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EL PERIÓDICO
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El intercambio internacional de jóvenes trabajadores a fines de los años veinte


El intercambio internacional de escolares y de estudiantes es, en cierta medida, conocido, en la Historia, como un medio para complementar la educación de aquellos alumnos que marchan durante un tiempo a otro país, y que en Europa terminó por cristalizar, a gran escala, ya en nuestro tiempo, a través del programa Erasmus, pero que tiene y ha tenido muchas otras posibilidades. Pero aquí vamos a aludir a otro intercambio internacional, también de gente joven, pero no de escolares o universitarios, sino de trabajadores, según la iniciativa francesa, y a finales de los años veinte.

El intercambio estudiantil experimentó un desarrollo en el período de entreguerras, y no sólo para poder adquirir experiencias educativas y vitales fundamentales para la formación y desarrollo personales, sino que también se defendió como un medio para luchar contra el hipernacionalismo y el odio hacia los extranjeros, con el fin de evitar las guerras, un objetivo que, como bien sabemos, no se consiguió. En este sentido, recientemente, en este periódico aludíamos al esfuerzo desarrollado por la República española con las colonias veraniegas, que impulsó Rodolfo Llopis desde su responsabilidad educativa.

Pero, como explicaba el profesor francés de Derecho, Roger Picard, en un artículo traducido para El Socialista en febrero de 1931, la “juventud estudiantil” no era todo, y la compenetración pacífica de los pueblos debían desarrollarse no sólo con intercambios escolares, por otro lado, tan importantes y elogiables, sino que debía abarcar a otras categorías de la población. Y aquí aparecía la iniciativa del intercambio internacional de jóvenes trabajadores.

Picard quería dejar claro que por intercambio internacional de trabajadores jóvenes no se entendía la migración obrera, que tanta significación había tenido durante el siglo XIX, y que en el momento presente, ya a principios de los años treinta, generaba problemas. No se estaba hablando, por lo tanto, de emigrantes en busca de un mundo mejor para sus vidas y las de sus familias, ni tampoco de la emigración provocada por persecuciones políticas y/o religiosas.

En contraposición, los jóvenes aprendices o trabajadores principiantes que iban a permanecer un tiempo en el extranjero buscaban un fin educativo y técnico, intelectual y de tipo social. Verían fuera de Francia cómo estaban las cosas en su profesión, estudiarían y compararían los distintos métodos de trabajo, y la organización de su oficio. Pero, además, aprenderían otro idioma, y se desenvolverían en un ambiente social distinto.

Picard explicaba que como en ese momento de fines de los años veinte y principios de los treinta la entrada de obreros extranjeros estaba reglada y limitada a rígidos contingentes, para que pudieran efectuarse los intercambios habían sido necesarios acuerdos diplomáticos, y eso era así porque el joven trabajador acogido en el extranjero, entre doce y dieciocho meses, iba a ocupar un lugar en su profesión, siendo pagado debidamente para no que no se promocionase una oferta de trabajo a bajo precio. Picard hablaba de que muchos países habían aflojado un poco sus estrictas legislaciones sobre trabajadores extranjeros para favorecer los intercambios.

Al parecer, este movimiento de intercambios había nacido en el sector de la hostelería de los hoteles, seguido por los tipógrafos, peluqueros, encuadernadores, y hasta agricultores. Además, distintos Congresos obreros se habían pronunciado a su favor en los últimos años. Así, la Conferencia Internacional de las migraciones, reunida en La Habana en 1928 y la Conferencia diplomática sobre el tratamiento de extranjeros, reunida en París al año siguiente, habían insistido en que se facilitara el intercambio de trabajadores jóvenes.

Los Estados terminaron por interesarse, y se comenzaron a firmar numerosos acuerdos entre los mismos. Algunos se dedicaban simplemente a establecer la admisión de los jóvenes de otro país, pero otros acuerdos eran más sofisticados porque establecían la reciprocidad. En este sentido, había que destacar los acuerdos que Francia había firmado con Gran Bretaña y Alemania, en agosto de 1928. El franco-británico estipulaba la admisión por espacio de un año a dieciocho meses de quinientos jóvenes del sector hostelero, pero también del bancario y de peluqueros y enfermeras. Las solicitudes eran tramitadas a través del Ministerio de Trabajo. Los aspirantes a conseguir el intercambio tenían que tener menos de treinta años. El acuerdo franco-alemán era igual, aunque más general, porque permitía el intercambio en todas las profesiones.

En 1929, Francia recibió a 174 jóvenes ingleses, y envió al Reino Unido a 394 jóvenes trabajadores franceses, y recibió a 438 jóvenes alemanes. Picard consideraba que estos intercambios eran una excelente diplomacia. Al parecer, se estaban organizando intercambios de Francia con Austria y Checoslovaquia. Picard abogaba porque se incorporasen al sistema las Cooperativas por los vínculos que tenían entre ellas más allá de las fronteras nacionales. Los empleados de Cooperativas podían beneficiarse de sus estancias en el extranjero. A su regreso contribuirían para perfeccionar los métodos técnicos de estas sociedades. Además, estos intercambios entre los jóvenes cooperadores podían servir para la propagación del pacifismo.

Pero, como sabemos, los años treinta transcurrieron por una senda de tensión.

Hemos trabajado con el número 6865 de febrero de 1931 de El Socialista.

Doctor en Historia. Autor de trabajos de investigación en Historia Moderna y Contemporánea, así como de Memoria Histórica.