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La influencia de la Revolución Americana en Europa


“En realidad el periodo que media entre la Revolución americana y la Revolución francesa constituye un momento particularmente fecundo en las relaciones entre América y Europa, más exactamente entre la joven república americana y Francia.

Desde un principio estuvo claro tanto para los protagonistas de la Revolución americana como para sus admiradores franceses que el acontecimiento que se acababa de producir en esas excolonias británicas tenía un alcance que iba más allá de sus fronteras y de su relación con la antigua metrópoli y se convertía en un referente para Europa, y en definitiva para la humanidad. Un personaje tan señalado como G. Washington no puede ocultar su satisfacción a este respecto:”la Revolución americana...parece haber abierto los ojos de casi todas las naciones europeas y un espíritu de libertad en la igualdad está ganando rápidamente terreno por doquier”. Veremos más adelante otros testimonios de los protagonistas de la Revolución americana que apuntan asimismo en esta misma dirección.

Las relaciones de la nueva república con Europa no dejan de ser complejas. Por una parte se declara el final de la dominación colonial, por lo que a las colonias británicas de América del Norte se refiere, de una potencia europea de la importancia de Inglaterra, anticipando así un nuevo periodo de la historia de la libertad, que pronto va a afectar a todo el Continente americano. Pero por otra parte la lucha de la joven república contra la potencia colonial contó asimismo con el apoyo de otro gran país europeo, Francia, cuya ayuda fue tan relevante en el nacimiento de Estados Unidos. Aquí nos interesan ante todo las relaciones de carácter ideológico, pero se ha de tener presente que tampoco la intervención militar estuvo desprovista de implicaciones ideológicas.”

Arsenio Ginzo Fernández, “Europa y América en el pensamiento de Condorcet”, en Revista de Filosofía, v.45, n.45. Maracaibo (2003).

La independencia norteamericana tuvo un enorme impacto en Europa en el último cuarto del siglo XVIII por distintos motivos. En primer lugar, se había creado un nuevo Estado fuera del continente pero, además, se había producido una revolución. La aprobación de Constituciones en las antiguas Trece Colonias y, posteriormente, la federal de 1787, suponía la ruptura con la metrópoli sobre nuevos presupuestos políticos basados en la soberanía del pueblo, la separación de los poderes y el reconocimiento y garantía de los derechos de los ciudadanos, como quedaba plasmado en las Declaraciones promulgadas. Nacía una República distinta a las que existían en Europa, que eran de marcado carácter aristocrático u oligárquico.

Era imposible, pues, que estos hechos descritos no impactaran en una Europa en plena crisis del Antiguo Régimen, tanto entre los sectores más inmovilistas, bastiones de un sistema en franca bancarrota, como entre los que querían reformarlo en la versión más moderada ilustrada, y, sobre todo, entre las nuevas generaciones impregnadas de las ideas liberales. Para éstos últimos se comprobaba con lo sucedido en Norteamérica que se podía no sólo cuestionar a los poderes establecidos, aunque la Monarquía inglesa no fuera precisamente absolutista, y establecer una alternativa.

La revolución americana fue ampliamente comentada y discutida. Los juicios fueron mayoritariamente favorables y, en ocasiones, brilló por su ausencia un mayor espíritu crítico. Pudieron más las ganas de cambio ante un sistema político muy cuestionado.

El modelo norteamericano fue aceptado con entusiasmo por los que querían un cambio real. Se convirtió casi en un mito, que solamente sería remplazado por el de la Revolución Francesa pero, lógicamente, tiempo después.

Eduardo Montagut

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.