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La procesión de los humildes


Famélicos, tristes, caminan rendidos,

los veo á mi paso, con pena y horror;

avanzan medrosos cual seres vencidos

faltos de alegrías, de paz y de amor.

Hay en sus miradas tenues, misteriosas,

señales de espanto, de miedo y terror;

¡acaso en sus mentes bullen imperiosas

mil torpes ideas de horrendo furor!

Marchan indolentes, mudos, cabizbajos,

cual seres sumidos en hondo sopor;

son almas truncadas por rudos trabajos

que sólo disfrutan de amargo dolor.

Son legión inmensa de desheredados

de un mundo egoísta, funesto y traidor;

do medran y gozan los privilegiados

que odiosos, les niegan derechos y honor.

Se ve en sus semblantes, mudos, pensativos,

el ansia infinita de un ferviente amor;

que á sus corazones, del dolor cautivos,

aliente piadoso, con su sacro ardor.

Son mansos corderos de ínfimo rebaño,

que viven la viJa sin fe ni ilusión;

dóciles al mando de algún ser extraño,

de negra conciencia, de ruin corazón.

¡Pobres indigentes! Llenos de fatigas,

de horrible miseria y hartos de ayunar;

que tú, ¡oh, negra suerte!, cruel les obligas

á ser resignados ¡sufrir y callar!

Contemplan absortos las grandes riquezas,

las regias moradas que no han de habitar;

y ven de la vida sus muchas bellezas,

los muchos placeres que no han de gozar.

Acaso algún día soñaron grandezas,

que nunca en su vida podrán alcanzar;

y acaso, entre sueños, ¡humanas flaquezas!:

pensaron, dichosos, poderlas hallar.

Más no son nacidos en dorada cuna

que ostente de un noble el rico blasón;

son gentes plebeyas, sin otra fortuna

que un rudo trabajo; ¡triste condición!

En trágica noche, sobre humilde lecho,

vieron de su vida el primer fulgor;

y sobre la ondas de este mar deshecho

de la vida, marchan sín rumbo ni amor,

judíos errantes, el negro destino

furioso os empuja para andar y andar...

por entre las zarzas de áspero camino,

siempre entre negruras y siempre al azar.

Anhelan caricias que nunca han gozado,

ansian placeres que no lograrán;

presienten deleites que nunca han gustado,

sueñas con amores que nunca tendrán.

De rancios prejuicios, por necios temores,

que os dicen «espera», nunca más creed;

pues sois, aunque humildes, los trabajadores,

y os dice el destino: ¡luchad y venced!

Dichosa la hora en que al fin los hombres

hermanos é iguales se puedan llamar;

dichoso el momento, sublime, sin nombre

en que el «Pueblo Obrero» pueda al fin triunfar.

Tras lucha cruenta que hiere y sonroja

será vuestro triunfo, magno, colosal,

cuando al fin pregone la bandera roja,

flamígera, airosa, «Paz Universal».

(Vida Socialista, octubre de 1911)

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