió una corriente de socialismo cristiano en algunos países europeos, especialmente en Francia.

Por fin, en 1891 León XIII publicó la encíclica Rerum Novarum. En ella se trazaron las líneas fundamentales de la doctrina social de la Iglesia, condenando los excesos del capitalismo, pero también la lucha de clases. Se defendía la existencia de la propiedad privada y se rechazaba el socialismo porque era considerado erróneo y materialista. La encíclica pretendía que se alcanzase la convivencia social a través de la justicia y la caridad como medios para solucionar los conflictos. El Estado debía garantizar los derechos de los más desfavorecidos, proteger el trabajo y promover una legislación social. Pero, además, la Iglesia promovió la creación de asociaciones y sindicatos católicos. El movimiento obrero consideró que la encíclica llegaba tarde y acusó a la Iglesia de oportunista, además de tachar a los sindicatos católicos de estar al servicio de la patronal.

La encíclica Rerum Novarum, y después la promulgada en 1931, Quadragesimo Anno, fueron fundamentales para provocar un profundo cambio de la Iglesia en relación con la modernidad y con los cambios ideológicos, políticos, económicos y sociales que se habían producido en Europa. La Iglesia quería seguir influyendo en la política, en la sociedad y en la educación, y recuperar poder. Había que adaptarse al nuevo juego político liberal y, posteriormente, democrático. En este sentido, había que fomentar la participación de los católicos en la vida política, de ahí el nacimiento de la democracia cristiana.

El programa de la democracia cristiana tenía relación, lógicamente, con el Evangelio, y se situaría en el conjunto de ideologías del segmento político de centro y/o derecha. Por un lado, aceptaba la propiedad privada y el mercado por lo que, en este sentido entroncaría con el liberalismo, pero, por otro lado, planteaba cuestiones muy distintas. En primer lugar, el liberalismo tiende a la secularización de la sociedad y la democracia cristiana defiende los principios cristianos. En segundo lugar, frente a un mercado como único regulador de las relaciones socioeconómicas, la democracia cristiana cree en la existencia de un Estado subsidiario que persiga la cohesión social, por lo que, en este aspecto pudo entenderse mejor, en su momento, con la socialdemocracia que con el liberalismo clásico.

Eduardo Montagut

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.