La escuela primaria en el primer tercio del siglo XX. Dos ejemplos

- Levántate Niña que hoy te vas con tu padre a la Haza.

- ¿Y la escuela?

- Hoy no puede ser.

La Niña en realidad se llama Francisca, pero como fue la primera hembra en nacer después del primer varón, Alfonso, se quedó con Niña.

Tiene 9 años en la España del primer tercio del siglo XX y más concretamente en un pequeño pueblo de la campiña cordobesa, de algo más de 2000 almas.

En el Pueblo hay escuela, con dos clases para niños y una para niñas, cada clase con su maestro y maestra, D. Manuel y D. José para ellos y Dña. Inés para ellas.

- Pero mama, dijo la Niña, – Es que si falto me pierdo la lección y cuando vuelva ya no sé por dónde van las demás y la señorita Inés me regaña y me castiga.

En realidad a la Niña, como todos con estas edades, no le importaba ir o no ir a la escuela, lo único que quería era jugar y la maestra tenía muy malas pulgas, la tenía tomada con ella y solamente prestaba atención a las “señoritingas de medio pelo” que iban todos los días y no tenían que ayudar a sus padres en el campo.

Los padres de Francisca eran José e Isabel. José no sabía leer ni escribir y bien que lo había echado en falta cuando estuvo en la guerra de África. Allí, en aquel desierto de piedras, haciendo guardias en aquel “blocao” de Dar Drius, sonando los “pacos” por todos lados, sin comer y bebiéndose los propios orines. En fin… que las cartas cuando llegaban, se las tenía que leer y escribir un compañero.

Los números se le daban mejor y aunque las cuentas las hacía de memoria no tenía problemas para hacer tratos o regatear, a la hora de comprar una yunta de mulos o cambiar aceite por harina.

Isabel sí sabía leer y escribir bien, porque cuando era chica sus padres la pusieron a servir en casa de unos señores del pueblo y como se hizo muy amiga de la hija, la señora las mandaba a las dos a la escuela, supo aprovecharlo y tenía una letra primorosa, como reconocían todos en el pueblo.

Francisca aprendió a leer y escribir a los 72 años, en Madrid, en una escuela de adultos. Las cuentas siempre se le dieron bien, nunca la engañaron en el mercado y nunca le faltaron unas pesetas a fin de mes.

José murió en el Hospital Clínico de Madrid, de un infarto y se sentía muy orgulloso porque en su casa nunca faltó un hoyo con aceite y azúcar que llevarse a la boca y eso que tuvo 5 hijos, más Juan que murió siendo muy chiquito.

Isabel sobrevivió a su marido en 24 años, siempre rodeados de sus hijos e hijas.

- Levántate Gregorio que tienes que ir a la escuela.

- Coge la cartera y pásate por casa de la tita Conchita y que te dé algo de desayunar.

Gregorio es el cuarto de 9 hermanos entre machos y hembras, del mismo pueblo que Francisca, vive solo a unas cuantas calles más abajo, pero ni siquiera se conocen todavía.

Los padres de Gregorio son Antonio y Josefa.

Antonio tiene las ideas muy claras con respecto a la educación de sus hijos, en palabras suyas: no se falta a la escuela ni aunque caigan chuzos de punta.

La educación es lo más importante y Gregorio es un alumno ejemplar, no solo no falta nunca a la escuela sino que además pone empeño y es muy aplicado.

Josefa, mujer humilde y trabajadora infatigable que además tiene una buena cultura, sabe leer como pocos, dándole la entonación perfecta cuando se reúne toda la familia por la noche, a la luz del candil y leen por turnos una novela o un periódico.

Gregorio y Francisca se casaron en 1954 y a los pocos meses se fueron a vivir a Madrid, con su primer hijo y casi lo puesto.

Como todos los que emigraron en aquella época , lo hicieron buscando una vida un poco mejor, pero sobre todo para que sus hijos tuvieran la oportunidad de estudiar y prosperar.

Y lo consiguieron.