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El socialista Vandervelde en Madrid

Émile Vandervelde, presidente de la Oficina Socialista Internacional (Segunda Internacional), realizó una visita a Madrid en septiembre de 1912. Vandervelde era un abogado belga que en 1886 ingresó en el Partido Obrero, formación que lideraría a finales de los años veinte. Fue un político fundamental en Bélgica desde antes de la Primera Guerra Mundial hasta la segunda mitad de los años treinta.

Vandervelde entraría en el Parlamento en 1894. Fue uno de los más críticos con el horror que se estaba produciendo en el Congo del rey Leopoldo, luchando por poner la colonia bajo el control parlamentario. Fue ministro de Estado y de Abastecimientos en la Gran Guerra, para serlo de Justicia después, siendo importante su labor en la reforma penitenciaria. Posteriormente, volvería a dirigir la política exterior, y sería ministro de Sanidad, responsabilidad que compartiría con la de vicepresidente del Gobierno. Su carrera política terminó, curiosamente, en relación con España, a raíz del escándalo que estalló por el asesinato en Fuencarral en diciembre de 1936 del embajador belga Jacques de Borchgrave. Este hecho provocó un grave problema entre el Gobierno de Largo Caballero y Bélgica. Parte de la opinión pública belga comparó el asesinato con el del Calvo Sotelo, y la controversia facilitó el acercamiento de Bélgica hacia la causa franquista. Los interesados en este hecho pueden consultar el artículo de Marina Casanova, “Las relaciones diplomáticas hispano-belgas durante la guerra civil española: el caso del barón de Borchgrave”, en Espacio, Tiempo y Forma (1992). Además de su evidente protagonismo en la vida política belga, Vandervelde se destacó en la Segunda Internacional, dirigiendo la Oficina Socialista Internacional entre 1900 y 1918, es decir, en plena paz armada y en la Gran Guerra. Por fin, no podemos dejar de aludir a su gran labor bibliográfica dentro de la producción de obras socialistas y sindicalistas. En la red podemos consultar su Historia del Socialismo en Bélgica de 1898, así como, El Socialismo y la Religión (1908). Se le puede considerar uno de los más destacados revisionistas en el seno del socialismo occidental, defendiendo que el Estado podía convertirse en un instrumento para la redistribución de la riqueza. En este sentido, son muy importantes sus obras, El Socialismo contra el Estado (1918), y La Alternativa: Capitalismo de Estado o Socialismo de Estado (1933).

Para El Socialista la visita de Vandervelde era muy importante porque suponía un espaldarazo para el Partido frente a los partidos dinásticos (“ciervistas” y “canalajistas”), demostrando la conexión del PSOE con el socialismo internacional.

Vandervelde había emprendido con su esposa una gira por Europa después de la celebración del Congreso de su Partido en Bélgica: Italia, Alemania, Francia, Suecia, Dinamarca e Inglaterra. España era la siguiente etapa. El viaje se completaría con estancias en Túnez y Portugal, para regresar a Bélgica en pleno debate sobre la reforma constitucional en relación con el derecho al sufragio universal.

Vandervelde había sido invitado al IX Congreso del PSOE que se iba a abrir unos días después, en el que varios partidos socialistas europeos otorgarían su apoyo al Partido. En este contexto, pues, se enmarca la visita del líder socialista. De hecho, en el primer artículo de periódico sobre su estancia española se aludía a la presencia de otros representantes de partidos socialistas europeos.

Vandervelde visitó a Pablo Iglesias, al que ya conocía. La entrevista versó sobre política internacional, sobre las políticas internas de ambos países, y sobre el Congreso del PSOE. También realizó una visita a la Casa del Pueblo de Madrid, manifestando mucho interés en la organización sindical de los ferroviarios por las dificultades de este tipo de sindicalismo, así como por la de los cocheros que, a pesar de la fama de “incultos” que tenían, habían alcanzado en Madrid un altísimo nivel organizativo convirtiendo su rama de transporte en colectiva. Otro aspecto que interesó al socialista belga era la conexión entre las sociedades de resistencia (sindicatos) y el socialismo (Partido), algo fundamental, a su parecer. Vandervelde declaró en Madrid que esa inclinación se hacía cada día más patente en Inglaterra entre las Trade-Unions, constatando que los obreros se estaban convenciendo de que su tradicional apoyo a los liberales no era beneficioso para sus intereses, y que convenía acercarse al Partido Laborista. Es evidente que Vandervelde estaba relatando una realidad en los inicios del siglo XX, y que no era otra que el despegue electoral del laborismo. En unos años, el liberalismo británico terminaría por casi desaparecer, alzándose el Partido Laborista como alternativa a los conservadores.

Los socialistas españoles, con Iglesias a la cabeza, le habían anunciado a Vandervelde el interés en convertir a El Socialista en diario, y que iban a pedir ayuda internacional para consolidar esta empresa, un viejo sueño tantas veces aplazado.

Aprovecharon la visita para preguntarle sobre la Conjunción Republicano-Socialista que, como sabemos, había permitido la llegada de Pablo Iglesias al Congreso de los Diputados en 1910. El belga opinó que en diversos países europeos se producían alianzas entre los socialistas y los denominados “partidos avanzados”, en línea con lo que sabemos de estos acercamientos en la Europa de fines del siglo XIX y principios del XX, como ha estudiado Antonio Robles Egea en su trabajo “Socialismo y democracia: las alianzas de izquierdas en Francia, Alemania y España en la época de la II Internacional”, en Historia Contemporánea (1900).

El primer gran acto que protagonizó Vandervelde fue una conferencia que impartió en la Escuela Nueva. Recordemos que fue fundada por Manuel Núñez de Arenas en el año 1910 como un centro educativo y cultural con dos objetivos: difundir la historia del socialismo y proporcionar formación básica y profesional a los trabajadores, habida cuenta de las lagunas del sistema educativo español del momento, porque, además, tampoco los movimientos de renovación pedagógica se habían interesado especialmente por los obreros, y frente a la apuesta clara de los anarquistas por la educación, que habían adquirido un claro protagonismo hasta el momento frente a los socialistas, a pesar del trabajo cultural y educativo innegable que se desarrollaba en las Casas del Pueblo.

El encargado de presentar al líder de la Internacional fue el propio Núñez de Arenas. Vandervelde comenzó elogiando la organización sindical española en sectores complicados como el de los ferroviarios y cocheros, como aludíamos al principio del artículo, pero también entre los tipógrafos, albañiles y metalúrgicos. El caso de los ferroviarios interesaba mucho al orador porque en España constituían una gran fuerza frente al caso belga donde estaban muy divididos y sometidos al Gobierno.

Después pasó a relatar la situación política del momento en su país, comenzando por la lucha por la conquista del reconocimiento del sufragio universal. Relató la historia de esta lucha desde 1893, aludiendo a la huelga general donde se había conseguido un primer avance. Explicó la posición favorable de los liberales, pero en una lucha sin coordinación con la de los socialistas. Pero, ante el avance de la intromisión de la Iglesia en la enseñanza gracias al gobierno de los católicos, las dos fuerzas habían entendido la necesidad de aliarse, provocando tal presión que hasta la Corona tuvo que intervenir a favor de los liberales, convocando elecciones. A pesar de la evidencia del retroceso de los católicos en la campaña electoral, volvieron a vencer. Vandervelde achacaba esta victoria no a un resurgir del sentimiento católico en Bélgica sino al miedo del capitalismo que provocó que un sector de los liberales pasase a apoyar a los católicos. El líder socialista constaba cómo el partido católico se había transformado en uno conservador, adoptando el modelo alemán. Así pues, el panorama político belga se había transformado con dos polos protagonistas: católicos y conservadores, por un lado, y socialistas por otro, los “únicos representantes del espíritu democrático”. Vandervelde era optimista porque, aunque habían ganado los conservadores y católicos, los socialistas no habían perdido votos, solamente lo habían hecho los liberales. Por otro lado, los trabajadores habían protagonizado conflictos y disturbios en la lucha por el sufragio universal. Estalló la violencia, hubo víctimas y se extendió la huelga. El Partido Socialista aconsejó prudencia y recomendó la vuelta al trabajo porque había pensado que este movimiento no triunfaría.

Los socialistas celebraron un Congreso para dilucidar cómo se iba a afrontar la situación, planteándose dos posturas: una en favor de la iniciativa espontánea de los obreros, y otra que buscaba la organización de la huelga, y que al final triunfó. Vandervelde explicó cómo se estaba organizando la protesta siempre bajo los principios de que el movimiento debía ser pacífico.

Vandervelde habló también de la Internacional, del futuro Congreso de Viena, del tema principal del mismo y que no era otro que el de la guerra, una de las grandes discusiones del socialismo internacional en aquel momento de paz armada, y si los pueblos debían ir a la huelga general ante el estallido del conflicto armado. Aludió a los polvorines de los Balcanes y de Marruecos, que amenazaban con llevar a la guerra por el apetito colonial de los gobiernos. Vandervelde confiaba en el poder los pueblos, altamente concienciados en la necesidad de la paz, y que no consentirían que sus gobiernos les llevasen al desastre.

El líder socialista explicó el sistema de alianzas, considerado un sarcasmo, así como del supuesto equilibrio de armamento, pero que era, en realidad, una carrera por aumentar el armamento que llevaría a la bancarrota. Vandervelde se preguntaba qué debían hacer los ciudadanos ante esta situación. Habló de las acciones de los pacifistas que consideraba un fracaso porque solamente se preocupaban de los efectos de las guerras, frente a los socialistas, dedicados a analizar las causas de las mismas para atacarlas. En esta parte de su discurso explicó las conexiones de la burguesía y el colonialismo, frente a las cuales debía oponerse el proletariado. Los socialistas debían, por su parte, oponerse también por humanidad y por interés de clase frente a la carrera de armamentos que podía conducir a la conflagración mundial. Vandervelde temía que la política colonialista llevara a una reacción negativa de los pueblos que se estaban europeizando. Sabemos que el socialista belga defendió en la Internacional una postura centrista en relación con el colonialismo, dentro de un grupo liderado por el holandés Van Kol, y con líderes tan importantes como el británico MacDonald, el francés Jaurès y también el alemán Bernstein. Este grupo denunciaba la barbarie de las potencias coloniales, pero sus integrantes no atacaron el sistema colonial en sí, ya que llevando el capitalismo a los países no civilizados se convertía en un factor de progreso. El problema era que la enloquecida carrera colonial estaba provocando una reacción de los pueblos que comenzaban a europeizarse, es decir, estaba destruyendo este supuesto factor de progreso, como el conferenciante ejemplificaba en el caso turco a raíz de la ocupación italiana de Trípoli. En todo caso, sabido es el fracaso de los socialistas en relación con la Gran Guerra, y su participación, en muchos casos, en los gobiernos de Unión Sagrada cuando estalló el conflicto. Vandervelde sería un ejemplo de lo que decimos.

Vandervelde pronunció una conferencia en el Ateneo en su visita a España en 1912 sobre el socialismo y la libertad, sumamente didáctica, como era propio de la época. El acto se vio envuelto en la polémica. El presidente del Ateneo, el liberal Segismundo Moret, había estipulado que la conferencia solamente sería para los socios del Ateneo, seguramente para evitar que acudieran trabajadores socialistas. El PSOE denunció este hecho en el número 1381 (27 de septiembre) en el artículo en el que se hizo la crónica de la conferencia. Además, se criticaba a los ateneístas jóvenes que presumían de rebeldes y con su ausencia habían contribuido a que no se llenara el salón. Los socialistas consideraban que había sido un desaire a un personaje de la talla de Vandervelde, diputado y presidente de la Segunda Internacional.

El conferenciante explicó que el fin del socialismo era socializar la riqueza y su explotación por la colectividad. La libertad era, para nuestro protagonista, más difícil de definir, y tendría que ver con hacer lo que fuese bueno. Si para los capitalistas la colectivización era mala, para los colectivistas la peor tiranía era el capitalismo. Ante este conflicto habría que explicar lo que se entendía por “libertad realizada”, por “libertad real”, porque, para el orador, no existía la “libertad abstracta”, sino libertades asociadas a determinados aspectos, como libertad de cultos, de asociación, de reunión, etc., en el seno de las respectivas Constituciones. Las libertades no existían, realmente, hasta que no existía el poder para ejecutarlas. Ponía el ejemplo de un partido político que si no contaba medios para imprimir periódicos o libros para propagar sus ideas de poco servía que en la Constitución de su país se reconociese la libertad de prensa. Para ejercer la libertad, decía Vandervelde, había que ser propietario en el sistema capitalista. La Revolución francesa había consagrado como base de la libertad la propiedad individual, pero los socialistas pretendían que esa base fuese colectiva. Se fueron estableciendo límites a la libertad de unos en provecho de otros mientras que la concentración progresiva del capital fue convirtiendo la libertad en patrimonio de una minoría.

Una de las críticas fundamentales que se hacía al socialismo era que, al pretender transferir a la colectividad, los medios de producción pasaban a manos del Estado y, de ese modo, se hacía dueño de la libertad individual. Para contestar a esta crítica, el dirigente socialista belga distinguía entre Estado como conjunto de ciudadanos y Estado como Gobierno. Si la transferencia de los medios de producción se hacía al Gobierno se caminaba hacia la tiranía. Como en ese momento, Estado y Gobierno estaban en las mismas manos, la transferencia, sin limitación alguna, quedaría en manos de la clase dominante. Por eso, los socialistas al socializar la producción introducirían cambios fundamentales. En primer lugar, sería el Gobierno del proletariado “por el proletariado mismo” y, en segundo lugar, se separaría el Estado económico del político. Los socialistas serían los principales enemigos del Estado en cuanto que no representaba al proletariado, por eso eran más reacios a los Gobiernos ruso o alemán porque sus proyectos de monopolios económicos atacaban a las libertades; en cambio, en Francia o en Suiza los socialistas desconfían menos del Estado porque ofrecían más garantías para la libertad.

Para Vandervelde la reforma política debía preceder a la social, pero un Estado democrático, que es el Gobierno, no podía estar preparado para la organización de los servicios técnicos. El Estado-Gobierno sería muy distinto al Estado-Administración, que es lo que pretenderían los socialistas, es decir, estaban luchando por separar la política de la técnica y la gestión financiera con el fin de que las ganancias fueran invertidas en favor de la colectividad. La fusión del Estado político y del económico sería una de las causas del fin de la libertad individual. El día en que se verificase la separación de ambos se podría reducir al mínimo el poder del Estado-Gobierno y elevar al máximo el Estado-Administración con el fin de terminar con el gasto en armamento, dada la preocupación en aquel momento de la paz armada, y aumento en obras públicas, comunicaciones, etc.

Para comprobar cómo sería el Estado socialista había que fijarse en el funcionamiento de las cooperativas socialistas. En este tipo de Estado no sería necesario el denominado Estado gendarme.

Vandervelde se empeñó en demostrar que el socialismo no era la negación de la libertad. Para ello expuso la cuestión desde los puntos de vista del productor y del consumidor. La libertad de este último en el régimen socialista no podría ser nunca menor que en el régimen capitalista. Se solía objetar esta libertad en el caso de que el Estado, por ejemplo, explotase servicios públicos como la prensa. Pero, empleando ejemplos como el de los taquígrafos de los parlamentos y del Servicio de Correos, que cumplían fielmente sus funciones y donde una violación era imposible dado el nivel de conciencia de la democracia. Vandervelde no dudaba que un “Estado tipógrafo” fuese menos escrupuloso en relación con la industria del libro y la prensa. Además, consideraba que la conciencia del pueblo socialista exigiría la libertad.

Desde el punto de vista del productor se consideraba una abominación convertir al ciudadano en funcionario en el socialismo, pero este funcionario socialista no sería del Gobierno sino de la industria.

La reglamentación del trabajo colectivo se hacía necesaria. Dicha reglamentación debía ser hecha por el Estado y no por el patrono, aunque, en realidad en el pleno socialismo la reglamentación debía ser emprendida por los propios trabajadores, en una clara alusión a la sociedad sin clases ni Estado, al final de todo el proceso. En un régimen socialista los menos libres serán los capitalistas, los ricos, los que en el momento presente hacían lo que querían. La reglamentación, en fin, no era enemiga de la libertad. Tampoco lo sería de los artistas e intelectuales. En realidad, en el sistema capitalista su libertad estaba limitada por el capital y por el Gobierno. Si el genio se había podido desenvolver trabajando para los conventos y los palacios, y ponía como ejemplo a los maestros de la pintura española, no le parecía que en el nuevo régimen no pudieran trabajar en libertad.

Vandervelde terminaba anunciando que los ideales de la Revolución Francesa de Libertad, Igualdad y Fraternidad se realizarían, realmente, con el triunfo del socialismo.

Este discurso recoge, como podemos ver en la defensa de lo administrativo, evidentes influencias del fabianismo, aunque también habría que aludir a que aún no se conocía lo que podía ocurrir cuando se estableciese realmente la dictadura del proletariado, como se tendría ocasión de comprobar con el triunfo de los bolcheviques. En todo caso, la conferencia planteaba cuestiones candentes de aquel momento y del presente sobre las relaciones entre libertad y socialismo, de ahí el interés de la misma.

No sabemos exactamente cuando terminó la estancia de Vandervelde en Madrid. Aunque se informó que había venido para asistir al Congreso del PSOE en los primeros días de octubre, no lo hizo, ya que no aparece en la nómina de delegados y visitantes. En todo caso, la visita de Vandervelde supuso un hito en la Historia del reconocimiento del PSOE en la familia socialista internacional.

Hemos consultado los números 1380 y 1381 de El Socialista.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.